Letra fría | Lo del club del ron vino después

10/04/2026.- Si "París era una fiesta" para Ernest Hemingway, para mí la calle Veracruz y, por extensión, Las Mercedes también fueron una larga fiesta que ya venía de La Quebradita, porque yo arranqué "La Noche" desde entonces y continué en mis nuevos aposentos. Aquello era una o dos rumbas —a veces hasta tres diarias—; bueno, también influía que tenía un compinche que era como el gurú de las páginas sociales: mi pana el Gordo José Tovar, quien me mantenía invitado y dateado de cuanto sarao "jailoso" ocurría en Caracas y sus alrededores.

Sin ánimos de comparación alguna con ese gigante literario, sí debo decir que valoro mi privilegio de haberme pasado la vida enamorado de mis mujeres, mis viajes y de la escritura, que disfruto a diario en las horas más inesperadas. Las mujeres me dejaron hermosas inspiraciones. Cumplir treinta años en París; viajar a Madrid, Japón, Nueva York, Houston, el norte de África, Martinica, Santo Domingo; ir a Cuba veinticinco años consecutivos al Festival Boleros de Oro; visitar Buenos Aires y Río de Janeiro, sin dejar de lado mis tres años en Bogotá —de los diecisiete a los veinte— y vivir en Caracas por más de cincuenta, me han nutrido de municiones para esta deliciosa escritura que ha ocupado columnas en unos cuantos diarios y, actualmente, en esta "Letra fría", donde la crónica aventurera llega cada viernes en esta suerte de película que vivo.

La fiesta, como tal, ha sido otro pasaje emblemático de mi vida. En la Escuela de Letras me decían "Rumberto Márquez", una invención de Gandhi (alias Vidal Cisneros, je, je). Por unos cuantos años, La Bajada, aquel delicioso bar de Sabana Grande, fue recinto de nuestro decreto privado de rumba permanente. Sin dejar atrás las fiestas del Club de Fumadores, solo nombraré dos memorables: la ya citada Pal’s, el night club de moda en los años noventa. con Pecheche y su Melao y la banda de Ricardo, El Cadáver Exquisito; y la de la piscina del Hotel Alba, el 11 a las 11 del 2011, con un "vente tú" dirigido por el difunto maestro Santángelo al piano, donde nos bebimos 11 cajas de alcoholes varios y servimos 1.111 pasapalos. A esa fiesta llegó un coleado que aceptamos, no por quien era, sino por su sinceridad al contarme que venía caminando por la avenida Bolívar, oyó el jaleo y se acercó a compartir. Alguien lo identificó como Nicolás Maduro Guerra, el hijo del que te conté.

De las últimas, recuerdo la "fiestageneria", que derivó en "rumbagenaria" por el bautizo de Daniel González, nacida en la desaparecida Utopía Bohemia, con el Sonero Clásico del Caribe. Esa tarde decía que, después de mucho pensarlo, había descubierto que lo que mejor sé hacer. Me refiero, precisamente, a las fiestas. He seguido mi instinto rumbero para felicidad de mis amigos y amigas. Una de ellas me mandó a decir que dejara de escribir pendejadas y me dedicara a organizar fiestas... Ja, ja, ja.

Luego vinieron las fiestas de la Hacienda Santa Teresa como presidente vitalicio del Club del Ron, que fueron grandes episodios de jolgorio regados con los mejores rones del mundo, junto a mis mejores amigos, que son otros de los grandes capitales de mi vida. Sí, lo del Club del Ron vino después, en los últimos días del siglo pasado y principios de este, cuando ya me había mudado al apartamento de la avenida Libertador.

El ron, después de ser un emblema de la Venezuela del pasado, perdió su prestigio hasta el punto de ser mal visto como una bebida del arrabal; salvo pocas excepciones, el propio pueblo llegó a sentir vergüenza por su consumo. Con la llegada del petróleo y el ingreso de bebidas importadas, poco a poco se fue entronizando el whisky como bebida nacional, quitándole el sitial de honor que el ron había mantenido hasta entonces. Siempre me llamó la atención que en Venezuela se lo menospreciara, mientras en otros países se exaltaban sus bondades. Nunca entendí que mi país perdiera tantas oportunidades mientras en el Caribe se le rendía culto a la ronería. En Cuba y República Dominicana es una bebida emblemática; incluso en Martinica y Jamaica, sin muchas credenciales, se habla de "su majestad el ron". En cambio, aquí daba pena ajena ver a los extranjeros delirando por el ron y a los nacionales entregados al whisky. Por eso fue muy grato participar en un movimiento que, de alguna manera, contribuiría a su dignificación. Tal vez sin que nadie se lo propusiera, o "sin querer queriendo", logramos iniciar la recuperación del prestigio perdido.

Para la edición aniversario de un periódico venezolano, se me encomendó tocar un tema innovador, por lo que me pareció muy adecuado contar la historia del Club del Ron. Si Simón Rodríguez resucitara, cambiaría —para ponerse a tono— el trillado "o inventamos o erramos" por "o innovamos o erramos", aunque toda innovación no deja de ser una renovación de la invención y todo error no es más que un invento fallido sin poder de renovación. Por ese camino andaba el día que salí de la oficina de los hermanos Vollmer con un pedido muy particular: se trataba de poner en acción un plan de relaciones con los medios de comunicación sin que se tocara el aspecto económico, porque la empresa pasaba por un momento de negociaciones con la banca y cualquier línea desvirtuada podía dar al traste con todo. La petición era algo así como invitar a unos niños a una piñata y no dejarlos tocar los caramelos.

O innovaba o erraba; esas eran las únicas opciones. A los tres días de mucho devaneo, me encontré frente a frente con la solución: si ya tenía un club que echaba humo hacia fuera —ya que yo era presidente del Club de Fumadores—, por qué no inventar uno que echara ron para dentro. Le pusimos música al proyecto y el énfasis en la palabra "familiarización", que implicaba a la familia Vollmer como conductora de una historia de más de doscientos años; al ron como el elixir maravilloso, eslabón anterior a la panacea; y a la hacienda como el mágico espacio del dulce "vagavagar" de los cañaverales, como diría Denzil Romero.

Las primeras reuniones preparatorias se llamaron "famtrips", porque su objetivo era familiarizar a los comunicadores con los jóvenes conductores, con el ron y con la hacienda. Los miembros fundadores fueron Caupolicán Ovalles (+), Enrique Hernández D’Jesús, Rubén Monasterios (+), Argimiro Briceño, Mary Ferrero (+), José Pulido, Petruvska Simme, Miriam Freilich (+), Daniela Ulián, Chepina Betancourt, Zaida Rausseo, Milagros Silva, Rodolfo Schmidt (+), Manuel Felipe Sierra, Igor Molina, Abigail Machado, Eddy "Gurú" González (+), Daniel González (+), Juan Barreto, Sara Maneiro, Ángela Oraa, María de Las Casas (+), Gabriel Álvarez, Cheo Carvajal, Guillermo Barrios, María Eugenia Guerra, Alexis La Rosa, Coromotico Jiménez, Víctor Rodríguez Coa (+), el Indio Guerra, Ender Cepeda, Felipe Herrera (+), Henry Bermúdez y unos cuantos buenos amigos y amigas que no solo dejaron el grabador y la libreta en sus casas, sino que en la Hacienda Santa Teresa dejaron a su libre albedrío el sentimiento de la camaradería. Al finalizar la tarde, nos descubrimos como un grupo de amigos signados por el placer, reunidos un día porque queríamos rendir culto a su majestad el ron, la flor etílica de la caña de azúcar.

Por eso hoy podemos hablar de una militancia ronera. En Venezuela, ya desde hace rato, el ron ha comenzado a aparecer con honores en fiestas y matrimonios, donde durante mucho tiempo brilló por su ausencia. Antes uno tenía que llevar su "carterita", y, si no, que lo dijeran Luis Finol (+) y Titina, con quienes nos tocó compartir la flor etílica de la caña más de una vez. Sin embargo, lo más importante es ver cómo las nuevas generaciones ya son roneras sin lugar a dudas, y no por una razón de precios —porque incluso hay rones más caros que los llamados whiskies premium—, sino por un sibaritismo elemental, una relación afectiva y de admiración por lo nuestro. En eso han contribuido mucho los periodistas gastronómicos con Vladimir Viloria a la cabeza, sin olvidar jamás a Ana María Khan de la revista Complot, al ya citado Boris Muñoz, Ángela Oraa, Mary Ferrero (+), Petruvska Simme, Rodolfo Schmidt (+), Gustavo Oliveros, Pablo Antillano (+), Rossana Di Turi (+), Alberto Veloz, Maite Navarro y, en fin, una larga lista de amigos sibaritas del periodismo local.

Mención aparte merece Marujita Dagnino cuando dice que todavía Europa sigue viendo el ron con ojos de asombro, como un artículo exótico e incluso de lujo, y que en los últimos años se ha puesto de moda junto a la salsa, el bolero y otros ritmos latinos, aunque tampoco falta en los lugares más vanguardistas, donde el techno es el rey de la noche.

 

Humberto Márquez


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