Micromentarios | Una lección de ahorro
24/03/2026.- En 1988, cuando mi hija Mariana tenía cinco años, tuve la estúpida idea de querer enseñarle los beneficios del ahorro.
Para ello, fuimos a la sede del Banco Provincial en el bulevar de Sabana Grande y abrimos una cuenta de ahorros a su nombre.
Por televisión, este banco hacía publicidad en torno a cuentas de ahorro para niños y niñas, gracias a las cuales estos conocerían las virtudes de ahorrar.
La cuenta fue abierta con 15 bolívares. El mínimo aceptado eran 10. La funcionaria que nos atendió le ofreció y dio caramelos a mi hija y a mí, café. Se explayó en las bondades del ahorro y nos felicitó porque Mariana se iniciara tan pronto en dicha práctica.
Mariana quería comprar una muñeca, cuyo costo era de 94 bolívares. Según las cuentas que sacamos, guardando semanalmente 15 bolívares, en seis semanas tendría el dinero necesario para adquirirla, habida cuenta de que yo le daría los cuatro que le faltarían.
Todo fue muy bien y, al término de las seis semanas, regresamos al banco para retirar los 90 bolívares de su muñeca. ¡Sorpresa! El Banco Provincial se había quedado con más de 80 debido a que la cuenta había sido penalizada por tener más de un mes de existencia y no contar con una cantidad mayor a 500. Eso nos lo dijo el funcionario que nos recibió.
Cuando nos enteramos de tal arbitrariedad, que no tuvo en cuenta que se trataba de una cuenta de ahorros de una niña, Mariana se echó a llorar.
Yo me indigné tanto que llamé ladrones a quienes trabajaban en la institución y lo hice en voz alta, con absoluta rabia. Conté a gritos que habían robado no solamente el dinero ahorrado por mi hija, sino que también habían atentado contra la idea de ahorrar que yo intentaba inculcarle.
La gente que se hallaba en el banco me miraba como si yo estuviera loco y un par de señoras se alejaron de mí, como si fuera a agredirlas.
El gerente o subgerente salió de su oficina y me exigió que me callara. Además, trató de culparme a mí del robo, aduciendo que, al abrirle la cuenta a mi hija, debí informarme del mínimo aceptable para mantener una cuenta de ahorros abierta, sin que el dinero fuera absorbido por el banco.
Alegué que eso debió informarlo la persona que nos recibió, y el muy descarado adujo que ella no estaba obligada a dar tal información; que yo debía saberlo, porque esa era una práctica común de Banco Provincial.
Lo llamé caradura, además de ladrón de cuello blanco, y poco me faltó para estamparle un puñetazo en su rostro de insecto rastrero. No lo hice porque, con toda seguridad, me llevarían detenido a la Jefatura de El Recreo y nos separarían a Mariana y a mí.
Como seguí quejándome en voz alta, el hampón ejecutivo llamó a dos agentes de seguridad y les ordenó echarnos a la calle.
Cuando señalé que era periodista y que escribiría sobre el robo a mi hija en la prensa, los dos guardias y el malhechor que dirigía esa sucursal del banco se detuvieron, pero este último, dispuesto a extirparme del lugar, pidió que llamaran a la policía.
Al advertir que una funcionaria corrió a hacer la llamada, tomé a Mariana de la mano y opté por largarnos de allí.
Una señora que escuchó mi alegato se me acercó cuando ya estábamos en la puerta de salida y me dijo que yo tenía la culpa del llanto de mi hija, por no poner atención a las especificaciones bancarias al abrir una cuenta.
La llamé arrastrada, vieja bruja y no me acuerdo qué otras cosas, y salí con mi decepcionada pequeña. ¿Adónde? A la juguetería donde vendían la muñeca que ella quería, cuyo costo debí cancelar con mi tarjeta de crédito y pagar, posteriormente, en tres cuotas.
Armando José Sequera
