Letra fría | La llegada a Caracas
07/03/2026.- Para ir cerrando la nostalgia de aquellos maravillosos días, no olvidaré nunca una tarde en la que, borrachos, le dije a Marcel Lemaitre, en su casa de Cartagena: "¡Vámonos a Maracaibo!". "¿Y cómo?", preguntó él. Como si no fuera conmigo, solo respondí: "¡Yéndonos!". "Ajá, llave, ¿y el pasaporte?". "No te preocupes por pendejadas, que papá resuelve todo". Así fue, llegamos a la frontera y mi padre nos esperaba. Cuando vio el conflicto, lo resolvió rapidito. Solo recuerdo la sonrisa del guardia nacional dándole palmaditas y el "adelante, señor Márquez". Estuve esperando los detalles de Marcel, pero hay viejos que se paran tarde...
Bueno, el cuento es que le devolví a Marcel sus atenciones en Cartagena con las mías en Maracaibo, y no las extendimos a Caracas porque ya era como mucho riesgo seguir sin papeles. Andar en la carretera ya era otra cosa. Se perdió un viaje maravilloso a Caracas en el Cadillac descapotable de don José Higuera Miranda, que se lo prestó a Alejandro para pasearnos a mí y a Domingo Marino. Al parecer, había que hacerle algo al carro en Caracas, y nosotros fuimos la excusa. Hoy me entero bien de que don José tenía que venir a Caracas y necesitaba su carro en la capital. Alejandro, presto, debió ofrecerse como caravanero, con nosotros de copilotos, je, je…
La tía Chata, esposa de Domingo Mariani, nos prestó su casa en Caraballeda, una casa de playa con todos los juguetes y, por supuesto, una piscina descomunal. De pana que todo parecía un sueño. Aquí es donde hace falta Earle Herrera para decirle a Roberto Malaver, como solía hacerlo: "¡Qué imaginación la de Humberto!".
Por eso es que me aventuro a escribir estas memorias, que son una especie de película de ficción con pedazos de realidad. Debió ser algo así como de las últimas vacaciones antes de venirnos definitivamente a Venezuela, cuando vino la otra cara de la luna... Cuánto me costó convencer a papá de que yo no perfilaba como asistente del presidente de un banco, por más fluxes que me hiciera su cuñado Andrés Villasmil, que tenía una sastrería. Lo único que lamenté fue no haber aceptado la oferta del primo Alfredito de estudiar Letras en la Universidad del Zulia. Igual me hice amigo después de todos ellos, pero perdí la oportunidad de recibir clases de Enrique Arenas o de mi pana Cósimo Mandrillo, o hasta de ser profesor y compartir aulas con mi pana Cheo González, mi hermano querido Blas Perozo Naveda y hasta, tal vez, con mi querida amiga Milagros Socorro, quien también debió dar clases en esa exquisita universidad. Sin que uno lo sepa, los caminos ya están trazados y uno lo que hace es andarlos...
El mío se llamaba Caracas y mi adorada UCV, la Universidad Central de Venezuela. Esa fue otra, ¡la cantidad de encrucijadas que se me plantearon en la vida y cómo me tocó tomar decisiones a la cañona! Es probable que estas no hayan sido las adecuadas, pero fueron las mías. Una duda que me quedó fue no haber aceptado lo de ingeniería láctea en Estados Unidos, pero yo no me veía ingeniero. Aunque era un lince en matemáticas, no me gustaba esa fiebre de mis amigos por la ingeniería. De hecho, un 80% o más de nuestra Promoción Gonzaga 70 lo son. Yo quería ser cura o psicólogo, o las dos, como mi hermano jesuita Alex Salom.
Ser ingeniero era otra manera de pensar. Un ingeniero no perdería el tiempo escribiendo estas huevonadas, que seguramente no servirán para nada, pero cómo me entretienen, ¡y hasta feliz me hacen! Je, je. Además, no habría conocido a Dilcia, ni me habría enamorado de ella y tenido mis queridos hijos, nietos, nietas y bisnieta... A lo mejor, estaría jugando golf (¡ay, no! ¡Qué fastidio!). Tampoco los habría conocido a ustedes; ni soñado que Sandra me besó y me metió un mordisco malandro; ni habría sido estudiante de la gloriosa Escuela de Letras de la UCV.
Recuerdo cuando escribíamos Las amazonas (bueno, aunque creo que no duré ni quince días) que uno pensaba que, además de tener la gloria de ser un Garmendia, un Cabrujas o el mismo César, iba a poder ganar una bola de billete. Entonces, me dijeron que me pagarían setenta mil bolívares por tres meses. ¡No joda! ¡Yo ganaba tres veces más vendiendo publicidad en un mes! El cuento era que César Miguel me hablaba del orgullo de poner en el registro de un hotel como profesión la de escritor. Yo recordé mi orgullo cuando escribía en alguna parte "estudiante de Letras". ¡Verga! Yo sí me sentía orgulloso de serlo, tanto que tardé diez años en graduarme. Me justificaba diciendo que era por estar haciendo trabajo político y que por eso la cursé dos veces. Además, estaba haciendo carreras simultáneas en Sociología y Antropología. Eso era mentira, aunque es cierto que yo era un activista político del Frente Cultural de Letras, pero la excusa principal era que siempre me encantó ser estudiante de la carrera. Incluso me gustaba más que ser licenciado, que me parecía una raya, tanto así que no fui a lo de la toga y el birrete y me gradué por la Secretaría.
Ese es otro cuento simpático: el día antes de la graduación, mi Dilcia querida me encasquetó con cariño a mi hijo Marcel como garantía de retorno oportuno, pero, como digo más arriba, los caminos están trazados. En eso llegaron al periódico mis hermanos Alvarito Montero y Orlando Pichardo y nos fuimos a Bello Monte a estrenar la nueva residencia de Tomas Musset en casa del Largo (no recuerdo su nombre), pero, al fragor de los tragos y la salsa, amanecimos. Ahí estuvieron una muchacha margariteña (Clarita, se llamaba) y Marcel con nosotros.
Bueno, imaginemos un despertar tardío. ¡Coño! ¡Marcel! ¡La graduación! ¡Uy, qué pena con Marcelito, de cuatro años, sometido a esas lides intensas! Ja, ja, ja. Seguramente, Álvaro, siempre proveedor, nos dio dinero para el taxi y llegamos a la Secretaría. Por fortuna, nos tocó una jodedora que dijo: "¡Llegó el perdío!" y me dieron mi vaina. Ya en Tierra de Nadie, medio borracho todavía, avisté a un fotógrafo con una camarita de aquellas instantáneas (tampoco recuerdo cómo se llaman) y le pedí que nos tomara la foto con el título. Por ahí debe andar la fotico esa, que era (o es) bella.
Sin embargo, como diría el poeta Valera Mora, hoy no cambio un segundo de mi vida por una bandera roja. Mi vida toda la cambiaría por la cabellera de esa mujer alta y rubia cuando vaya a la Facultad de Farmacia.
¡Que se la lleven los Marceles!
Humberto Márquez
