Aquí les cuento | Rock and roll (3)

 

 Somos campeones mundiales

 de béisbol.

También campeones mundiales

 de dignidad.

Gringos, regrésennos a Cilia y a Nico

              para celebrar nuestras bien ganadas victorias.

 

20/03/2026.- En las cuadras, empezaron a extrañar a Rock and roll. No apareció más durante un par de meses. Y se dieron las conversaciones, los comentarios entre los trabajadores a los que les adjudicaron destinos y cambios de estatus. Claro, la cantidad de millones que había recibido era para cambiar definitivamente de condición.

Corría el mes de octubre de mil novecientos ochenta y seis, cuando al fin apareció Rock and roll en la tribuna A de La Rinconada, acompañado de una vistosa dama, de unos treinta años de edad. Portadora de una figura que hacía palidecer a los ejemplares femeninos que apacentaban en las caballerizas, esperando su turno para lanzarse a la fama.

Mosca Verde, quien pasaba por la tribuna, logró identificarlo, vestido elegantemente, degustando una piña colada servida por las anfitrionas del hipódromo.

El nuevo rico reconoció al caballericero y se le acercó, saludándole amablemente:

—¡Mosca! ¿Cómo están los otros panas? ¡Diles que esta tarde pasaré por allá a saludarlos!

En efecto. Eran las seis de la tarde cuando Rock and roll llegó a la caballeriza flanqueado por su joven acompañante, a quien presentó como Yuleisy.

Todos los caballerizos y aprendices lo saludaban con mucho cariño. Hasta los capataces, quienes le habían prohibido merodear por la zona de las caballerizas, se acercaron a compadrearlo y recibir de parte del viejo conocido los regalos, en efectivo, que repartiera generosamente entre los presentes.

No abrigaba rencor alguno nuestro personaje. La capacidad de perdonar era evidente en su corazón.

El cabezón Petare, quien era secretario general del sindicato de caballerizos de La Rinconada, se le acercó y con su cara bien lavada le expresó, entre otras discursidades: —¡Mira, mi pana Rock, a ti te despidieron injustamente del trabajo, tan solo porque te tenían envidia y no quisieron reconocerte tus derechos de trabajador! ¡Nosotros haremos todo lo posible para que te paguen tus sueldos caídos y puedas volver al trabajo! ¡Ya sabes que entre nosotros eres muy apreciado y nos complacería tenerte de nuevo en el grupo de caballerizos! ¿Verdad, muchachos?

Los asistentes cruzaron miradas de sorpresa ante el discurso del cabezón. Quienes lo conocían sabían que él nunca había litigado una reivindicación para los obreros, sino al contrario, se había puesto siempre del lado de los patronos, como servil esquirol de los intereses colectivos.

Además, estaba claro que Rock and roll no necesitaría reengancharse en un puesto de obrero estando en posesión de una gran fortuna que el azar le había deparado; claro está, con la ayuda de los compañeros y amigos, quienes le ayudaron a reunir los ocho bolívares que pagó para sellar el único cuadro ganador de aquel domingo, distante ya unos siete meses.

—¡Les presento a mi novia Yuleisy! ¡Ella es mi prometida y ya hemos realizado todos los planes para casarnos como debe ser!

La bienvenida joven era de un metro ochenta de estatura, de piel blanca y cabello rubio. Unas enormes pestañas y el rostro maquillado cual muñeca de porcelana china. Ella no hablaba casi; se limitaba a sonreír, exhibiendo su sana dentadura de grandes incisivos que semejaban, junto a sus piernas, las ancas y alzada de una yegua cuarto de milla, bien cuidada para la carrera.

—¡MI Yule me lo hace todo! —exclamó Rock and roll—. ¡Y no permite que maneje el Sierra blanco que compré la semana pasada, hasta que no aprenda a conducir y saque la licencia!

El viejo Máximo, a quien apodaban Guaribe, llamó a Mosca Verde para que buscara, prestadas entre los caballerizos, algunas tacitas y pocillos para servir café.

Compartieron un par de horas esa tarde y con muchas anécdotas y recuerdos de las experiencias vividas en el duro trabajo del caballerizo se despidieron del grupo, luego de entregar a cada uno de los viejos compañeros una generosa cantidad de dinero para que se hicieran de un buen mercado y llevaran a sus casas, donde seguro les estaría esperando la familia, siempre menesterosa…

Fue alegre la despedida…

—¡Esos carros no sirven para un carajo! —exclamó La Loba!

Esa expresión se hizo colectiva en Caracas durante, al menos, la mitad de la década de los ochenta del siglo pasado. Pero la Ford Motors Company le había hecho tanta propaganda al carrito ese, que la gente soñaba y deliraba por tener uno. Y si era blanco, mejor.

Había transcurrido apenas una semana desde la visita del afortunado ganador del cuadro único, y ya, con la imagen de la cédula recién adquirida por Rock and roll, se ilustraba la trágica noticia de un fatal accidente, ocurrido la madrugada del sábado 28 de septiembre, a la altura del túnel La Cabrera de la Autopista Regional del Centro.

Al parecer, el conductor, ebrio, se había quedado dormido y chocó de frente contra la fachada este del túnel, descansando eternamente con el arrullo de la música, que no cesaba de sonar en el reproductor KP 2000 de cassettes TDK, que dejaba escuchar el repertorio de heavy metal del grupo Kiss.

Lo único que quedó intacto luego del impacto fue el parabrisas trasero del Sierra, donde un curioso artista había dibujado un jinete, como el que ilustraba la portada de la Gaceta hípica, y desplegado el sustantivo que la vida le endosara a aquel hombre que pasó más de la mitad de sus años entre caballos y sueños: Rock and roll…

Aquiles Silva

 

 

 

 

 

 


Noticias Relacionadas