Rostro de mujer | El refugio artesanal en las alturas de Petare
21/03/2026.- Venezuela se ha tejido, hilo a hilo, con las historias de quienes llegaron de lejos. Históricamente, este país se caracterizó por ser un puerto de puertas abiertas, un abrazo cálido para infinidad de extranjeros que buscaban refugio, paz o fortuna. En sus costas, la promesa de una vida nueva se hizo realidad para miles de hombres y mujeres que trajeron consigo poco equipaje, pero una voluntad inquebrantable. Entre maletas de madera y acentos diversos, llegaron hijos de todas las latitudes, especialmente de una España que veía en el Caribe el renacer de sus sueños.
En esa estirpe de navegantes hay nombres que son destinos y hombres que ven joyas donde otros solo distinguen agua. Alfonso Santiago, el padre de Mar Ir Sol Santiago Fontán, fue uno de ellos. Inmigrante gallego, carpintero de oficio y soñador de vocación, cruzó el océano en un barco que buscaba futuro. Al avistar las costas venezolanas, el impacto de la luz tropical sobre el Caribe lo dejó mudo: decía que este país tenía "lentejuelas bordadas en las olas". Fue en ese destello donde nació el nombre de su única hija, una mujer que hoy, décadas después, sigue honrando aquel asombro y encontrando luz en medio de las sombras.
La niñez de Mar Ir Sol fue un refugio de creatividad. Creció en un hogar donde el serrín de la carpintería de Alfonso se mezclaba con los retazos de tela de su madre, Amelia, también española y costurera de manos prodigiosas. "Fui consentida", confiesa con una sonrisa que evoca los relatos de la España lejana y el amor absoluto de sus padres. Pero no fue una burbuja de aislamiento; su progenitor, siempre atento al pulso del mundo, le sembró la curiosidad por lo que ocurría más allá de las cuatro paredes de casa.
A los nueve años, un regalo marcó su destino: una máquina de escribir Olivetti y un manual de mecanografía. "Primero la tarea, luego la máquina". Aquel artefacto fue la semilla de su carrera como administradora, profesión que ejerció con orgullo hasta 2008 en la Escuela de Bioanálisis, donde laboró con mística, entrega y profesionalismo.
En su encuentro con el equipo de Rostro de mujer, expresó que su juventud no fue lineal. Le tocó despertar en la efervescencia de los años 60, una época de ruptura. Entre el movimiento hippie, el amor libre y la consigna de "atreverse a todo", transitó por sectores populares donde la política no era teoría, sino vivencia pura. Esa herencia de lucha se tradujo en los nombres de sus hijos: Inti, el sol que todo lo ilumina, y Livia, un homenaje a la heroína Livia Gouverneur. "Quería que mi hija fuera como ella: valiente y decidida", afirma, al recordar lo difícil que era para las mujeres de antaño conquistar una voz política y profesional.
Hoy, nuestra entrevistada vive un momento de plenitud. Como pieza fundamental del Consejo Comunal Loma Alta, en Petare, ha convertido la cultura en una herramienta de sanación. Desde hace tres años lidera talleres artesanales que funcionan como catarsis y refugio. Frente a la soledad que ha dejado la migración en muchos hogares, ha organizado espacios de convivencia y salud, incluyendo sesiones de bailoterapia que devuelven la sonrisa a quienes sienten el "nido vacío".
Para ella, la tristeza es una espiral peligrosa, pero tiene el antídoto perfecto: su gente y la música. Como integrante del grupo musical Los Vecinos, entona melodías venezolanas y latinoamericanas, reafirmando que compartir el sentimiento es la mejor forma de crecer.
A pesar de su optimismo, no olvida las cicatrices. El dolor ajeno le quiebra la voz; recuerda con nitidez la tragedia de la vaguada de Vargas, un evento que la marcó al presenciar la fragilidad humana. Sin embargo, su filosofía es la de la victoria diaria: "Estoy venciendo", asegura.
Su legado no es material; es la enseñanza de que la diferencia nos enriquece y que el amor, la justicia y la solidaridad nos hacen verdaderamente grandes. Se sueña en cinco años más delgada, con sus talleres a tope y, si Dios lo permite, con sus hijos de regreso en casa.
Mientras tanto, sigue regalando herramientas de esperanza, recordándole a la comunidad de Petare que, mientras haya vida, hay que salir a la calle y compartir. Porque, al final del día, Mar Ir Sol sigue siendo aquella niña que aprendió de sus padres españoles que, incluso en las peores tempestades, el sol siempre encuentra la forma de sacar lentejuelas al mar.

Hija de la inmigración, madre de la esperanza
Nirman García Berbeo
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