Palabras... | Postal para un amado lugar. Parte 2
02/04/2026.- Anhelantes por estar juntos, sí, pero ojalá fuera del cerco, transgrediendo lo convencional de la cocina en el consumo y la sala de estar en medio del vacío, pegado en las paredes. O la sala de espera de la muerte por incautos, al tener que sacar fiado los sueños a largo plazo, empeñar la palabra para aceptar negarnos la razón de emocionarnos, de cómo nos sentíamos en el abrazo y habernos querido como pueblo. Todo, exactamente, nos repite como un reclamo el tiempo perdido en el simulacro de vivir, a espaldas de una malinche realidad que, si acaso, alcanzamos a ver las conclusiones en los finales de la última película.
La vida debería tener un delirio que desordenara la embestida y regresara a su origen, el perfil del odio y la sumisión.
Incluidos estábamos en el derecho al caos originario, donde tener miedo era un acontecimiento, y el asombro solo podía ser comprensible apelando a la magia que produce resolver lo desconocido.
Otra verdad es no poder dar explicación a lo guiado por la perversidad, que en la mayoría de ocasiones su objetivo será perturbar con presión la sabiduría acumulada, las decisiones certeras, hasta alcanzar enlodarnos en el error de las batallas, pero por fortuna éramos pocos, y la guerra, si acaso se daba, era en la imaginación. Distinto ahora, en que el mundo se reacomoda insensible sobre las butacas, para ver en el nuevo Coso Romano y en vivo el espectáculo de nuestra misma muerte, como si fuera un documental. Donde los ejércitos imperiales y sus comodines no habrán de saber quién estará detrás de la adrenalina, cuánto precio tendrá el dolor, ni cuándo enviarán una postal en serie con una carta cursi a la familia, que pudiese decir: "Lo lamentamos, hemos muerto todos en el intento".
Tal vez quisiera verte en la emergencia de una sombra, pero jamás en el desprendimiento de una caída, porque no tenemos nada que dar en el concepto de que nada nos pertenece, por el simple hecho de que no somos dueños de nada, debido a que cuando nacimos llegamos sin nada y ya todo estaba existiendo y tenía sus dueños, impuestos por la misma fuerza. Por eso, cuando nos toque irnos al ya no sonar la percusión del corazón, la matemática enumerada del fin de la vida, no necesitaremos llevarnos nada porque ya sabríamos que nada nos pertenecía. Las herencias son un ardid ideológico clasista y excluyente, una esclavitud emocional que te enaniza la belleza de crecer en tu propio riesgo, a cambio de continuar dando oxígeno a lo que había muerto, que, recostados a la existencia de los que todavía viven, les glorifica ser nombrados como potentados a la hora de los agradecimientos. Así proseguimos dando vida a quienes, casi por siempre, nos secuestraron los afectos y burlaron nuestros principios.
Nadie tiene el derecho de vivirle la vida ni la muerte a otro, ni disfrutar los privilegios que da el confort obtenido del sudor de patria, que igual resbala por la frente de los campesinxs y obrerxs. Por tal motivo, las guerras no buscan más que garantizar en las mismas familias poderosas la heredad del poder y las riquezas violentadas a los pueblos, esclavizados mientras va haciéndose la historia oficial. Y pensar que esos mismos ejércitos, sean del bando que sean, han estado y estarán constituidos por los mismos pobres que fueron explotados, hambreados por la gula de los fondos monetarios internacionales para arrebatarles sus recursos y su cronología de ser pueblo.
Carlos Angulo
