Punto y seguimos | El beisbol y el mundo
24/03/2026.- "La ignorancia es atrevida", dice el dicho, y nunca ha estado tan en evidencia como en nuestros tiempos de redes sociales, donde cualquier persona con un dispositivo móvil e internet es capaz de subir contenido sin filtros, datos, verificaciones, contrastes y, sobre todo, sin miedo. La opinión personal, argumentada o no, es la reina del ecosistema de redes. Un gran porcentaje de los videos o posteos que se "viralizan" corresponden a episodios con contenidos polémicos, morbosos o "graciosos", a partir de los cuales se desata una serie de reacciones en cadena (comentarios, reposteos, etc.) que llevan al posicionamiento público de ciertos temas, cortesía de los algoritmos de estas plataformas.
El Clásico Mundial de Beisbol y la coronación de Venezuela en el torneo se posicionaron en redes; en nuestro país, por razones obvias, pero también en los Estados Unidos y el Caribe. Destaca el caso norteamericano no solo porque fueron los organizadores y finalistas, sino porque en el transcurso de la competencia se fue armando una suerte de discusión acerca del enfoque cultural de cada país con respecto al deporte, en el que los norteños no salieron muy bien parados. Mientras la prensa y redes destacaban el color y la alegría de la mayoría de países participantes, muy especialmente los latinoamericanos, los jugadores y público gringos quedaron —en contraste— como aburridos, serios o patriotas, en un sentido militarista y ajeno al sentimiento deportivo. La conclusión en programas de opinión y posteos de influencers y público fue que, pese a ser "su deporte", para otros pueblos la identificación emocional era distinta. Estaba más ligada al goce que al deber. También se dieron cuenta —descubriendo el agua tibia— de que hay un mundo lleno de personas que, además de distintas, podían ser mejores que ellos, en este caso, en un deporte del que se creían los únicos imbatibles.
Para el estadounidense promedio, la Serie Mundial de las Ligas Mayores es mucho más relevante, por ser local, propia, en un ejemplo de miopía global que experimentan de manera estructural en todos los ámbitos. Según un estudio de National Geographic y el Consejo de Relaciones Exteriores, los adultos estadounidenses promedio no contestaron más del 55% en una prueba de 75 preguntas sobre temas globales; menos de la mitad pudo identificar a líderes como Vladímir Putin o Xi Jinping; y apenas un 28% de estudiantes universitarios pudo identificar qué tipo de alianza es la OTAN. Las razones que se esgrimen para explicar el fenómeno van desde la formación educativa, centrada en lo nacional —geografía no es una materia obligatoria en ciclos básicos, por ejemplo—; el uso del inglés como límite en cuanto a que lo consideran "lengua universal", desmereciendo al resto del planeta y su diversidad de lenguas; así como el consumo de medios que dedican a las noticias internacionales una fracción mínima de su programación.
No es de extrañar entonces que, luego del Clásico Mundial, nademos en videos en inglés, hechos por norteamericanos, donde periodistas y analistas se explayan sin ningún temor al ridículo, comentando que Venezuela "no es del tamaño de Rhode Island", que es un país con una liga invernal importante o que por décadas jugadores venezolanos han sido parte de los rosters de sus amados equipos de Grandes Ligas. Están tan centrados en sí mismos que, aun conociendo bien a beisbolistas venezolanos, no hicieron el esfuerzo de estudiar el país del que venían, ni cómo se explicaba el histórico buen beisbol no solo de Venezuela, sino del Caribe en general; y ni hablar del despertar intelectual que les produjo ver que fuera de sus fronteras se juega, se goza y se gana.
Esa sociedad que no tiene la educación formal ni cultural para reconocer al otro como parte de un mismo mundo, más allá de referencias leves, vanas y estereotipadas, es la misma sociedad de la que hoy esperamos que se levante y exija a su propio gobierno detener la guerra y promover la paz en el mundo. Es casi imposible creer que un país cuyo ciudadano promedio piensa en otras naciones como inferiores, lejanas, poco interesantes —o, peor aún, como una amenaza a su seguridad y estatus de potencia—, pueda ser el catalizador ante sus autoridades para evitar el desmadre que ellos mismos encabezan, con sus delirios de grandeza y su xenofobia estructural. Por suerte, como en el beisbol, a veces, aquellos de los que no se sabe ni se espera nada son los que ganan las contiendas.
Mariel Carrillo García
