Vitrina de nimiedades | Inmersión en el "final feliz"

14/03/2026.- Las telenovelas son sinónimo de rito, de encuentro en torno a una historia donde las cosas terminan como se desea. Hace treinta o cuarenta años, se reconocía la intención cohesionadora de ese producto audiovisual. Cabrujas, amado y odiado, planteaba como horizonte de los dramáticos "crearle a la gente un sentimiento de identidad", pues, según él, "la telenovela, en realidad, no enseña nada". Historias y arquetipos se funden para fortalecer, como si la fe fuera un ejercicio de ver en la ficción lo que se espera en la realidad, esa apuesta por el destino perfecto, al que deberíamos aspirar si se acepta ser eso que llaman "gente de bien". Hoy, cuando los algoritmos parecen domar el espacio público, la apuesta sigue siendo la misma, compartida por distintas generaciones. ¿Lo ritual? Sin duda, cambió.

Más allá de los clichés o historias tipo que replican, nuestros usos y costumbres en torno a la telenovela están relacionados con la transformación tecnológica de los medios de comunicación. Del célebre furor de la radionovela al consumo por streaming es posible trazar esa línea evolutiva. En todas esas etapas se identifican hábitos compartidos: reunirse para ver el capítulo, comentarlo con el vecino, construir posibles desenlaces y esperar el final feliz, pase lo que pase.

De todas las costumbres creadas en torno a la telenovela, el uso del tiempo es, quizás, el que mayores transformaciones ha vivido. En épocas donde estábamos atados a los horarios de la TV tradicional, una buena trama podía detener la productividad de una empresa (de eso bien saben los seguidores de la versión original de Betty, la fea) y, a veces, ser una exótica arma geopolítica para intentar pausar las confrontaciones. En los registros de prensa quedó el fenómeno de Kassandra, una historia venezolana transmitida en la década de 1990, supuestamente usada para apaciguar los ánimos durante la guerra en Bosnia.

La historia de Delia Fiallo, referente del drama para varias generaciones, desde boomers hasta millennials, también refleja el papel político de las historias de amor y desencuentro contadas desde hace décadas. En Venezuela, tenemos el recuerdo de Por estas calles y otros intentos por mezclar con el amor las confrontaciones y pugnas de nuestra sociedad, mismos argumentos usados para explicar la caída de la producción dramática en nuestro país, considerado alguna vez un referente en la materia. Aunque venda fantasía, también es un negocio en nada ajeno a los devaneos del mundo real y sus avances, en especial con el cambio radical en el acceso a productos vía streaming. Aquello que antes se veía a cuentagotas, hoy puede disfrutarse en un fin de semana, no importa si es una historia producida hace treinta años o un drama de 2025.

La telenovela, esa que no pretende enseñarnos nada, en apariencias, se erige como catalizador emocional ante el cual difícilmente se pueda ser indiferente. Por algo intelectuales como Carlos Monsiváis dedicaron tiempo a comprender asuntos como el melodrama. Por algo, hoy, con sus mutaciones en formatos y plataformas, con historias procedentes de Turquía o de Corea del Sur, sigue estimulando las prácticas rituales, que involucran ahora a la generación Z. El drama se consume donde sea posible, con cualquier pantalla, casi siempre en soledad.

Por ahí me pasaron un reel de un k-drama. Quizás caiga también en la tentación. Es el final esperado, el final feliz.

 

Rosa E. Pellegrino


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