Letra fría | Las Mercedes

27/03/2026.- ¡Eso sí tengo yo, que me adapto rapidito! Mis sitios de reuniones dejaron de ser los bares de San Martín, aunque en realidad no eran tantos, porque yo despachaba hasta las dos de la madrugada desde La Bajada, aquel maravilloso bar de la Solano López, en Sabana Grande, y en adelante en El Tío Pepe, hasta la hora del sueño. Ya en Las Mercedes era otro nivel: la Casa Brioche para los desayunos, que finalmente desapareció, y el Hereford Grill, que era mi oficina después de las ocho de la noche. Con el tiempo, me pusieron un casino diagonal a la casa, que casi me arruina, aunque más de una vez les di sus coñacitos.

Sin embargo, uno de los episodios más simpáticos fue el reencuentro con mi consejero espiritual del colegio Gonzaga, el padre Franco. Yo siempre he sido curero; ahora tengo mi capellán de todos mis clubes y "extramautor" particular, Alex Salom, S. J.

Cada vez que pasaba por Caracas desde hacía unos diecisiete años, después de que nos reencontramos por teléfono, me lo llevaba a almorzar a restaurantes sabrosones. La primera vez fue en el difunto Muñeiras, que era como mi oficina de la época, gracias a la amabilidad de Juanito Cortés. En esa ocasión, se asombró de que nunca tomé la precaución de bautizar a mis hijos y prendió la luz de la emergencia: el bautizo ocurriría el sábado inmediato, en mi apartamento de Las Mercedes, donde vivía entonces. Haría una misa en casa. ¡Qué vaina tan buena!

Organicé los preparativos sibaritas y, desde el principio de la celebración, empezó con la jodedera que lo caracterizaba: "¡Verga, si yo sé, me traigo una manguera!", al ver que mis dos nietos estaban en la cola. Finalmente, bautizamos solo a los hijos por falta de padrinos, un pequeño detalle que se me había olvidado. Así fue como Piki "Bituaya" Figueroa terminó siendo padrino de mi hijo Marcel, con la Negrita Verguero; Alejandro Higuera y Bemba Maciá, de Ligeia, y Tamara Rodríguez y Juan Sará, de Vicente Alfredo.

Lo mejor de aquella tarde litúrgica hecha en casa fue la hora de la confesión. Nuestro querido "gandul ensotanado" —como le dije en un texto, a propósito de sus cincuenta años de ordenación sacerdotal— ordenó que le escribiéramos los pecados en un papelito. Luego, le pidió a Nubia, que junto a Miss Guayaquil eran nuestras colaboradoras de la época y terminaron siendo monaguillas de emergencia, una olla. Ellas le trajeron un bol metálico donde quemó los papelitos y quedamos todos absueltos. La joda mientras ocurría la quemazón fue de padre y señor nuestro, cuando preguntamos si los cachos y las yucas eran pecado. Ese era Franco, un jodedor a toda prueba. Ese día mi mamá hizo la primera comunión.

Un tiempo la cogió con que no lo buscara en el colegio San Ignacio, sino en el centro comercial. Yo siempre le decía: "Ahora entiendo por qué no te gusta que te busque en el Tamanaquito (como les dicen a los aposentos del colegio San Ignacio). Es para no rayarte y aceptar que no todos tus guiados eran indescarrilables", y se moría de la risa. Ahí empezaban nuestros afectuosos pleitos: "Coñooo, cura loco..." o "Verga, Franco, vos además de farfullo sois faramallero, ¿por qué tenéis que venirte caminando al centro comercial San Ignacio con esas rodillas operadas?", y me contestaba: "¡Tengo que probarlas, huevón!".

Finalmente, Franco murió. Lamentablemente, yo estaba en el exterior y no pude acompañarlo en su última hora. Era un cura muy valiente y tenía muy buen apetito. Un día fuimos a almorzar en un restaurante italiano que quedaba al lado del Urrutia de Las Mercedes; yo lo conocía porque asesoraba a Venezolana de Seguros y Vida, que quedaba ahí cerquita. Un día lo estuve mareando con entradas, que si calamares en su tinta, camarones al ajillo, berenjenas gratinadas y cuanta vaina había en la carta, aparte de varias tacitas del reggiano en oliva, que era como el pasapalo de la casa. ¡Entonces, me preguntó por la pata de cordero! Je, je. Lo de valiente fue porque un día en Facebook comenté que alguien había proferido una estupidez política y él salió diciendo que el imbécil era él.

Por aquellos tiempos, Carmen Elena de Mavesa y yo andábamos de lobby con el gobierno de Caldera y nos hicimos muy amigos del coronel Justo Perdomo, recientemente fallecido. Por supuesto, almuerzos iban y venían y en esos días yo andaba de "clon", una locura que inventé porque ya en mi casa no me soportaban cuando llegaba curdo después de aquellos almuerzos interminables. El coronel se reía de mis locuras y se hizo buen amigo. Después, cuando di clases en una escuela de telecomunicaciones militares en Fuerte Tiuna, el director era su suegro. En eso cumplí años y lo invité a mi casa a picar la torta. Había invitado también a "las miserables" (así se autollamaban un grupo de profesionales, casi todas periodistas amigas de Dilcia), pero las muy múerganas no asistieron, en solidaridad con Dilcia, con quien se fueron a beber para hacerme el desplante. El cuento fue que allá se apareció mi coronel, uniformado y todo. Menos mal que mis compadres Tamara y Juan Sará sí asistieron y compartimos la velada.

De otras historias de la avenida Veracruz de Las Mercedes hay una, si se quiere, emblemática. Yo era director de la revista Alimentos Hoy, de Cavidea (Cámara Venezolana de la Industria de Alimentos), y todos los noviembres nos enviaban cajas y más cajas de alimentos. Yo le permitía al personal, bedeles y motorizados, que se llevaran los productos de Mavesa que igual a mí me los daban: las leches, Cheez Whiz y otros alimentos que yo no consumía. Sin embargo, cuando vi que les estaban metiendo mano a mis diablitos (je, je), busqué a Marcel la tarde del 26 de noviembre y cargamos mi Fiat Uno con aquel pocotón de cajas. Cuando logramos subir al piso 7 de las residencias Veracruz, me senté en la mesa del comedor con una cerveza y solo dije: "¡Ahora, si quieren, que se tiren un golpe!".

Esa madrugada me sorprendió ver cantidad de soldaditos bordeando el aeropuerto de La Carlota, desde las barandas de mi casa.

 

Humberto Márquez


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