Aquí les cuento | El abuelo Celso (III)

17/04/2026.- —¡Ajá! Pero no me distraigas con el cuento de la muchacha de las cayenas ni del peón que le cogió el mai saltiao por la orilla al amo Facundo. El interés mío es saber  qué hizo tu abuelo Celso con las morocotas que le robaba al amo de la hacienda.

Ya te dije que el abuelo, no, mejor dicho, el muchacho, cada vez que el amo lo enviaba a hacer el mandado, le iba quitando morocotas. Y lo grande fue que, en más de una oportunidad, lo mandaban a buscar la cuartilla rasa y él, al ser preguntado por don Arcadio, le respondía que se la enviara colmada “como siempre”. Y todo ese colmo, se lo quedaba mi abuelo. Y si te pones a ver, eso fue bastante oro, ya que mi abuelo estuvo, más o menos hasta los veinticinco años, siendo el peón de confianza del amo. Todo hasta que tuvo que irse para salvar el pellejo.

El abuelo consiguió una de las buenas tinajas que hacía la señora Ángela Hernández, quien era la esposa de don Rubito Valera y que vivía en Los Cristalinos. Se la llevó de encargo para enfriar el agua en un tinajero. Pero, qué va. El abuelo lo que necesitaba era un buen contenedor para guardar sus morocotas, que cada año aumentaban en cantidad. Y él las tenía enterradas en el propio suelo. Debajo de un grueso palosano que estaba ubicado por los lados de Las Cocuizas, y que, por ser un árbol muy grueso y de madera durísima, no corría el riesgo de que lo talaran, porque no había hombre ni hacha que lograra derribar esos titanes tan fuertes.

El abuelo estaba urgido de esa tinaja, porque una vez llegó a darle un vistazo a su tesoro y encontró que había salido una de las monedas. Y estaba sobre la tierra, pensó que le habían robado su tesoro y que le había dejado una como pitadora. Pero no, afortunadamente, todas estaban enterradas al pie del palosano, pero se habían movido y regado debajo de la tierra. Inmediatamente, el abuelo comprendió que las morocotas tenían una propia energía que las hacía moverse, como buscando la luz o el roce de las manos de la gente para sentirse a gusto. Él no sabía de esoterismos ni nada de eso; lo cierto era que, metidas en una buena tinaja, de ahí no se escaparían a menos que alguien las sacara.

La hacienda Arenas (que fue el nombre recortado que le quedó del original; además, la gente la llamaba así) seguía produciendo durante todo el año. Arreos y más arreos salían cada semana, con cargamento de panelas, queso duro y de año; todo eso era llevado al puerto de Píritu y a los embarcaderos de Clarines, desde donde partían hacia el centro del país o hasta las islas del Caribe con quienes el amo había establecido negocios y hasta donde algunas veces había viajado a resolver alguna que otra diligencia.

El ganado, en cambio, salía en pie en grandes arreos, siempre hacia los caminos que conducen a Onoto, por esos lados conocidos por mi abuelo, hacia la hacienda de don Arcadio, el socio de Facundo.

Al abuelo Celso, sin que mediara ninguna explicación, le adjudicaron el apodo de "El elegido”. Al parecer, el amo Facundo había hecho algún comentario ante uno de los capataces y este lo difundió entre la peonada.

Esa distinción levantó entre algunos una especie de celo o envidia, aunque nadie sospechara a qué se refería. ¿A qué destino estaría signado el abuelo que despertara admiración por el trato preferente que recibiera por parte del acaudalado patriarca de Las Palomas de Arena?

El enorme caserón tenía siete grandes habitaciones; fueron construidas con fuertes muros de tapia y madera de los más firmes acapros, con acabado realizado por excelentes carpinteros. Los indios que habitaban la comarca y que transitaban los riachuelos, montes y quebradas recolectando frutos y animales para su alimentación, afirmaban que esa casa había sido construida en una noche. Atribuyéndole a Facundo una asociación con algún diabólico poder extraterreno que le hiciera su morada. La casa ya tenía unos sesenta años construida y el amo, quien había llegado a unos cuarenta años de edad, aún se mantenía asombrosamente joven.

—¡Pase por aquí, mozo Celso!

Fue todo lo que le dijo Facundo al abuelo, quien ya tenía veintitrés años. Por primera vez entró a esa habitación donde permanecían guardados una numerosa cantidad de herramientas y aperos de caballo. También una alacena con vajillas primorosas y platería, como para realizar banquetes y fiestas suntuosas.

El joven campesino se quedó boquiabierto ante aquel escenario. Era la habitación más alejada de la entrada de la casa. Tenía una puerta de gruesa madera y unos aldabones con un grueso candado.

—¡Toma. muchacho! El amo le entregó una chícora y una pala. —¡De aquí removerás ocho ladrillos de ancho por doce de largo!

—¡Una vez que termines de quitarlos, haremos un hueco! ¡Esta noche, cuando todos se hayan acostado a dormir, tú empezarás a trabajar! ¡Eso tiene que quedar muy bien hecho! ¡Como una cuna, pues!

 

Aquiles Silva

 

 

 

 

 

 


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