Pluma acústica | Faustino Oramas: el rey del doble sentido y la...

picardía guarachera

 

12/03/2026.- Para hablar de Faustino Oramas, “El Guayabero”, hay que dejar de lado las formalidades acartonadas. Hablar de este señor es hablar de la columna vertebral de la picardía caribeña, ese tumbaíto que hace reír mientras se echa un pie. Faustino no fue solo un músico, fue un cronista de la malicia sana, un tipo que elevó el doble sentido a la categoría de Bellas Artes.

Nacido en Holguín, Cuba, allá por 1911, Faustino no necesitó de conservatorios pomposos para entender el código de la guaracha, un género musical de la isla que se caracteriza por la utilización del doble sentido en sus letras. Su escuela fue el tres cubano, ese instrumento que suena a tierra seca y a fiesta de pueblo. Desde chamo se dio cuenta de que la música no solo servía para bailar, sino para echar un cuento, en su caso, repleto de ironía y picardía.

La obra de Oramas no puede entenderse sin su contexto geográfico. El oriente cubano es la cuna de la guaracha y, sobre todo, del son, y Faustino bebió de esa fuente primaria. Comenzó a foguearse en el arte de la improvisación con el septeto La Tropical, al cual se integró siendo apenas un puberto. Esta experiencia fue el primer paso para trascender de ser un simple sonero a convertirse en el último gran juglar de la tradición oral antillana.

Su apodo, “El Guayabero”, nació de una anécdota que parece sacada de una comedia de enredos: supuestamente, en un pueblo llamado Guayabero, una mujer a la que cortejaba lo pilló en una situación comprometedora con otra y él, con la agilidad mental que lo caracterizaba, compuso la canción En Guayabero para salir del embrollo: “... en Guayabero, mamá, me quieren dar…”. Así era Faustino, convertía el chalequeo y la metida de pata en un éxito musical.

Pero más allá de la música, la calidad literaria de Oramas lo llevó a ser Miembro de Mérito de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, además de merecerle el Premio Nacional de Humor de Cuba, el Premio Memoria Viva y la réplica del Hacha de Holguín, entre otras distinciones.

Una cátedra de “chinazo” elegante

En Venezuela somos expertos en el “chinazo”, esa frase a la que se le busca la doble intención perfecta para el chaleco, pero Faustino era el papá de los helados en esa materia. Sus letras son un ejercicio de inteligencia. Nunca decía nada vulgar. La vulgaridad está en el oído de quien la escucha, no en la voz del Guayabero.

Sus composiciones hablan sobre situaciones cotidianas o encuentros casuales que, a través de la rima y la pausa dramática, sugieren interpretaciones eróticas o divertidas sin pronunciar una sola grosería.

Su guaracha era cadenciosa, perfecta para el bailador que disfruta el paso de lado a lado, sin afincarse mucho, pero con swing. Canciones como: Marieta, Cuidao con el perro o Cómo baila la suegra, son piezas del cancionero popular cubano que todavía hoy, en pleno 2026, le sacuden el esqueleto a cualquiera a punta de baile y risa. A diferencia de otros géneros o artistas que recurren a la literalidad, la obra de Faustino exige una complicidad activa del oyente.

Musicalmente, el Guayabero mantuvo una fidelidad inquebrantable a los formatos tradicionales. Su manejo del tres cubano no buscaba la explosión técnica de los virtuosos de la timba cubana moderna, sino la eficacia del montuno rítmico. Pero más allá de eso, su tumbao era complejo, para cada tema tenía uno distinto. Su voz, aguardentosa y conversada, se alejaba de los estándares de los grandes cantantes que sonaban en la radio, para instalarse en la esencia del trovador de plaza.

Un patrimonio cultural del Caribe

Lo más brutal de Faustino es que se mantuvo activo casi hasta los cien años. El tipo era un roble. No se dejó pasar por encima por las modas del momento; mientras el mundo se volvía loco con la salsa y con los sintetizadores, él seguía dándole duro a las cuerdas y a la lengua con la misma chispa de siempre.

A pesar de que el éxito internacional le llegó tarde (impulsado en parte por el fenómeno del Buena Vista Social Club, aunque ya el era una leyenda en la isla) su música nunca perdió el sabor a monte adentro. Pese a haber grabado, al menos, cuatro álbumes, El Guayabero no cantaba para vender discos, cantaba para el pueblo que se congregaba a escucharlo en la Casa de la Trova de Holguín.

Mantuvo viva la Guaracha, una de las variantes más puras y menos comercializada de la música cubana. Elevó el género festivo a un nivel de ingenio literario comparable a la décima espinela. Su estilo influyó no solo a músicos, sino a comediantes y escritores que vieron en su “chalequeo elegante” la esencia del espíritu cubano.

Faustino Oramas fue, en términos actuales, un influencer de la cultura oral. Logró que la guaracha no fuese solo un género musical, sino un estilo de vida basado en la observación, la ironía y el sabor. Partió al cielo el 27 de marzo de 2007, llevándose consigo una era de la música cubana donde la astucia verbal era tan importante como la clave.

El Guayabero fue, en último término, el cronista de una Cuba profunda. A través de sus historias, Faustino logró que lo local se volviera universal, demostrando que la risa es, quizás, la forma más seria de entender la historia de un pueblo.

Para nosotros, los herederos de esa cultura caribeña, Faustino Oramas representa la resiliencia del humor. En un mundo que a veces se pone muy serio o muy políticamente correcto, su herencia nos recuerda que la risa y el baile son herramientas de supervivencia.

 

Kike Gavilán


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