Micromentarios | El falso ídolo
07/04/2026.- La existencia de líderes políticos y religiosos cuya ascendencia sobre otras personas está basada sobre el engaño no es nueva. Hay varios episodios en la historia antigua e incluso en el campo de la literatura que nos pueden servir de ejemplos. Esta breve nota está elaborada para hablar de uno de ellos.
Se cuenta en la Biblia que, cuando el profeta Daniel se hizo adulto, se convirtió en confidente del rey babilonio Astiages. En tal cargo permaneció varios años, hasta que Astiages murió y fue sucedido por Ciro el Persa.
Por ese tiempo, los habitantes de Babilonia adoraban a un ídolo llamado Baal, en cuyo honor gastaban diariamente 600 kilos de harina, 40 ovejas y 200 litros de vino: ¡una verdadera fortuna para ese tiempo y esa cultura!
El rey, quien se hallaba entre quienes veneraban al ídolo de Baal, le preguntó un día a Daniel:
—¿Por qué no adoras a Baal?
—Yo no adoro a ídolos hechos por mano humana —respondió el profeta—, sino al Dios vivo, Creador del cielo y de la Tierra y Señor de todo lo viviente.
Al escuchar la respuesta de Daniel, Ciro el Persa formuló al profeta otras preguntas:
—¿Te parece que Baal no es un dios vivo? ¿Acaso no ves cuánto come y bebe cada día?
Daniel contestó:
—No te engañes, rey. Baal es barro por dentro y bronce por fuera y no ha comido jamás.
El rey babilonio se enojó ante esta respuesta e hizo llamar a los 70 sacerdotes que mantenían el culto al ídolo. Entonces, ordenó que Daniel debía probar que quien comía la harina y las ovejas y quien bebía el vino no era Baal. Si no lo lograba, Daniel sería condenado a muerte; pero, si demostraba que Baal era un ídolo de barro y bronce, los condenados a muerte serían los 70 sacerdotes.
Estos estuvieron de acuerdo con la proposición y hasta sugirieron que el templo fuese cerrado y sellado con el sello real. Daniel también aceptó y esa tarde, después de colocada la comida y la bebida y en compañía del rey, hizo que sus criados esparcieran ceniza por todo el templo, antes de cerrarlo y sellarlo.
Durante la noche y como solían hacerlo, los sacerdotes penetraron al templo con sus mujeres y sus hijos, a través de una abertura secreta, ubicada bajo una mesa, y cargaron con las ofrendas.
Al día siguiente, muy temprano, Daniel y el rey se presentaron en el templo y, después de comprobar que el sello estaba intacto, abrieron la puerta y entraron. De inmediato, el rey miró hacia la mesa y vio que la comida y la bebida habían desaparecido.
—Eres grande, Baal, y no hay en ti engaño alguno —dijo.
Pero Daniel rio y lo instó a mirar al suelo.
—Mire bien el piso y observe de quién son estas huellas.
—Veo huellas de hombres, de mujeres y de niños —dijo el rey, encolerizado, comprendiendo que tanto él como el pueblo de Babilonia habían sido objeto de una repetida burla.
Acto seguido, hizo apresar a los 70 sacerdotes, a sus mujeres y a sus niños y, una vez que le mostraron la entrada secreta, ordenó ejecutarlos a todos.
El ídolo de Baal fue entregado a Daniel, quien lo destruyó conjuntamente con el templo.
Armando José Sequera
