Aquí les cuento | ¡Tú no sabe inglé, Vito Manué!

En esta América nuestra

solo hay un muro que existe.

Al norte hay un pueblo alegre

y al sur veinte pueblos tristes.

Benjo Cruz

 

Gringos,

de ustedes no espero favores.

Reconozcan que la cagaron

dejándose guiar por ese loco.

Queremos a Nico y Cilia de vuelta.

 

27/03/2026.- El patio de la casa es el lugar predilecto del Rafaelito, que crece mirando los pájaros y sintiendo en su cabeza el pegajoso zumbido de las abejas negras, que no producen miel, pero hicieron su casa en el vértice del viejo roble, que dejó caer una rama con la que papá hizo unos taburetes para el corredor de bahareque de la casa.

El hombre estaba joven y fue uno de los pocos afortunados que, en el pueblo, logró enganchar en el MOP. Esa compañía no era como las otras, que andaban buscando petróleo, y que se llevaron a mi primo Juan Turipe, a mi otro primo Manuel y a tantos más para que abrieran picas y les cargaran los teodolitos y los macundales a los norteamericanos.

Claro que mi primo aprendió muchas cosas en esos montes con la compañía. Además de comer jamonada, le ponía oído al idioma de los musiús. Eso fue un gran paso para su formación como hombre del pueblo, ya que, cuando yo empezaba a estudiar bachillerato, pudo darme la primera lección de inglés.

Él había aprendido con los gringos de la compañía las primeras lecciones: "¡Gua chu se, gua chu se!". Otra expresión que me enseñó fue aquella que no se me olvida tampoco: "¡Guaris nein, guaris nein!".

EL MOP había instalado campamento a una media cuadra de la plaza Bolívar, donde estacionaron los dos camiones y el tractor Caterpillar para abrir los caminos y los volteos de llevar granza de las quebradas y del río. Aquella máquina, con los cauchos de adelante caídos de lado, tiene por debajo una larga lámina de hierro en forma de machete, que se posa sobre el suelo y que al arrancar va dejando aquello lisito para que los carros pasen, y riega la granza para que cuando llegue el invierno no se peguen en el barro ni sea necesario usar cadenas en los cauchos ni poner a un gentío a hacer fuerza para sacarlos de la tierra.

Era toda una novedad en esos años sesenta contar con esas maquinarias en el pueblo, que iniciaron la transformación de los caminos y veredas que existían en carreteras llamadas vías de penetración (¡vaya nombrecito!) y que se utilizaban para llegar más cerca de los conucos de la gente. También para poder acercar los camiones lo más cerquita posible y cargar las cosechas de maíz, algodón, caraotas, guaracaros y chícharos, que era lo que más se producía en tierra caliente.

Del otro lado del pueblo quedaba tierra fría, donde la producción era de casabe, ñame, ocumo, cambures mataburro, café y un poco de cacao. Pese a lo que afirmaban algunos historicistas del pueblo, aquí nunca se logró establecer un sistema de producción tal que alcanzara para superar las fronteras de Guanape y Guaribe. Siempre se pudo decir que los campesinos plantábamos solamente para satisfacer las demandas locales de alimentos que, con suficiencia, se producían para tal fin.

Después de que llegaran las máquinas nuevas del ministerio (así llamaban al MOP en El Valle), aquello empezó a cambiar. Por primera vez se vería a alguna gente trabajando con un uniforme todo color caqui y un casco de aluminio, de esos que usan los mineros. Conservo uno, recogido en mi primer incendio allá en Caracas, por los lados de Las Adjuntas, y que está aquí en la ventana de la casa, junto con el casco de bomberos que usé en el Caracazo y una cantidad de otros recuerdos que conservo y que cuando vengas a la casa, algún día, podrás ver.

Mientras escribía el lunes 23 de marzo de 2026, a la una y cinco minutos de la tarde, hubo un bajón de luz y se apagó la computadora, pero regresó en un momento. Después la cosa no quería arrancar de nuevo y me chorrié. Cada vez que enciendo el aparato para escribir, me acuerdo de Raúl, cuando me anunció por mensaje de voz que había ganado un premio. Le dije que había concursado para poder comprar una computadora y él me dijo, riéndose, en otro mensaje, que me alcanzaría para eso y otras cosas más. Bueno, la cosa arrancó de nuevo y yo me alegré, aunque las quince líneas que había escrito se me borraron, porque no le di a "guardar" a tiempo. Acabo de darle clic al sobrecito de "guardar", no vaya a ocurrir que baje la luz de nuevo y me quede con la bocota abierta.

Sin embargo, eso no importa. Miren que lo que se borró me gustaba mucho y lo dejé por ahí en mi cabeza dando trancazos y es posible que aparezca en otra ocasión, para poder contárselos a ustedes.

 

Aquiles Silva


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