Letra fría | ¡Por fin, Caracas!

13/03/2026.- Del forcejeo económico con mi padre por no quedarme en Maracaibo, no vale la pena entrar en detalles, que tampoco es que fue un drama, simplemente dije: me voy y me vine; después se las arreglaba para enviarme algo de dinero con Adelsito, hijo de su compadre Parra y buen amigo mío que estudiaba en la UCV, creo que Estudios Internacionales, que fue, por cierto, quien me consiguió la beca llegandito.

Caracas siempre ha sido pródiga conmigo; no habría sido fácil de no ser así, venir de vivir en la abundancia en Bogotá entre los 17 y los 20, a vivir de una beca de 600 bolívares, y de un apartamento de dos pisos a unas residencias estudiantiles. No era nada fácil; sin embargo, muy pronto la vida se alegró y me puso las pilas cuando Dilcia me contó que estaba embarazada y había que buscar trabajo, a como diera lugar, para mudarnos juntos y esperar el parto. Afortunadamente, mi querida prima hermana Marlene Mujica, más hermana que prima, me consiguió unas horas en bachillerato. Ahora que recuerdo, también di clases en primaria, pero no me pregunten dónde ni cómo; me suena alguna escuela en Coche, aunque fueron varias; creo que eran como suplencias, pero, de pana, que no recuerdo nada. Del liceo José María Vargas de La Guaira, en realidad Maiquetía, sí me acuerdo porque fueron 5 años de madrugar, pero me encantaba; aparte de que el motivo era muy inspirador, ser padre, que siempre fue una ilusión, al hacerse realidad en mi maravillosa hija Ligeia, ya eso fue otro nivel.

Los profesores adecos y copeyanos, que se turnaban los puestos directivos, me dejaban las peores secciones y materias, aunque yo no me daba mucha bandera, pero, por la cara, el pelo y los libros, sabían que yo era de izquierda; pero debí llegar muy palanqueado porque nunca se quejaron ni intentaron botarme. A pesar de que yo me camuflaba en un libraco: Venezuela, política y petróleo de Rómulo Betancourt, pero eso no me lo creía nadie, ¡y cómo pesaba esa mierda! ¡Eso sí! Me dejaban lo peorcito; en vez de Literatura, me tocó Historia y Geografía de Venezuela; la que me gustaba era Psicología; hasta clases de Moral y Cívica me pusieron a dar. ¡Habrase visto! Lo que sí recuerdo es que negocié que yo aceptaba lo que ellos dijeran, pero que me concentraran el horario de martes a jueves entre las 7 de la mañana hasta el mediodía. Y así fue, lo que me permitía tener todas las tardes libres para el activismo político en el Frente Cultural de Letras.

Nos metimos a vivir en una azotea de Sabana Grande; eran dos cuartos que construyó una pareja portuguesa en su casa y los alquilaron a Dilcia, conmigo, y el otro a Tatiana, una bella meretriz que trabajaba por ahí cerca. Más de una vez llegamos a las 5 de la madrugada y nos sentábamos a conversar hasta que Dilcia nos hacía café, o a veces nos cruzábamos cuando yo iba saliendo a dar clases en el liceo. Esos días fueron bonitos. En las vacaciones de fin de año del 74, ya armando el regreso a Caracas, un día me convocaron a la casa de mis suegros en La Trinidad y, cuando llegué, aparte de mis padres y otros familiares, estaba el jefe civil y nos casó el 5 de enero de 1975. Yo feliz, ya Dilcia tenía 4 meses en estado y con el acta matrimonial la podía inscribir en el servicio médico del Ipasme, para hacerle seguimiento al embarazo, como realmente ocurrió. También había que pensar en buscar otra vivienda porque al nacer Ligeia —así se llamó por un cuento de Edgar Allan Poe que hacía delirar a mi profesor Giovanni Quessep en la Javeriana—. Lo que no recuerdo es si hubo otra residencia antes de mudarnos a Los Ruices, a un apartamento que nos alquiló un enamorado de Marlene, la misma prima que también estuvo conmigo durante el parto en el Hospital Clínico Universitario el 25 de mayo del 75.

Total, que cuando nació vivíamos en el piso 17 del edificio Taguanes II en Los Ruices. Por cierto que nuestro vecino era Carlos Olivier, el actor de televisión. Allí vivimos un tiempo hasta que compramos un apartamento en el bloque uno de La Quebradita, en San Martín, que nos adjudicó el Inavi, gracias a los buenos oficios de mi suegro Pedro Barazarte y de papá. Viviendo allí, nació Marcel, aunque ciertamente vino al mundo en el Hospital Central de Maracaibo en el 78, y Vicente creo que nació cuando ya nos mudamos a Las Mercedes, o pudo haber sido en los últimos días de La Quebradita. Lo cierto es que ese apartamento era la concha preferida de los ñángaras porque siempre había caña y muy buena comida.

De las cosas inolvidables, la parrilla argentina en el Tropical Room cuando cobraba la beca, las sopas en El Mosquero, esos restaurancitos detrás del mercado al lado del puerto de La Guaira, bueno, y, por supuesto, los pescados y mariscos que compraba en el mercado para la casa. Un personaje que iba mucho a La Quebradita y se aparecía con unos pargos inmensos y buena caña era Luis Pimentel, un primo querido, amigo desde la infancia. Bueno, y las guajiras que trabajaban en la casa, que eran un vacilón; por ahí pasaba también Macolla, no Magolla; el que sí pasó fue el último de los Bottini Marín, que no sé si aún vive. En fin, eso parecía una casa de fiesta: los poetas Álvaro Montero, Orlando Pichardo, Tito Núñez; los pintores Paco Hung, Queipo, Cepeda, Peña y, como decía, los ñángaras del PRV-Ruptura, cuando había acuartelamiento. Era muy seguro porque muchos de los adjudicados eran militares; incluso había un escolta del presidente Pérez, amigo, a través de María, que era la secretaria de CAP.

Johnny se llamaba y me vacilaba con que, mientras fueran puros estudiantes los visitantes, no había problema, pero que ellos sabían. Jeje.

¡Es todo por hoy!

Humberto Márquez 

 

 

 

 

 

 

 


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