Letra fría | La Quebradita
21/03/2026.- Es cierto que era un barrio, casi al final de la avenida San Martín, una cuadra después de la Lotería de Caracas y de la Central Madeirense, y unas dos o tres antes del Bloque de Armas, una cadena de medios de comunicación que todavía existe, o sea, que tampoco era "tan, taaan..." y estaba a media cuadra de la avenida —o digamos que una cuadra cortica—, con el Banco Nacional de Descuento en la esquina y, eso sí, un ramillete de bares a cuál, mejor...
Me encantaba uno donde varias veces escuché cantar a Daniel Santos y conversábamos en los intermedios. ¡Un gran tipo! Había un bar de striptease. A ese se lo llevó el Metro. Recuerdo que una noche, regresando a casa con mi difunto hermano Néstor Francia, le dije que nos tomáramos la última cerveza donde las putas desnudas. Él aceptó remolón porque tenía sueño, pero cuando fui a pedir la otra y volteé a buscarlo, había desaparecido. Nada, me tomé las dos y, al llegar a casa, Dilcia me estaba esperando y dijo: "¡Así que andabas de putas!". "Pero bueno, Dilcia, ¿de dónde sacas tú eso?". "El borracho de tu amigote Néstor me lo acaba de contar".
¿Así es la vaina, mardito sapo de mierda? Me fui al cuarto y saqué una 45 que me había dado a guardar Macolla: "¡Ve a ver dónde vas a dormir, hijueputa soplón!", y lo fui persiguiendo por las escaleras. Ja, ja, ja, así eran nuestros cariños de antes. Al día siguiente, nos desternillábamos de la risa en la Escuela. ¡Cuánto te añoro, Néstor, hermano querido!
Hay un cuento buenísimo con el "mesié" (monsieur) Iván Campero, un clochard muy culto que hablaba siete idiomas y era elegante; siempre andaba de chaquetica de flux. Mi casa era como el refugio de los desamparados. Él no era muy asiduo, porque era protegido de una rubia millonaria un poquito entrada en carnes, que lo recibía en su casa. Aun así, cuando le salía un novio de paso: "Adiós, Iván, que te apagaste", y él se iba a La Bajada, mi bar preferido, donde sabía encontrarme y resolver el alojo de la noche. El cuento es simpatiquísimo y hasta tierno, pero tal vez mis apreciaciones no sean las correctas. Lo evaluaremos a la hora de editar el libro. ¡En asunto es que así eran mis madrugadas en San Martín!
Lo importante fue esa sensación de poder comprar un apartamento a los 24 años, que no la podré olvidar. Tener un gajo propio para mi hija y mi querida Dilcia fue muy gratificante, sobre todo pagarlo con mi sueldito de profesor de bachillerato, que no era tan poquito, porque me pude comprar a crédito mi primera nevera en la tienda Sears. Aquello trajo consigo unos cuantos discos que me traía cuando iba a pagar la cuota, porque en ese entonces todo era presencial. Ni soñábamos que con los años vendría una vaina llamada internet, que lo facilitaría todo.
Ese fue un largo periodo de más de diez años... por lo menos catorce... porque, sacando cuentas, yo me mudé en el 77, cuando mi hija Ligeia tenía dos años y yo 24; y cuando nos mudamos a Las Mercedes, ya Ligeia tendría 16; debió ser en el 91. A mí me encantaba mi barrio y, si por mí hubiera sido, todavía estaría viviendo allá. El "portu" de la panadería me fiaba o, para ser preciso, me aceptaba cheques sin fondos, o postdatados, que suena mejor. Los malandros del barrio me respetaban y yo a ellos; había cierta complicidad. Ellos sabían que yo andaba en una vaina y simpatizaban con eso.
Yo era un estudiante de Letras, la mejor profesión de mi vida. ¡Cómo la disfruté! Sin embargo, con el tiempo me tocó graduarme, aunque antes ocurrió lo de Blades y Palmieri, y me fui adueñando de las páginas centrales de El Diario de Caracas, que era la vanguardia periodística de la época. Eso fue en los ochenta. Por ahí vino la época de jefe de prensa de Fundarte, cuando Pablo Antillano me paró del suelo prácticamente... pero ese cuento vendrá después, porque ya estaba coordinando el Proyecto Cultural Mavesa, que levantó la guitarra clásica en este país.
Todo iba muy bien hasta que se le ocurrió al presidente Carlos Andrés Pérez nombrar de ministro de Agricultura a mi jefe, Jonathan Coles, el CEO de Mavesa. Todo viene al caso porque "frentear" las agresivas campañas contra el ministerio por parte de cercanos y adversarios —recordemos que el partido nunca aceptó a los gerentes emergentes— convirtió aquello en sesiones de trabajo hasta las dos, tres y hasta cuatro de la madrugada. Entonces, llegar yo a esas horas en unos carros negros y con unos señores que bajaban calzados hasta que yo entraba a las Residencias Terepaima era un poema. Pasaba frente a los jefes del barrio, diciento: "¡Hola, muchachos!", y ellos respondiendo: "¡Bienvenido a su casa, doltol!", ja, ja, ja.
Una noche cambiaron las señales. Yo le había regalado un carro a Dilcia. Una noche lo dejó afuera y le robaron algo de la maleta. Ella, detective al fin, descubrió que había sido Cachirulo, el malandro del edificio. Le dije: "¡Deja ese peo así! ¡Lo que pasó, pasó, Dilcia. Te tumbaron y ya! ¡Pasa la página!". ¡Qué va! A ella, o le devolvían su vaina, o seguiría en campaña. Una madrugada, tipo tres, coincidí con el Cachi en el ascensor. Iba oliendo una bombona de gasolina y me dijo: "Mire, doctorcito, dígale a su mujer que si sigue con la lírica de que yo le abrí la maleta de su carro, lo van a pagar muy caro. Esta misma gasolina se las riego por debajo de la puerta y le prendo un fósforo para que se quemen toditos".
Dilcia tenía tiempo pidiendo mudanza y yo ni pendiente: "¿Cuál es el apartamento del que me hablaste en Las Mercedes?... Sí, ese, en la avenida Veracruz. ¡Alquílalo, que nos vamos!".
Humberto Márquez
