Palabras | Comunada. 5ta parte y final
05/03/2026.- Una preocupación que no hay que echar de lado ni subestimar por ninguna razón, puesto que sale de un pensamiento sentido tal vez por otros tantos, de la descalza piel, donde se apea de vez en cuando la necesidad de decir. No por eso ajeno a nada ni exento de sospecha, sobre todo porque he sido formado durante toda la vida en el capitalismo, porque si de algo sabemos nosotros es de capitalismo. Razón por la que creo que es justo hasta resospechar de lo que se plantea aquí, y no alarmarse por lo que pueda estar sucediendo. Si de algo pudiese servir, sería para aclararse en esos detalles que resaltan, y que uno quisiera compartir o, en el peor de los casos, enredarnos más, pero con esa premisa que debilita lo que digo, otro es el cantar. Mas no por ello dejaré de escribirlo. Si algún interés hay en ello, es que se entienda primeramente que no se intenta pasar por verdad absoluta. En el fondo, lo que necesitaba, creo yo, sin menospreciar lo que mi pensamiento capitalista inconsciente pudiera querer lograr en el transmensaje, era atraer la atención hacia algo que, seguramente, no sea de importancia extrema o poco importante, y es que tenemos que estar muy ojo avizor, alerta de lo que implica conducir un sueño, sea por la jauría o por el triunfalismo o por pendejos. Y no es agrado morir sopesando el fantasma vital que recorre el planeta, ni tan torpemente inmiscuido en padecer, ver cómo lo perdemos, después de tantos años y manos empujando. Me dicen que vamos bien, otros que no resentimos nada de lo que vivimos en el pasado. Y algunos, que hay que salirse de esta realidad para construir en el porvenir, que al final pudiese ser también esperar el cielo prometido. No obstante, lo que ahora llaman inanimadamente y sin el malestar colectivo de aquel tiempo, la república anterior, la sociedad de la decepción, o el más alto grado de caos transferido en todo su historial a una idea, cuyo sueño revolucionario, a pesar de los pesares, sigue su marcha. Siempre pendiente de la diestra y la siniestra infiltrada, de la espalda y sus recelos, y el incorregible mundo de los adentros, de los que ya no tienen remedio.
Traicionarse a uno mismo siempre será el colmo, esencialmente en creer que no se traiciona nada ni a nadie, y solo es no haber definido sitio leal en este mundo. Como que si no tuviésemos vida en los afectos ni arraigo en el corazón de la tierra donde crecimos, gracias a los otros, esos, los que nos andan buscando para saber dónde estamos en esta lucha.
Si la revolución fuera únicamente como yo la pienso, sería capitalismo. A veces discierno o repienso lo que tal vez algún erudito oficial de la inteligencia o un pobre pobre que no “tiene derecho” a hablar sobre la perversión capitalista, cuando dice que las revoluciones, frente al exagerado poder de la injerencia globalizada, ¿no estarán cumpliendo el objetivo de una válvula de escape ante tanta presión de la plusvalía, ante tanto volver títere este mundo? ¿O serán las revoluciones el peso definitivo sobre el capitalismo y el planeta para que se derrumbe el andamio de la historia, se desplome la ignominia, el condominio del conocimiento y se redistribuya equitativamente el aire puro en los pulmones? O hasta que arenas cansadas den inicio a un nuevo desierto, únicamente con techo azul, y ni sombra de lo que fuimos.
Tal vez sea la tesis en la cual se plantea que solo resurgirá otra vida en otra parte lejana en el tiempo, lejos, muy lejos de nosotros. Uno que ha vivido y sentido casi toda la vida aquí en esta tierra bolivariana, todavía no es nadie para tener el atrevimiento de decirle a una revolución lo que piensa ni qué hacer, como los asesores tarifados, que andan viviendo de las revoluciones. Puesto que si nadie antes, ni científico social, ni premio nobel de ninguna mierda, ni charlatán, ni brujo, ni secta, ni lumbrera alguna, ni enviado de los dioses, ni borracho de botiquín en carretera se le ocurrió pensar que aquí, en este país, el más alienado por el capitalismo, el más transculturizado de este continente, el más vendido y traicionado por oligarquías y presidentes, el del pueblo más empobrecido cultural y económicamente, podía decir, certificar, que aquí podía haber una revolución. ¿Cómo es que ahora todo el mundo sabe cómo debe hacerse? Y mientras el pueblo, que es el que naturalmente padece, empuja la lucha, produce la victoria y la defiende, calla y no ostenta. Lo que sí dijo: “Prepararse para la lucha”; allí veremos quiénes quedan consecuentemente. Tal vez todo sea un susto de golpe durmiendo, que vuelve insomne, y no desearíamos volver a escondernos de la masacre o de reubicarnos frente a la multitud de la lágrima, para simular soñar volver a rearmarnos cuando ya seamos otra vez el proceso. Por eso me confronto al haber escrito todo esto, aunque, a conciencia, se ha hecho para sopesar una supuesta verdad personal; no descuido mi apego a la militancia de este sueño nuestro. Toda esta sarta de preocupaciones no sé si la alcanzaré a comprender dejando testimonio escrito en estas páginas.
Ahora, cuando frente a la ventana, imaginando como con cerebro en oficina, veo pasar mucha gente alegre, quizás a nombrar y legitimar el único parlamento popular en toda la historia de nuestro país, que el pueblo se ha dado revolucionariamente. ¿Quién dijo que era fácil mirar las estrellas sin tener casa de donde mirar?, cosa que no sucede aquí. ¿Quién dijo que no se han entregado tierras para despertar mirando el sol y la geometría de los surcos? ¿Y quién dice no haber llevado a su hijo de la mano a una escuela y saber que ha sido alimentado sin mezquindad en la misma escuela? El empleado público afiebrado por su nuevo look sabrá en esta hora a qué palo arrimarse o traicionar al caserío o barrio de donde es. El estudiante en clase mirará tras el pizarrón el encorvado cuerpo de sus afectos o se venderá al mejor postor de la delicia. El artista plástico verá si sigue observando mariposas amarillas en el jardín, para pintarlas por premios en las pasarelas del arte, y se pintará de homenajes. El cantor aclarará su ética y afinará su estética respecto a su arma de compromiso con el pueblo o añorará grabar para una cuña en CNN. La poesía dirá en sí misma a quién sirve su fortaleza hermética personalizada o irá directa a recibir el premio de manos del enemigo histórico. Los obreros y campesinos organizados tendrán que darse cuenta definitivamente por ellos mismos que es la lucha de todos o no es, y que a cuántos millones de esta estirpe les han bebido la sangre en el sermón y comido el sudor por la orilla con whisky y delicateses en el penthouse que construyeron, mirando desde el rincón donde se oculta la verdad. Y la paz tendrá sentido cuando se junten las fuerzas igualitarias para derribar la puerta y mirar de frente al enemigo común que vulnera, cada día que se traga como trofeo en el almuerzo, la miseria de los pobres.
Hay ocasiones en que nos acosamos por desmontar todos los conceptos instituidos y la simbología de la ultranza del ajeno mundo. Con ello nos adelantamos al futuro o la esperanza, que para el fin da igual. Acaso todavía mucho más adelante, por ahí casi cercanos al porvenir, probablemente donde se cose la mirada sin nosotros. Esto nos respira más agitados o nos conduce a un consuelo, porque no es vida cotidiana salirse de los tiempos pegados al reloj, como no es honesto negar lo posible sin nosotros, incluso resistiendo, digamos, con la torpe vida ya vivida. En la camisa de fuerza que da vuelta sin desprenderse, dentro de la lavadora del cerebro, es lugar común, quizás, que tal vez, pensando mucho, escapamos del zarpazo que nos aguarda la vida cotidiana, vueltos clases sociales en los saberes. Seguramente, también al intelectualizar la emboscada de los términos, brillamos con luz propia, pero descuidando en agonía una idea que abrigamos y de la que ni siquiera nos dimos cuenta de que estaba ahí. Que vino sin nosotros a estar al tanto, desde ese lejano tiempo donde se hila la mirada de los otros por venir. Y desde donde ahora, tal vez huidos intelectualmente, pretendemos explicarnos. Dejarla afuera por intelecto personal. Trasplantando ego victorioso desde la barrera, nada más es repetir insensiblemente que lo que más se ama debe morir similar en los escombros. Montones de huesos de esos mismos que hemos citado, cerros de cadáveres descritos por el ojo inquisidor, montañas grandes, muy grandes, de desaparecidos en el mundo que no caben bajo tierra, cielos enteros llenos de muertos en cada estrella, y por las patrias y las matrias más, y muchos más. Mucho más de los que caben en las pantallas de Hollywood en cinemascope, de los que enumera el mal aliento de Hitler, Franco y Mussolini juntos, aquellos odiosos a los pastos tiernos de la Unión Soviética bajo la lluvia en las comunas, la resistencia francesa y el parnaso, el pan duro de Italia y Bangladesh, la identidad y proximidad perdida de las frías estadísticas de las vidas muertas en El Salvador, Guatemala y Nicaragua. Y poco o nada sucede de recuerdo en los mesones y la microfonía de la arrogancia, y nada alarma el grito de la gente oculto por las bocinas de la urbe, ni el sopor de la intriga y la amenaza que se enfrentan con velas que apagan la tempestad y las tradiciones. Solo se transforman los gusanos de seda y ceden convirtiéndose en empresas; las cenizas en abono para flores en venta que sirven a otro entierro, y para que nada desaparezca de los desaparecidos de la materia que somos, con la conmiseración para justificar que en nada se pierde, todo se transforma. Algo habrá que hacer a cada instante, en cualquier frente que dé a la paz de sus sepulcros. Sea analizando la necesidad de otros símbolos para la vanguardia o mirando el amanecer, ya que no nos conviene el horizonte. Todo es demasiado importante, hasta lo simple, hasta celebrar siempre con afecto los virtuosos hallazgos intelectuales y otros enseres, incluyendo ese final de enredos analíticos o de siempre continuar que vamos bien, con tal de no rendirnos.
Carlos Angulo
