Aquí les cuento | El abuelo Celso

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El imperio sigue en deuda con la justicia.

Hacer la guerra es su oficio.

Nuestra vocación de paz triunfará.

03/04/2026.- Desde que el Ñato Rojas me contara aquellas historias de su abuelo Celso Blanquez, el viejo que le hacía los mandados al amo de la hacienda Las Palomas de Arena, el patrono lo mandaba a pedirle al otro amo que, distante a cinco leguas de camino, era el dueño y señor de los terrenos y gentes de los lados de La Encantada hasta todo el borde sureste del río Unare.

El abuelo le contó al Ñato las aventuras que tuvo cuando era un sirviente del dueño de la finca Las Palomas de Arena.

—¡Era la hacienda más grande que existía en estos contornos! —afirma el Ñato Rojas.

¿Pero cómo? Si en esos terrenos lo que queda es el viejo caserón y lo demás son unos maramarales y rastrojos pelados por los veranos y las quemas. Yo creo que el Ñato exagera. Y pareciera que el muy ladino me lee el pensamiento cuando habla conmigo y riposta antes de que yo abra la boca.

—¡Ya sé qué estás pensando! ¡Todos esos peladeros de chivo que ves ahora eran antes bosques hermosos con abundantes quebradas y manantiales que no se secaban durante todo el año! Frutas silvestres de todo tipo y que uno se podía dedicar a vivir solamente de la recolección, de la caza y la pesca.

Había parchas de monte, maya, algarrobo, caña flota, chigüichigüe, caña; de todo lo que te antojaras lo conseguías ahí en cualquiera de esos bosques. Además de los conucos con patillas tan grandes que un hombre no podía cargar más de una por el tamaño, y dulces por demás. Melones enormes y sabrosos.

A nadie le faltaba la comida. El queso y la carne seca no faltaban. Había mucha cacería, mucho venado y ganado. En esa época no existía nevera y la carne era salada.

El amo de la hacienda tenía varios arreos y uno de ellos de mulas; por cierto, era el encargado de ir hasta el puerto de Píritu a buscar la sal que traían las balandras desde la salina de Araya.

El abuelo me contaba que, siendo muchachito, el amo de la hacienda le decía: —¡Venga acá, Seso! (el amo nunca aprendió el verdadero nombre de mi abuelo).

Ordenaba: —¡Vaya donde don Arcadio y dígale que me mande una cuartilla de morocotas, que tengo que pagar unos compromisos!

Las cinco leguas de camino las hacía el pequeño Celso, que para ese entonces tendría doce años, montado en un macho, pata fina, que le habían reparado en uno de los corrales, con su buena silla de montar y sin la mengua de ningún apero. Al sereno paso del animal, el recorrido se hacía en unas tres horas.

Mi abuelo llegaba y hacía el mandado. Pero cuando estaba con don Arcadio, este le preguntaba si la cuartilla era rasa o colmada.

La primera vez el abuelo no halló qué responder, porque no sabía lo que significaban esas palabras. Pero en otra oportunidad, el amo le dijo: —¡Dígale a don Arcadio que me mande una cuartilla de morocota colmada!

La cuartilla era una medida que habían acordado, equivalente a la cuarta parte de un almud. Para medirla, utilizaban un pepure tejido que recibiera unos cinco kilos de grano.

Cada uno de los hacendados tenía su cuartilla lista para la realización de esas medidas.

La cuartilla colmada era, cuando puesta en una mesa, no aceptaba, sin dejar caer, una más de las relucientes monedas de oro que mi abuelo metía en su morral y regresaba en su macho hasta la casa de la hacienda a entregar aquel tesoro que el amo guardaría, quién sabe dónde.

El abuelo observaba con detenimiento cómo don Arcadio llenaba la cuartilla. Y cuando la colmaba, observaba que siempre, desde el montículo dorado, se caían tres o cuatro monedas sobre la mesa que el viejo insistía en equilibrar y que lograran sustentación sobre el contenedor. Ya para el segundo mandado de morocotas, esas tres monedas las tomaba mi abuelo y las escondía. De tal manera que nadie las encontrara nunca.

Claro, a la hora de irse al chinchorro le costaba mucho conciliar el sueño, ante la posibilidad, cierta, de que el amo le imprecara y le exigiera la entrega del tesoro, dolosamente apropiado.

Cuando lograba dormir, le asaltaban terribles pesadillas. Una de ellas, que era recurrente, consistía en que un bicho muy feo, con aspecto de hombre, con cachos y ojos feroces, lo agarraba por las mochilas y lo arrastraba hacia una paila enorme, donde se hervía el jugo de caña para hacer el papelón en la hacienda. Y lo metía en aquel melao hirviente y luego vaciaba dentro siete canastos de monedas de oro y empezaba a batir aquella melcocha que le quemaba las entrepiernas, y que no podía ahogar sus gritos de dolor, porque la muerte hubiera sido un alivio, pero no podía morir el muchacho mientras se quemaba vivo.

Se despertaba con una enorme angustia y bañado en sudor, cuando el gallo de pelea que tenía el amo cerca de la ventana, amarrado con un guaralito, cantaba a eso de la medianoche, porque cuando el gallo ganador canta, apenas desaparecen los fantasmas y las pesadillas de los corredores.

Aquiles Silva

 

 

 

 

 


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