Aquí les cuento | Rock and roll (II)

No cesa la maldad asesina de los sueños. El dios blanco decide quién ha de sobrevivir, y hay quien celebre la carnicería.

A Cilia y Nico los queremos de vuelta. ¡Gringos, no se hagan los pendejos!

 

13/03/2026.- Nadie puede negar que con una buena friega de Las Llaves con estropajo, cualquiera cambia. Fíjate el greñero que posó el afortunado en el sillón de la peluquería unisex donde eligió darse un toquecito de look, ya que corría el riesgo de que no lo dejaran entrar en las tascas de La Candelaria o en los restaurantes de Sabana Grande, donde, en esa época, aún los perniles que colgaban sobre la barra no eran de plástico.

Al fin, después de un par de meses, luego de comprometer el pago para que le agilizaran la cédula, logró la chequera.

Ese viernes alquiló un microbús para llevarse a todos los sin nada, los mismos de la lata de sopa de la avenida, hasta Pepeganga, donde les compró chores y chancletas Aloa a cada uno.

Luego ordenó detenerse en el Maxy's de Bello Monte para comprar unas sombrillas playeras y un par de cavas Coleman de las grandes, de esas que reciben unas seis cajas de potes en cada carga, y después pasar por la plaza Sucre, donde estaban las chamas todoterreno, que aceptaron el reto y los cinco marrones de propina por echarse el viajecito a Camurí Chico.

A eso de las diez, ya habían pasado por el Boquerón I, y el grupo, que sería de treinta entre machos y hembras, bajó por la avenida Soublette, rumbo a Macuto.

Al pasar por La Guaira, justamente frente al Diamante, les atrajo la atención los murales de Cruz Diez, que cumplían diez años en el paredón del portuario, y los verticales pintados en los silos graneleros del puerto, que quedan cerca de la Casa Guipuzcoana, y el almacén Libertador, que permanecía hasta los tequeteques lleno de whisky y champaña.

Desde que llegaron, se lanzaron al agua. Saliendo a eso de las once a retozar en las sillas alquiladas que aseguraron temprano.

La mayoría de las panas que acompañaban a Rock and Roll, al salir del agua, mostraron un aspecto totalmente diferente. No eran andrajosos, ni viejos siquiera, sino puros jóvenes tirados a la calle por la vida.

Las cervezas estaban a discreción; también las ostras, ofrecidas por cinco vendedores, y las vinagretas de rompecolchón, levantamuerto y paralobueno. Todo lo comían. Había que estar fuertes para lo que vendría...

Ya estaban aseguradas las entradas para el gran fiestón que tendrían en Las Terrazas de Camurí Chico esa noche con la Dimensión Latina, en la que Oscar D'León cantaba y tocaba el bajo. Además, de invitados para que no cesara la cuestión, estaba el conjunto del 23 de Enero: el Sexteto Juventud.

—Chamo, pero no tenemos pinta para esa fiesta…

—¡Qué más pinta que esos bermudas hawaianos que los que nos quedan son de pinga, para darnos ese bailecito con las jevas que lo que están es cachesabrosas!

Era verdad, las chamas tenían carne joven y bien distribuida. Al momento de entrarle al baile, lo hacían con todo el Caribe y África juntos en los rostros y las extremidades. Todo era movimiento y cadencia.

—¿Cómo te llamas?

—A mí me dicen el Pifa. Ahora, yo no tengo idea de qué quiere decir ese apodo...

—Me dicen que, para el tercer set, una vez que el Oscar cante el Parampampán, vendrá un chamo bachaquito que canta boleros con la Dimensión y que llaman Gladimir. A ese le ronca el gañote, y sabroso. Mira que allá en el mercado lo ponen algunos en sus carros.

—¡No, chico! El nombre es Bladimil y canta a dúo con Oscar D`León...

—¡Ah, bueno!

—Ya sabrás que los boleros se bailan abrazaditos, ¡y tú apenas me has visto hoy por primera vez!

—Bueno, ¿y qué tiene eso que ver? Ya tengo en la cartera mis cinco marrones, y el amigo tuyo, el que alquiló el micro, dijo que si nos portábanos bien, nos daría otras tres tablas de regreso. Y pensar que la última vez que trabajé por allá por La Florida, me pagaban esa cantidad por un mes de trabajo limpiando casa, recogiendo la cosa esa que botan los perros y planchando ropa. ¡Joder, mira que me sacaban la sangre por tan poca plata! ¡Y aquí estoy contigo, ya dándole a la salsita! Si el rompecolchón me hace efecto, vamos a ver quién resulta merecedor de una nueva pachanga…

Los quince de la pachanga amanecieron en la arena, abrazados cada uno con su chencha. Después de las nueve de la mañana, todos abordaron el chárter bus, tomaron rumbo a Naiguatá, pasaron vía Carmen de Uria y se estacionaron en El Rey del Pescado.

Ahí, los treinta y uno, porque el conductor también participó de la feria, comieron hasta hartarse. Aquellos enormes pescados, en bandejas plenas de parrillas de mar y tierra, desfilaban ante sus ojos, acompañados por el rumor de las olas de un mar calmo que se extendía cual espejo hasta el horizonte. Las cervezas frías eran servidas en la mesa.

Rock and Roll pagó la cuenta y enfilaron rumbo a Caracas.

—Por favor —ordenó al conductor—, párate en Caribe para equipar las Coleman con unas cajas de pote.

—¡Entendido! —contestó el chofer, y encendió el KP-2000, que dejó escapar por sus cornetas triaxiales aquella canción que quedó grabada en sus cabezas la noche anterior: "Bajo, bajo, bajo tu manto de estrellas, quiero vivir y soñar, mamá...".

De los treinta y un ocupantes del bus, al menos veinte repetían en coro: "Taboga, Taboga mía, ya no te puedo olvidar".

 

Aquiles Silva


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