Palabras | Postal para un amado lugar. Parte I
Por más que nos den por muertos
jamás renunciaremos a la vida.
26/03/2026.- Redoblan la marcha los niños que murieron de hambre en otra infancia. Festejan en los casinos los que suponen vencida la bonanza construida con la alegría de los que creen en lo imposible.
Yo, que habité y dormí en un solar con árboles frutales, donde había gallinas, cerdos, perros y un conuco para el diario sustento, hace poco, en medio de esa pesadilla de estar en la mira malsana de un imperio, pensaba en aquella primera década de la vida. Y notaba lo sencillo que era estar vivo y lo profundo en los bolsillos rotos de no tener nada. Rememoro aún caminar por la calle de esos años, donde ser pobre era no saber qué significaba y ser rico a costa de los otros no era un pensamiento. Entre esos anaqueles recónditos de la memoria, una imagen me aferraba agarrado a una cerca de alfajol, mirando aquella escuela, construida luego sobre los escombros de la casa, el conuco, los árboles y los recuerdos donde nos criamos. Y eso también era el dolor, como cualquier otra guerra, en la que, ignorando de qué lado estábamos y sin tomar partido, nos caían igual las bombas desde los sueños y en la cama y en el grito, lanzadas a diestra y siniestra por tormentosos aviones, tripulados por enemigos que nunca conocimos.
Habrá que entender, dando un salto demencial, para saber de dónde vienen esos sentimientos, para qué sirven las ciudades, el cine y el olvido, a qué obedecen los partidos políticos y la soledad de los que votan creyendo. Será de interpretar, analfabeto, para no perecer ingenuo en el intento, que la democracia es un sistema de gobierno sin naturaleza humana, expropiado sin contemplación por una fuerza económica-militar transnacional, a los griegos, para ser usado e instituido con dinero mal habido. Sistema democrático acuñado, implantado, propagado y defendido por la fuerza imperial para controlar la alegría, el poder ideológico-económico global, a objeto de una sola cultura cuadriculada, un idioma dominante, una moneda para costear el hambre, un solo Dios a quien mendigar y un único camino, obedecer. Decir país y Estado sería entonces lo mismo que decir sistema capitalista, gobierno democrático, centro comercial, escuela de memoria o cerca de alfajol. Y aquellos pueblos que se contorsionen por salirse de ese orden, o esa orden, seguramente se les declarará la guerra; nómbrese el cliché de comunistas, socialistas o la tercera vía, esa de no creer en nada y guardar el cerebro de avestruz bajo la tierra, mientras te roban a la brava la paz de un lugar que se hizo querencia a la altura del corazón. Y donde te arraigaste a vivir, no más, mirando un cielo en el que nunca pensaste pelear contra poder extranjero alguno, al querer de pronto hacerse dueños por las armas de la lumbre ahumada olor a queroseno. Nostalgia visible en la llamarada híbrida de las estrellas, que van asomándose por la ventana del vesperal, desde donde de vez en cuando también te miraba pasar, hacia la bodega de la esquina a comprar la leña, el maíz, el café y el pan dulce de la ansiedad.
Así andábamos, simples, efímeros, y quizás todavía inciertos, entre los apartados recuerdos de quiénes éramos y qué soñábamos, embadurnados de ignorancia y egocentrismo ajeno. Determinados en más de cinco siglos sistémicamente, siendo policías casi todas las veces para el bien acaudalado, esos otros que no éramos los mismos, y a los que teníamos que guardar distancia. Y nosotros, por absueltos en democracia neoliberal, nos hicieron creer emancipados, imitando mecernos en las ramas de esos mismos árboles. Y ahí nos volvieron cómodos en la imaginación y entretenidos en la indiferencia, y casi inanimados unos y otros, ejercitando el golpe en la espalda. Y la digna belleza vivida en la simplicidad, volcada en el discriminado cesto de la basura.
Carlos Angulo
