Caraqueñidad | La triste historia de la fisioterapia...

pal manguito de bocao...

20/04/2026.- Luego de un ajetreado fin de semana, plagado de buen baloncesto para la tercera edad, de buena salsa para alegrar el alma y de grata compañía familiar y de amigos, regreso a los Altos Mirandinos.

En el trayecto, me atemoriza una voz de ultratumba que, a través de los altoparlantes de la estación del metro de Agua Salud, anuncia, cual hecatombe, un “severo retraso debido a trabajos estructurales de envergadura en la vía férrea”. La vaina da risa. No pegan una. Igual que cuando anuncian lluvia, prepárese pa'l calorón. Ese día el tren llegó en tiempo récord a Plaza Venezuela. Funcionó a mil por hora el aire acondicionado, así como todas las escaleras mecánicas, y no hubo mendigos ni pedilones, salvo dos o tres vendedores ambulantes. Aunque aparecieron tres voceros de la calle —empíricos, pero generalmente acertados— de la hiperinflación: “Compro su dólar a 650, señor”. O sea, que la vaina viene más fea.

Ya en la buseta para Los Teques ocupo un lugar en la segunda fila, presto a descansar un poco. En el asiento de adelante viaja un par de muchachas, trajeadas con la típica vestimenta de alguien que trabaja para brindar salud o que estudia para eso. Por su conversación confirmaron nuestra sospecha. Iban a presentar algún examen, posiblemente de fisiología o quizás fisioterapia. Se preguntaban y se respondían un largo y muy especializado cuestionario. Todo el tema era sobre lesiones y posibles tratamientos. Hablaron de huesos y de músculos.

Mientras yo trataba en vano de dormir un rato, se me vino a la memoria: “Por fortuna, si acaso se puede calificar así, los tipos de la buseta respetan el medio pasaje para la tercera edad”. Un boleto cuesta 470 bolos o un dólar físico. ¡Coño, entonces, ¿cuánto debe ganar el trabajador común que baja y sube a diario, para y desde Caracas?! Casi mil bolos solo en eso. Súmele los pasajes intraurbanos y el cafecito diario. Un realero esa vaina. Dígame si se le ocurre tomarse una merecida birrita. No sé cómo todavía hay gente necia que niega la importancia y la necesidad de un aumento salarial digno y urgente. De lo contrario, esto pinta muy feo. No hay que ser gurú de nada para avizorarlo.

Tampoco hace falta un ministro, un tutor o un profesor para conocer nuestras tradiciones culinarias, ni para saber asuntos de la cotidianidad. El sistema tradicional educativo brinda herramientas, pero la formación en el hogar y en la calle misma brindan bagaje y saberes que suman a la cultura general. La lectura y la curiosidad, aplacadas con investigación y empeño, amplían y fortalecen el criterio y el conocimiento personal.

En pleno interrogatorio de las dos estudiantes, que no me dejaron descansar ni un minuto en el trayecto de retorno a mi casa, una de ellas abrió un boquete. Le dio un tiro a quemarropa al saber popular. Demostraron pericia en el área en la que se forman como profesionales. Posiblemente deben eximir. Contestaban con certeza, rapidez y mucha seguridad todo lo referente al esternocleidomastoideo y sus funciones. Sabían mucho acerca del palmaris longus; se deleitaban hablando del hioides; nos maravillaban a todos, a viva voz, al opinar en torno a esguinces, desgarros del cruzado anterior de rodillas, tendinitis, desgarros de isquiotibiales, dolor lumbar, los problemas de cervical y hasta del manguito “jodedor”, realmente rotador…

Hasta que compararon un síntoma —posterior a una contusión— con otro manguito: "Un paciente llegó a la consulta donde hago la pasantía. En su espalda tenía una pelota parecida a un mango", dijo una de ellas. Y la otra, de manera aprobatoria, le dijo que eso era común y que se parecía a un “mango de boca”. Se lo repreguntaron ambas en voz alta y así se quedó: “mango de boca”. Aunque prefiero el de hilacha, estuve tentado a intervenir. Ellas, sin dudas, desconocen el verdadero nombre y el porqué se llama así al delicioso “mango de bocado”. Dulce en sabor y en tradición criolla. Llegué a mi parada de destino y, con sabor amargo, a pesar del dulzor tropical del "manguito de bocao" —como le dicen en el campo—, me bajé de la buseta deseando que las reprueben en el examen porque no se puede vivir únicamente de educación formal. El saber popular, la tradición y la formación de nuestra idiosincrasia, sin dudas, suman para hacer mejores profesionales. ¡He dicho!

Luis "Carlucho" Martín


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