Aquí les cuento | Rock and Roll (I)
06/03/2026.- Claro. Es difícil expresar cómo se sentía Rock and Roll ante tanto rechazo de la gente que conformó su hábitat durante tantos años en La Rinconada. Se conocía a todos los trabajadores. Hablaba con ellos y metía la mano donde pudiera apoyar. Aun así, la borrachera no lo dejaba ni un día. A veces, en los pocos momentos de sobriedad, se decía que lo iba a dejar, pero eso era una letanía propia del bebedor empedernido, que no tenía ningún vínculo con la realidad. Eso era palo y palo cada día.
La Loba conocía un poco de la vida de Rock and Roll. Mira que hasta sabía el nombre de su pueblo de origen, pero ¿a quién le importaba? No era un personaje de quien valiera la pena ponerse a hablar, a biografiar, por la condición de paria a la que había sido reducido por el metabolismo de la sociedad, con la ayuda de sí mismo.
—¡Ya saben! ¡En esta cuadra no quiero saber que siquiera pasa por aquí el tal Rock and Roll ese! —sentenció, molesto, Eduvigildo Triana, caporal de caballerizos en las cuadras cercanas adonde trabajaban La Loba, Mosca Verde y el viejo Guaribe.
Sin embargo, eso no impedía que los caballericeros compartieran un plato de comida con el hombre venido a menos. Siempre lo apoyaban. Eso sí, le pedían que se moviera, que se marchara pronto a otro espacio, a las tribunas del hipódromo o a los jardines y parques, al Mercado de Coche, a cualquier lado, pero que no merodeara por las cercanías de las cuadras, para evitarse problemas con los patronos.
Ese lunes todo cambió. El diario deportivo Meridiano desplegaba en su portada la fotografía, a todo color, de Tony Armas, aquel piriteño que estaba repartiendo palo en las grandes ligas y que se coronaba como el máximo jonronero de ese año. En un cintillo inferior del Meridiano, anunciaban, en forma de pregunta: "¿Quién será el nuevo millonario que cobrará el único cuadro del 5 y 6?". En las páginas interiores estaba la información de los resultados de las carreras válidas.
Rock and Roll respiraba profundo. Revisaba el cuadro de caballo y, en efecto, todo coincidía con los aciertos que ya sabía. Aun así, era tal su estado de excitación que el corazón le saltaba y casi se le cortaba la respiración.
Pasado el mediodía, cuando caminaba hacia los predios del hipódromo La Rinconada, se preguntaba si sería pertinente decirles a todos lo del cuadro, contarles que había cambiado su suerte. Algo en su interior le aconsejaba ser prudente. Además, tan solo algunos, que le habían colaborado para las botellas de la víspera, tenían conocimiento de que había pegado la línea de Resplandor en la primera válida.
Esa mañana no probó licor, aunque se le veía igual que siempre: medio sarataco.
Observó en la avenida interior que conduce a la tribuna central un florido apamate que dejaba llover sus flores.
—¡Cálmate, Ricardo! —Al menos él se llamaba por su propio nombre. Como guiado por una mano invisible, se recostó del tronco del árbol, reclinando su cabeza en una de las fuertes raíces que lo sostenían.
Empezó a disfrutar de la caída aleatoria y copiosa de las flores, que alfombraban de violeta el espacio sombreado.
Ahí, durmió una siesta, interrumpida por un sueño, de esos que nadie quisiera tener, donde un amigo le agarraba el cuadro ganador y lo usaba para encender los cartones en los que calentaría la lata de verduras que le servían de alimento a quienes viven en la calle. Esos sin casa, esos sin nombre que pululan en las ciudades del progreso.
Al despertar, sobresaltado, hurgó en el bolsillo derecho de la vieja camisa de dril que tenía el nombre de un entrenador fallecido, quien fuera su benefactor, y extrajo el cuadro ganador.
Ahí estaba.
Al abrirlo, miró los óvalos rellenos de los ejemplares elegidos, que sumaban los ocho bolívares del sellado ganador.
Decidió acercarse a la caballeriza, donde su amigo Julio Armas "La Loba" estaba trabajando. Fue recibido con una amplia sonrisa.
—¡Te llenaste! —le dijo—. ¡Acuérdate de mí cuando estés en la gloria!
—¡Préstame un saco! —le solicitó Rock and Roll.
La Loba le entregó un saco vacío, que tenía el emblema de una fábrica de alimento concentrado para equinos, y le brindó una totumita con guarapo clarito, un trozo de queso blanco y medio pan campesino.
El afortunado comió y, con una sonrisa, salió con el saco doblado bajo el sobaco derecho hacia las oficinas de La Rinconada, a hacer efectivo su premio en el Banco de Venezuela que estaba emplazado en los espacios comerciales de la gran tribuna principal.
—¡No, señor! —expresó el gerente—. ¿Cómo se le ocurre? ¡No hay forma ni manera! ¡Además, es una irresponsabilidad de mi parte que yo le entregue esa cantidad de dinero para que usted se la lleve en ese saco! Aquí le abriremos una cuenta corriente, que podrá manejar con una chequera. Tome usted esta hoja con los recaudos necesarios para la apertura de la cuenta...
Entró una hermosa jovencita, vestida de aeromoza, con una humeante jarra de café, dos tazas y muchas galletas Saltines doraditas. Le sirvió al cliente y al amabilísimo gerente de la agencia bancaria.
En esos años aún el dólar se mantenía en cuatro treinta, y el cuadro ganador pagaba algo más de veinte millones de bolívares.
Serían las dos de la tarde cuando Rock and Roll llegó a la sombra de aquel samán de la avenida, donde los convives de siempre mantenían la sopa, siempre caliente y con verduras de todo tipo, recogidas en el Mercado Mayor de Coche.
(Continuará...)
Aquiles Silva
