Un viaje de alma y lágrimas en la capital: Viacrucis Central 2026
Calles vibran con la pasión y esperanza de un recorrido sagrado y conmovedor
31/03/26.- Cuando el sol comenzaba a ceder su luz al abrazo de la noche, las calles del centro capitalino se convirtieron en un altar vivo donde se desplegó el Viacrucis Central, una travesía sagrada que abrazó el alma de cada asistente. Desde la Esquina de San Jacinto hasta la Esquina Principal, el aire se impregnó de oración, arte y un mar de emociones que tejieron un puente entre el cielo y la tierra.
Cada estación fue un latido del corazón colectivo, una página viva de la pasión que se desgranó con una intensidad casi palpable. En la primera estación, el rostro de Jesús se dibujó en el silencio expectante, el peso de la cruz parecía cargar no solo su cuerpo, sino el dolor de la humanidad entera. Los espectadores sintieron cómo ese primer paso era un grito contenido, un susurro de esperanza en medio del tormento.
Al avanzar, la flagelación resonó en el espíritu como un eco de injusticia y sacrificio. Los látigos que marcaron la piel de Cristo parecían también abrir heridas en el alma de quienes miraban, y la música del Orfeón Libertador envolvía el momento con una belleza dolorosa, como un lamento que se eleva desde lo más profundo del ser.
La traición de Judas fue una sombra que se cernió sobre la procesión; el actor que representó su ahorcamiento no solo encarnó la traición, sino el peso del arrepentimiento y la soledad. El público se estremeció, atrapado en ese instante donde la humanidad se enfrenta a sus propias contradicciones.
Las estaciones siguientes fueron un crescendo de emociones: el encuentro de Jesús con su madre, cuyos sollozos infantiles y puros fueron interpretados por un coro infantil que hizo vibrar el corazón con su voz cristalina, transmitiendo un dolor tan tierno como desgarrador. Cada nota parecía una lágrima suspendida en el tiempo, un puente invisible que unió a todos en un abrazo de compasión.
La caída bajo el peso de la cruz, el encuentro con Simón de Cirene, la Verónica que ofrece su paño: cada escena fue un poema visual y sonoro que despertó en la multitud una empatía profunda, un reflejo de las propias cargas y gestos de bondad que habitan en cada ser humano.
Cuando Jesús fue crucificado, el teatro de la calle se transformó en un escenario de silencios reverentes y miradas que hablaban de fe y entrega. La Virgen y las demás figuras que lloraban a su lado parecían encarnar el dolor universal, y el coro infantil volvió a elevar su voz en un canto que fue un suspiro colectivo, un clamor que atravesó el espacio y el tiempo.
Finalmente, la Resurrección en el Teatro Principal fue un estallido de luz y júbilo. La música alegre envolvió a todos los presentes, como una promesa renovada de vida y redención. La noche se iluminó con la esperanza que brota tras la oscuridad más profunda y el público, emocionado, sintió que caminaba de la mano con la fe, con la historia y con su propia esencia.
Este Viacrucis Central fue más que un ritual; fue un poema de carne y espíritu, un canto a la resiliencia de un pueblo que en sus calles revive el drama divino para encontrar en la pasión la fuerza para renacer. Una experiencia que, entre lágrimas y música, convirtió la ciudad en un santuario de amor y redención.
ISAÍAS OVALLES / FOTOGRAFÍA: JACOBO MÉNDEZ / CIUDAD CCS
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