Vitrina de nimiedades | Rigores

28/03/2026.- Es posible que los obsesivos con lo "bien hecho" no sean un problema, si hablamos del cumplimiento de estándares mínimos en cualquier campo de la vida. Esa amiga obstinada en mantener su casa en estricto orden no está fuera de onda. El compañero afanado en los detalles de un informe no tiene dificultad para socializar. En ambos casos, la cuestión no reside en las personas, sino en los conceptos: ¿cuál es el detalle importante? ¿Cuál no? En esas tonterías cotidianas, todo se reduce a nuestra relación con el rigor, ese verdugo tan camaleónico que muta con facilidad para avivar cualquier choque posible entre los humanos.

En absoluto pretendemos volver trizas la noción tradicional de lo riguroso. Ese plan no está en el radar. Tampoco vamos a vender como novedad lo descubierto ya por pensadores contemporáneos sobre el afán por la hiperproductividad (Byung-Chul Han ya tiene suficientes fanáticos). Sin embargo, sí vale la pena preguntarse por qué nos sienta tan bien hacernos los de la vista gorda con el detalle que grita: "¡Préstame atención! Algo va mal". ¿De quién nos estamos vengando cuando decidimos abrazarnos al descuido? ¿Dónde aprendimos a llevar como un bacalao al hombro eso de corregir las pequeñeces que, sumadas, destruyen cualquier buena intención?

Quizás, la culpa esté en algún momento donde vimos perder nuestro esfuerzo por una "cosita" que parecía una pendejada; a lo mejor, algo nos haya costado demasiado en términos personales. Descubrirlo supuso exponernos, ver la falla a través del ojo clínico o burlón de un tercero. Salvo seres elevados o invariablemente despreocupados, la primera vez que vemos el rigor perfeccionista apuntando contra nosotros nos marca. Es un parteaguas que no está libre de las influencias en cada época, pero que tiene un costo en términos de convivencia y trabajo colectivo. Cada generación la gestiona según el precio que le impongan los tiempos que deba vivir.

Así, un grupo —dudamos que sea numeroso— siempre preferirá anticiparse, ser juez y parte implacable sobre cada cosa que hace. Su trabajo termina cuando cada ruido e imperfección ha desaparecido de aquello que está a su cargo. La insatisfacción puede ser su mejor compañera y la única presión que admite es del fallo que supo sortear al cazador para cazarlo. Ese colectivo no compra aquello de que "lo perfecto es enemigo de lo bueno", una frase que tampoco satisface a otro sector que parece crecer cada día, cuyo "rigor" no va de la calidad, sino de mostrar evidencias del trabajo hecho.

En un mundo donde cada día es más fácil convertir en números lo que hacemos, solo importa que esas cifras estén abultadas. Hacer más, mostrarse en pleno movimiento, parece el signo de este tiempo. En esa otra compulsión, la obsesión ya no está en el detalle, donde el diablo adora esconderse; está en mostrarse veloces y casi autómatas. Si únicamente fuera un hábito sin importancia, podría llevarse con calma, pero cuando también se vuelve la fijación de instituciones y centros de decisión, condenamos al mundo a vivir sin pausa, casi indolente a las consecuencias de ese avance incuestionable. No sabemos si de ese camino podemos volver.

 

Rosa E. Pellegrino


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