Tinte polisémico | Una vez más el "gentilicio nacional venezolano"
A mis hijos e hijas
27/03/2026.- Nací en la década de los sesenta del siglo pasado. Como generación, muchos de nosotros de niños y adolescentes jugamos beisbol en los patios de la escuela o el liceo, durante el recreo o receso de nuestra jornada académica cotidiana. Era un incentivo o motivación ir a clases por ese gran partido.
Lo practicábamos con una pelota de goma o con una construida con el envase vacío de un cuartito de leche o de jugo, que rellenábamos de papel o cartón y apretábamos. Luego le poníamos romos los ángulos (esquinas), golpeándolo suavemente contra el suelo, y lo convertíamos en un cubo semiesférico.
Nos organizábamos improvisando las bases y el plato con pedazos de cartones colocados en el suelo. Según la geometría y dimensiones del patio, ese era nuestro diamante. Pedíamos por cada bando a los respectivos jugadores, procurando quedarnos con los mejores en el ataque o defensa. Cada quien intentaba armar su "trabuco". Así se daba comienzo a una encarnizada batalla.
En las calles del barrio, también bateábamos chapas de refrescos y cervezas con un palo de escoba. De esa forma, entrenábamos y desarrollábamos destrezas en el bateo y lanzamiento, los reflejos para la defensa y la agudeza visual para descifrar lanzamientos curvos y con efectos. Inclusive algunos, al ascender en nuestra improvisada liga, jugábamos pelota sabanera en cualquier espacio o terreno baldío.
Todo ello es demostración de cómo el juego de pelota resulta intrínseco a un sector de la sociedad venezolana.
Otros más afortunados jugaban en equipos organizados, como los famosos Criollitos. Luego, los que proseguían con mayor disciplina y enfoque transitaban por las categorías amateurs A, doble A y triple A. Quienes asumían la actividad como oficio pasaban a la fase de la pelota rentada o profesional y después a la cúspide de la carrera, al ser observados por un scout para ser firmados por alguna franquicia gringa. Ya conocían, exploraban e identificaban en distintas localidades las competencias atléticas e intelectuales para la disciplina de nuestros prospectos.
Dados así el talento y el tesón, se llega a ser campeón con determinado equipo en alguna de sus ligas (americana o nacional) para participar en la incorrectamente considerada Serie Mundial de las Ligas Mayores de los Estados Unidos.
En Venezuela se siente la pelota. Las pintorescas y jocosas costumbres y tradiciones de eternos adversarios entre distintos equipos y regiones, entre otras rivalidades, están implícitas en el inconsciente colectivo deportivo nacional.
Cualquiera es un experto en cómo dirigir un equipo, ser mánager o coach, cuándo se debe cambiar un lanzador, cuándo dar un boleto, instruir el robo de alguna base, realizar un sacrificio, ejecutar un toque de bola u ordenar la jugada de bateo y corrido.
Escuchar un partido narrado por radio, o verlo por la televisión, era una gran distracción y acontecimiento en el siglo XX, así como buscar las páginas deportivas de los diarios al siguiente día y leer las reseñas o detallar las gráficas de lo que se vio en televisión o se escuchó en radio la noche anterior. Hoy contamos con la posibilidad de seguir los partidos de campeonatos en vivo en nuestros artefactos electrónicos, digitales y portátiles.
Independientemente de la época y de las redes sociales digitales, y a pesar de la globalización del deporte y el negocio del fútbol, algunos países de Suramérica y el Caribe aún sentimos esa pasión indescriptible por el béisbol, sin que pierda protagonismo la religión por el soccer de parte de los colombianos, ecuatorianos, peruanos, uruguayos, argentinos y brasileros, entre tantos otros.
Ahora bien, el beisbol es un sentimiento colectivo, una forma de expresar nuestra alegría y de manifestar nuestras aptitudes y actitudes frente a la vida. Somos caribes y nos define y caracteriza la creatividad, la originalidad, y la materializamos con esas dotes y esas cualidades características para la improvisación, lo que también nos define como pueblos. Es la chispa, ese tumbado, la viveza, lo latino, el ingrediente mágico que incorporamos a este deporte, al que adoptamos, adaptamos y hacemos nuestro.
No obstante, para quienes no solo como espectadores o fanáticos vimos la final del Clásico Mundial de Béisbol entre las selecciones de la República Bolivariana de Venezuela y los Estados Unidos —y nos dimos a la tarea de detallar cada lanzamiento al plato, cada movimiento o decisión táctica, cambios de jugadores, la ejecución de cada rutina, fildeos, tiros, batazos, robos de bases, anotaciones o boletos—, se demostró que también planificamos, somos disciplinados y concebimos el juego con el carácter técnico y sistemático. Este asunto se confirma además por la cantidad de atletas venezolanos que juegan y se destacan en las Ligas Mayores, como se estila denominarlas allá, en aquella geografía.
Actitud, aptitudes, cualidades y el carácter de nuestros jugadores, gerentes, directivos, técnicos y personal de apoyo, el trabajo en equipo y la pasión deportiva para demostrar ante los ojos del mundo que aquí también se juega beisbol de altísimo nivel lo pueden certificar las selecciones rivales de Nicaragua, Israel, República Dominicana, Italia, Japón y EE. UU., a las cuales enfrentamos en el certamen.
Jugamos en otro patio, nos ajustamos a sus reglas y les ganamos, pero también damos la batalla en el "ámbito de lo simbólico", pues comprendemos el soft power, ese que es el gentilicio venezolano.
En el 2026 somos los indiscutibles campeones de la final del Clásico Mundial de Beisbol, celebrado en el estado de la Florida el martes 17 de marzo con los peloteros humildes, disciplinados, respetuosos, aguerridos e irreverentes de la República Bolivariana de Venezuela, uno de los epicentros de la geopolítica planetaria. Nos sentimos orgullosos y merecedores del logro y por múltiples razones así lo consideramos y lo demostramos fehacientemente al universo deportivo.
Hay fiesta en Elorza. ¡Viva la RBV, carajo!
Héctor Eduardo Aponte Díaz
