Las dos orillas | Cuando los hospitales y las escuelas

son campos de batalla

19/04/2026.- A la una de la madrugada cayó el primer misil sobre el Hospital Al-Shifa, el mayor centro médico y complejo hospitalario de Gaza, en Palestina, destruido en 2024 por las fuerzas armadas del régimen sionista de Israel después de asediarlo. No fue error involuntario, tampoco producto del fuego cruzado. Fue el impacto preciso, quirúrgico, en el pabellón de neonatología. Layla Hamdan, enfermera, sostenía a un bebé prematuro de 800 gramos recién nacido. Layla cubrió al niño con su cuerpo. Sobrevivió el bebé. La enfermera no.

Lo anterior no es una escena de una película distópica: es la realidad cotidiana de millones de personas en 2026, mientras el mundo celebró el pasado 7 de abril el Día Mundial de la Salud con el lema “Juntos por la salud. Apoyemos la ciencia”.

Layla es uno de los 1.981 que aparecen en el informe de Médicos Sin Fronteras (MSF): La atención médica en el punto de mira, 2025. Detrás de la cifra fría —1.348 ataques contra instalaciones médicas— hay la misma cantidad de relatos de víctimas, de juramentos de atención médica rotos a fuerza de balas; tal parece que en 2025, y antes, los “dueños de la guerra” decidieron que los hospitales son objetivos de guerra.

La guerra ya no se basa solo en derrotar al enemigo en el frente; ahora se busca destruir la capacidad de recuperación de toda la sociedad objetivo. Lo ocurrido en el pabellón de neonatología del Al-Shifa es la expresión concreta de los conflictos de nuevo tipo. Cuando se ataca un hospital, se envía un mensaje de terror e impunidad absolutos: no hay lugar donde se pueda estar seguro.

Minab y el fin de la seguridad civil

El informe de 2025 de Médicos Sin Fronteras advertía una tendencia macabra: 1.348 ataques contra instalaciones médicas en apenas un año. Sin embargo, el bombardeo con dos misiles Tomahawk consecutivos a la escuela primaria de niñas Shajare Tayebé de Minab, sur de Irán, el pasado 28 de marzo de este año, mostró el talante del conflicto. Según las reconstrucciones visuales, el impacto fue quirúrgico. La participación de fuerzas estadounidenses e israelíes en la zona, bajo la narrativa de "neutralizar amenazas", terminó por destruir un edificio educativo donde no había armas, solo niñas y maestros. Según informes, el ataque dejó entre 165 y 180 muertos, la mayoría niñas, pero también personal educativo y personal de rescate; para matar a estos últimos lanzaron el segundo misil en lo que llaman un “ataque de doble toque”.

De Gaza a Irán

La destrucción de la escuela de Minab es el correlato del asedio al complejo Al-Shifa. En ambos eventos, el uso de tecnología de punta se puso al servicio de la destrucción de lo cotidiano. Los expertos en derechos humanos señalan que este tipo de agresiones responde a una política de "zona gris", donde la presión no se ejerce solo en el frente de batalla, sino agotando la resistencia social. Si un país no puede proteger sus hospitales ni sus escuelas, su soberanía se desmorona desde adentro. Es un ataque al tejido mismo que mantiene unida a una población.

Los dueños de la impunidad

Lo más aborrecible no es solo la destrucción física, sino la normalidad con la que los agresores continúan sus vidas. Estados como EE. UU., Israel o las potencias europeas (OTAN) que suministran la tecnología para estos ataques, operan bajo una cortina de protección diplomática. El derecho internacional humanitario parece ser una pieza de museo, algo que se refiere en congresos jurídicos, pero que se ignora en los campos de batalla. La impunidad es absoluta. De los miles de ataques, apenas un número insignificante termina en una investigación que normalmente no llega a nada.

Esta falta de consecuencias a estos crímenes de guerra nutre el ciclo del terrorismo de Estado. Los generales en los teatros de operaciones saben que pueden hacer desaparecer un hospital o una escuela del mapa y se manejan con la certeza de que, a los pocos días, la atención del mundo se centrará en otra parte, producto de la sobresaturación informativa. Quizás esto se deba a la fragilidad de la memoria colectiva.

La naturalización de los crímenes de guerra

Mientras los centros de poder discuten sobre "daños colaterales", las comunidades en el sur de Irán y en Palestina entierran a sus niños y niñas. La normalización de estos ataques sugiere que nada está seguro. Hoy la política prefiere el lenguaje de los misiles sobre el ruido de las aulas de clase. Si el mundo decide que un hospital o una escuela son objetivos válidos, entonces la humanidad misma está perdida. Minab no es solo un punto en el territorio iraní; es el testimonio de una crisis de sentido donde la crueldad se ha vuelto el lenguaje oficial de quienes pretenden regir el destino del planeta.

Las implicaciones de estos actos son profundas. La pérdida de seguridad sanitaria y educativa funciona como una forma de desplazamiento forzado. La gente abandona sus tierras porque la vida se vuelve insostenible sin lo básico. Lo ocurrido en el sur de Irán es un recordatorio amargo de que la ciencia y la educación, motores de la evolución humana, están maniatadas por un gasto militar que prioriza el despojo sobre el bienestar social. La pregunta que queda flotando sobre los escombros de Minab y Al-Shifa es si existe todavía algún límite que la política guerrerista esté dispuesta a respetar. Por eso, hay pocas razones para celebrar el Día Mundial de la Salud.

Armando Carrieri

 

 


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