Micromentarios | El vendedor de dólares

(Breve crónica de un intento de estafa)

14/03/2026.- El pasado lunes 6 de los corrientes, fui víctima de una usurpación de identidad digital. Después de mediodía, mientras trabajaba en un próximo libro, recibí una llamada en mi móvil celular. La persona que llamó se identificó como empleado de la operadora Movilnet y confirmó los datos que poseía sobre mí: nombre completo, cédula de identidad y correo electrónico, los datos que uno proporciona al adquirir una línea telefónica.

A continuación, me dio su supuesto nombre, un número de cédula de identidad y un correo electrónico. Me pidió una aceptación de su llamada mediante un mensaje vía WhatsApp y le expuse que, desde la tarde anterior, mi esposa y yo estábamos sin internet.

Se excusó e indicó que esa ausencia de señal se debía a un trabajo que realizaba Movilnet y que ya me la restituiría. En efecto, ello ocurrió al instante. Yo, sin embargo, no envié confirmación alguna, pero me mantuve conversando con él durante unos quince minutos. Esto bastó para que, no sé cómo, obtuviera el acceso a mis cuentas de WhatsApp y Facebook, o, a lo mejor, ya lo tenía, junto a mis datos personales.

Mi interlocutor me insistió varias veces para que reenviara un código que me había enviado, pero no lo hice. Cuando cerramos la comunicación, seguí trabajando hasta que, más o menos media hora después, recibí una llamada desde Maracaibo.

Era mi amigo el poeta Luis Perozo Cervantes, director y propietario de la editorial Sultana del Lago, informándome que había recibido un mensaje en el que, en mi nombre, ofrecían en venta 200 dólares, al precio del Banco Central de Venezuela.

Minutos después me llamó un vecino del edificio donde resido, para indicarme lo mismo. A partir de entonces, fueron varias las personas que se comunicaron conmigo para alertarme de la situación.

Cuando mi esposa llegó de su trabajo, inició algunas acciones para saber, con exactitud, qué estaba ocurriendo. Tan pronto lo estableció —hasta entonces, el secuestro de mis cuentas de WhatsApp y Facebook, así como de mi buzón de correo electrónico—, contraatacó y recuperó mi dirección de Gmail. Tal recuperación fue parcial, porque los malhechores modificaron la instrucción según la cual, para yo recuperar las otras cuentas, debía recibir una clave en mi correo. Ellos lograron que cualquier mensaje al respecto se dirigiera a una cuenta de correos manejada por ellos.

Como mi esposa no pudo rescatarlas, nos fuimos a la sede del CICPC aquí, en Valencia. Nos recibió una detective experta en delitos informáticos que, tras escuchar nuestra denuncia, nos señaló que la institución policial no podía hacer nada hasta que no hubiera caído alguien en la estafa de los dólares, en cuyo caso se iniciaría una investigación, en la que yo figuraría en principio como el presunto culpable.

Fuimos a Movilnet y ni siquiera pudimos superar a la recepcionista. Esta nos informó que la empresa no podía hacer nada.

Dado esto, nos fuimos molestos y nos encontramos con el poeta Luis Alberto Angulo, quien nos señaló que la oferta de los estafadores era indudablemente falsa, puesto que ofrecía 200 "dolores", en lugar de dólares.

Más tarde, mi esposa logró entrar a Facebook y notificó que mis cuentas habían sido hackeadas. Apenas una hora más tarde, los delincuentes publicaron otra nota haciéndose pasar por mí, según la cual yo habría recuperado mi "cuanta" de WhatsApp.

Dados los descuidos de redacción de mis captores digitales —en los que quienes me conocen saben que no incurro— y de que la casi totalidad de mis contactos son artistas y profesores —es decir, limpios de bolsillo—, nadie cayó en la estafa.

En los días siguientes, hasta el viernes, estuvieron ofreciendo los 200 dólares, hasta que, por la noche, liberaron mis cuentas. Solo entonces, la empresa que maneja WhatsApp intervino para investigar lo sucedido.

La indefensión que uno siente al ser víctima de este tipo de delito es enorme. Todos, las empresas involucradas —WhatsApp y Movilnet—, así como el CICPC, se lavan las manos y dejan al ciudadano a la deriva, enfrentado en solitario, sin armas, a un grupo de hampones armados hasta en las pestañas.

Cuento esto para que los lectores que puedan salvarse lo hagan, repeliendo a tiempo las llamadas ilegítimas. Y es que nadie —ninguna empresa o institución— llama por teléfono para solicitar datos personales.

 

Armando José Sequera


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