Micromentarios | Muertes extrañas
31/03/2026.- En nuestra búsqueda permanente de temas para escribir, nos hemos topado con múltiples informaciones referidas a la muerte de personajes célebres.
La mayoría falleció de modos que podrían catalogarse de normales, pues así mueren casi todas las personas. Pero algunos han desaparecido en circunstancias tan curiosas que vale la pena reseñar.
El pintor griego Zeuxis vivió en el siglo V, antes de nuestra era. En cierta ocasión, Zeuxis concluyó el retrato de una mujer muy fea de unos cincuenta años de edad y, al ver lo que había pintado, le dio un ataque de risa que resultó mortal, pues, a consecuencia de él, a Zeuxis se le rompió un vaso sanguíneo.
El emperador romano Claudio —quien vivió entre los años 10 a. C. y 54 de nuestra era— tuvo una muerte muy curiosa.
Su segunda esposa, Agripina, la madre del fururo emperador Nerón, le sirvió unos hongos venenosos que Claudio ingirió inadvertidamente. Cuando se enteró de lo que acababa de comer, Claudio acudió a su médico, Xenofón.
Este le recomendó que procurara vomitar, pero Claudio no pudo hacerlo. Entonces introdujo una pluma de ganso en la garganta del emperador, quien se ahogó con ella.
Según otra versión, el médico Xenofón estaba de acuerdo con Agripina y la pluma de ganso que introdujo en la garganta de Claudio también estaba envenenada.
El dramaturgo inglés Thomas Otway —quien había nacido en 1652— era bastante pobre. Un día de 1685 y tras pasar las últimas cinco fechas sin apenas comer, Otway decidió mendigar en una concurrida calle londinense. Al rato, uno de los transeúntes le regaló una moneda y con ella Thomas Otway corrió a comprarse un pan. Fue tal la desesperación con que se lanzó a comer que, al apenas dar el primer bocado, se ahogó con él.
El novelista inglés Arnold Bennett viajó a París en 1931 y, tan pronto llegó, varios amigos residentes en la capital francesa le advirtieron que no tomara el agua parisina, pues estaba muy contaminada. Bennett no hizo caso y, ante los mismos amigos que lo habían prevenido, ingirió un vaso de agua. A resultas de su desobediencia, contrajo el tifus y murió.
El oscuramente célebre místico ruso Grigori Efimovich Rasputín —quien había nacido en 1872 y fue el personaje más influyente en la corte del zar Nicolás II— se hizo tan odioso ante el pueblo ruso que su muerte fue de una violencia pocas veces vista.
En 1916 y por orden del príncipe Yusupov, trataron de asesinar a Rasputín dándole a comer unos pasteles y vino envenenados. Pero como esto no dio el resultado esperado, quienes fueron contratados para matar al monje le dispararon dos veces, acertándole en el cuerpo con ambos proyectiles.
Mas ni con eso murió Rasputín, que, huyendo de sus asesinos, escapó del palacio de gobierno del zar en San Petersburgo. No llegó muy lejos, ya que sus perseguidores lo atraparon algunas cuadras más adelante. A golpes y patadas redujeron al herido y envenenado Rasputín y, después de atarlo, lo arrojaron al río Neva, donde murió ahogado.
El filósofo y escritor inglés Francis Bacon nació en 1561. Un día de invierno de 1626, cuando el destacado pensador contaba 65 años, salió a la calle en su carruaje particular.
Bacon pasó por el mercado y, al ver a las aves muertas, se le ocurrió la idea de averiguar si la nieve podría retrasar la putrefacción de un cadáver. Al instante, ordenó al conductor de su carruaje que se detuviera y, tras adquirir una gallina a la que habían matado hacía unos momentos, tomó varios puñados de nieve y con ellos rellenó y cubrió a la gallina.
Esos pocos minutos que permaneció a la intemperie agarrando la nieve le produjeron a Bacon un enfriamiento, a resultas del cual murió.
Armando José Sequera
