Psicosoma | Relaciones familiares

 

                                                       Será que me estoy poniendo viejo, triste y nunca lo sabrás.

Bacilos

                                                        Vivir como si no tuviera sentimientos.

Karol G

24/03/2026.- Cuanto una quisiera dar, incluso la vida "si mil vidas tuviera, gustosa las daría", es una poesía que recitaba a los seis años, y todo es "temporal"; cómo cuesta aceptar y recomenzar, pero casi nunca la vida es ahora, porque anida un destiempo, inconsciencia, desmemoria, fugacidad. "La vida es bonita y se cura bailando", y vamos con la ilusión del ahora. Ya no estás, todos tenemos fecha de caducidad y comprendo que la vida continúa; ya "no me llevas a hacer castillos en la arena, dibujar coranzoncitos".

Amo el instante, estar muda al amar y quizás siempre la paso en ensoñaciones, amando "TinteMoriche en cuento y poesía", las películas "cineArte" y brindo por la vida. ¡Ay, Maturín!

Las relaciones familiares con las abuelas, matriarcas y abuelos en fiestas aniversarias eran un ritual en mi niñez, aparte de las fiestas cívicas patrióticas con las conmemoraciones ancestrales apoteósicas porque traían cóndores a Lima, ovejas, lamas... a mi casa y los encerraban en el garaje, no entendía esas fiestas y solo lloraba para que mi papá los dejara libres o pusieran en un espacio más grande; me nombró "encargada" del señor Kontur, de darle agua y alimentos, moría al principio; pero la curiosidad en sus ojos, sus párpados me perdían y solo lloraba en su cabeza casi pelada; me puse a hablar y así comenzó nuestro amor, le acariciaba el cuello de collar blanco, alas inmensas que plenaban la sala, picaba carne cruda y yo no sabía la palabra carroñero, me preocupaba que muriera, y pobre tío Alfonso, el cazador de cóndores, lo atormentaba con mis preguntas de niña puberta —me explica las fiestas del Inti raymi... yo no sé qué estudios le dan en Lima... te voy a llevar a la sierra...—.

Las mujeres iluminaban la cocina de la casa con olores y me mantenían alejada. Mi madre temía que me pasara algún accidente; su cuido extremo me marcó al morir mi hermanita Gladys; me la pasaba en el cuarto con las radionovelas y lecturas.

Todas las reuniones eran casi en mi honor; al menos las sentía así por los aplausos que le daban a mi padre al dar discursos de honor, y mi presentación, al ser su primogénita. Luego, el fotógrafo, las fotos en familia, música de arpas, charangos, violines, saxofones, quenas, guagra puqu, antara, con rondas de pisco, cervezas con el mismo vaso en rondas; miraba detrás de las cortinas vino tinto porque ya no quería más besos ni abrazos ni propinas y algunas veces mamá me sorprendía y regañaba en su único estilo mortal. Madre Pilar tenía su fama de excelente cocinera y casi nunca dejó que la ayudaran; siempre decía: "Usted va a ser doctora". Luego se le ocurrió entrenarme para perder el miedo a la sangre, a sujetar a los animales para cortarles el pescuezo, las cabezas a los pollos, gallinas, patos, gansos, conejos... hasta que me harté y escapé del sacrificio al soltar las alas, patas o qué sé yo... Fue el inicio de mi rebeldía directa, con cero carnes... Miento, me casé, descasé con carnívoros y pasé de vegetariana, macrobiótica a omnívora.

El amor entre las relaciones familiares no solo se demuestra con las grandes comilonas. Es cierto, comer con gusto en agradable compañía, pero hasta "descomer" en vuelos amantes nos alimenta; de eso conozco mucho, no por vocación penitente, falta de real o fakir; simplemente me plena la poesía del amanecer, la danza, besar; amar es comer...

Bien, en las relaciones familiares algunas favorecen encuentros, apegos, peleas, reencuentros con afectos sinceros nacidos del corazón; otras son con chismes odiosos, del "rajar", comparaciones, envidias, "sacrificios, heroínas", golpes normales... "Ya aprenderás a aguantar", me repetían las tías. "Eres muy arisca y contestona". Realmente aprendí a evitar familias tóxicas, pero mi padre con sus "presentaciones" hacía que huyera de casa muy temprano.

Las relaciones familiares se fundamentan en la cocina, compartir comidas con los cuentos de la vida doméstica son un gran aprendizaje e ilumina el libro de Laura Esquivel Como agua para chocolate; y bien, la crianza de hijas e hijos, con alegrías y penas, son formas de acercarnos, repetirnos o separarnos, nunca sabemos.., pero realmente es más social o existen motivos especiales como los que compartí el domingo 15 al despedir a mis familias venezolanas que retornan a 10 años de vivir en Costa Rica y, para mí, es una experiencia casi mística porque "viaja" una parte de mi existir, del compartir cada reunión con los chicos y chicas, del aprender a convivir desde casi nada en un país hermano, tan parecido al nuestro, con gente conservadora, cerril, tipo Mérida, con sus universidades, blancos josefinos, con clases sociales bien notorias. La gente venezolana es muy respetada y casi todos son profesionales con empresas, negocios, y vivimos en zonas de clase media alta, y muchos ticos, ticas me decían: "Vives en el otro país"; al principio no entendía, vivíamos en Escazú cinco años; eran tiempos de mi duelo y de pandemia.

Decía que no es simple retórica decir "viaja mi ser" en esta despedida inolvidable, que se estampó más en una parte de mi familia con diferentes criterios y libertades al hecho terrible, traumático, del asalto y secuestro del presidente Maduro y su esposa Cilia Flores el 3 de enero del 2026; en las familias pasa de todo y al rato escampan las lluvias, rabias, pero siempre el amor nos une hasta en los peores errores, que se van arreglando por los caminos culebreros. Brindo por una mejor vida, de esperanza, adaptación y acomodo a las nuevas realidades, y ser agradecida, soñar por el buen futuro, a brindar, como dice Bad Bunny en la Weltita, a beber, vivir en las mejores playas del planeta, islas del encanto con empanadas de cazón, ostras, mejillones, con unas cervatanas arrulladas en Juangriego...

Ahora los niños son jóvenes adolescentes, y me veo en el crecimiento de los hijos, nietos, de cómo pasa el tiempo, porque en mi psique hay más lucidez, juventud; no hay que ser Shakira para sentir el cuerpo; "muévelo" para que no se deteriore y quizás la edad sea tan solo un número...

El vals que mi padre cantaba en las despedidas viene en sollozos al abrazarla. Dicen que las despedidas son muy tristes y desde que te fuiste... o "todos vuelven a la tierra en que nacieron", qué va; el sur del sur peruano es "mucho con demasiado" al dolor vallejiano, queja, y prefiero el cielo tropical con unos cocos en la Weltita con mi amor de ojos violeta, que, por cierto, es recíproco y me lanza la espada de sus ojos: "No te vayas, quédate".

¡Zuas, papá Darío! Se me sube a la cabeza. Recuerdo el último abrazo de papá con un lagrimeo sorpresivo... Las fiestas o despedidas alborotan los neurotransmisores en ondas de dopamina, cascadas de cortisol; la oxitocina abraza la prole y siempre ese llamado: "Mamá, ¿ya tomaste?" y respondo: "Papelón con limón y jengibre, que me embriaga al sentir la vida", y todos se matan de la risa.

No puedo huir; él me sostiene con sus ojos violeta, me da las dos manos y lloro. No me quiero ir ahora, pero ya ni sé... Despedidas con ese abrazo que huele a nunca jamás te volveré a ver, me eriza y canto, canto, la de Rocío Dúrcal: Amor eterno; los hijos se alborotan y dicen: "Mamá ya volvió a tomar", y respondo: "Nací con alcohol en la sangre". Todo tan extraño, un domingo de marzo como que se repiten las despedidas y casi nunca retorno; antes era la pandemia y, ¿hoy será la nuclear? Con papi, era un año antes de la pandemia y en su sabiduría chamánica me da el abrazo eterno cruzado, lloramos y hoy lo repito; cuando me canso de rodar, al más allá o más acá, siempre regreso más aruñada: "Podrás volver y verás los cerros al sol, luna, la casa y ya no voy a estar; acuérdate de tu mamá, mi negra". Tenía razón, volví el año pasado a las últimas respiraciones de mamá, con la cocina en silencio, sin olores, con el único regalo que recuerdo: dejó una cartera de cuero negra que, al abrir, sale una libreta con su letra a mi nombre; leo y no puedo seguir; sigue dormida en mi cuarto y todos los días me saluda: "Buenos días, Charito, sé una buena madre...".

No sé si llamarlas fiestas de despedida, de retorno, no sé; me sentí tan triste, alegre, con sentimientos encontrados; como soy tan contradictoria, decía mi esposo Nomar, y siempre a pedir perdón, disculpas, y él se reía de mis tremenduras... Prosigo con la carta a mi nieto; recuerdo su cumpleaños y le cuento de la parrilla hecha por los hombres en Brasil de Mora. Las mujeres preparan ensaladas diversas; el papelón es mi especialidad, los tequeños, pastelitos de Neybis; la ensalada de mejillones la hizo la matriarca sabia. Hay un gentío de una muchachera; crecieron y nacieron en Costa Rica. Somos del pueblo de Maturín, Monagas, del oriente petrolero, gasífero, naturaleza única con un minivolcán y playas únicas, río, comidas, tierras de las Juanas Avanzadoras.

La tierna abuelita me abraza y dice: "Te queremos, Rosita", y con la bella Sandrita le cuento y ruego que abrace a mi familia monaguense y que muy pronto regrese; le vuelvo a repetir, y me escucho e indico a su hijo que nos tome fotos; nos eterniza. Cómo nos parecemos a las madres y padres, me veo al dar órdenes de padre... Somos instantes, y ya no quiero seguir "coleccionando heridas"; casi en mis penúltimas vueltas retomo vivir sin explicaciones, en soledad conmigo misma, me acepto y es mi naturaleza jugar con las jóvenes, bailar, saltar, sentir y organizar talleres de lectura, pintura de arteterapia. Ya nada sé al canto del amor en mis tuétanos, canto al corazón haciendo el amor una y otra vez, a bailar el cuerpo que no engaña, Hips Don't Lie.

Rosa Anca 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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