Letra veguera | Nunca te borrarán
04/03/2026.- Cuando los estruendos de los motores de los millones de caballos de fuerza, o de Troya, del progreso de la Venezuela deslumbrada (o alucinada como fue en mi caso) por los efectos apoteósicos de la “providencia” petrolera, alabada en su momento por Rafael Caldera, que consensuaba a carnívoros y a veganos —Maneiro dixit—, a los melancólicos acólitos de los whiskys generosos de los Otero, o de los “poderes extraordinarios” de Simón Alberto Consalvi, que tanto sedujo a exguerrilleros pacificados e incluso a exferoces verdugos de la Seguridad Nacional, Digepol y demás sucedáneos, a comunistas aún jóvenes cansados de leer los manuales rusos y de escuchar los discursos incendiarios de Petkoff escritos en los herméticos cubículos de Osvaldo Barreto, o los mensajes a García de Gumersindo Rodríguez, Douglas Bravo, Américo Martín y otros “ideólogos”, se cobijaron en los recovecos de la institucionalidad del Pacto de Puntofijo, Inciba y algunas universidades públicas; cuando alguna vez, sentado en aquella antigua y para mí nostálgica represa del río Santo Domingo con Iván Mendoza, Bladimir Bustamante (rebautizado por Chávez como el Triple Feo; antes le decíamos Murciélago y su abreviatura era Murci); cuando oí, digo, e incluso los vi pasar desde la distancia a esos camiones con ruidos infernales, que iban o venían desde la Redoma de Barinas, con rumbo a la capital, San Cristóbal o Maracay (Good Year, Firestone, la Polar y otras transnacionales), pude presentir que Barinas iba a ser una sombra ajena, con unos campos petroleros cercados de alambres de púas, donde a veces nos permitían jugar pelota e improvisar conjuntos de “música moderna”, así llamada para aquel entonces, que eran entonaciones mutiladas de canciones de Los Beatles, Neil Young, Los Terrícolas y de Edgar Alexander y su grupo Azúcar, Cacao y Leche.
Para ese entonces, nunca imaginé que al poco rato iba a aparecer en la tribu aquel inquieto disposicionero de nombre Hugo Chávez. ¡Huguito!, como le llamaba doña Elena, para saber dónde estaba, llegó de Sabaneta, un pueblo que nació a la orilla de un río.
De la orilla de un río
Su sobrenombre Bachaco, apodo con el que llegó, así como llega la primavera, a los predios de una infinita sabana que comenzó a poblarse de casas, humanos, pájaros, plantas, cayenas y otras flores somníferas, perros realengos que hicieron hogar en nuestras casas, palomas, cuyos mensajes estoy casi seguro los albergó ese hombre, ese guerrero inmortal, ese corazón pluridimensional, diurno y reposado para ver y sentir el futuro que tiempo después compartió con nosotros para soñar con el don de la bondad, la sabiduría, el amor por un país que en cámara lenta él veía desgarrarse como se desgarra un hombre asido al filo del precipicio.
Lector, siempre lector
Ese hombre de acero que hace ocho años fue doblegado por la mano homicida, por el diablo, por la mala sombra del espanto para dejaros (y dejarme), como cuando me despierto algo brumoso, en la ingrimitud más ciega de la vida; ese hombre, para aquella época que describo, se desplazó como un rayo invisible de la casa de su abuela mamá Rosa, donde en una cama individual leyó indistintamente a Rómulo Gallegos (“Un bongo remonta el Arauca…”), como a veces me dijo para incitarme a un puro y absoluto ejercicio imaginativo; a Silver Kane, un autor de novelitas vaqueras, de quien le quedó tatuada durante el tiempo que duraba su lectura una frase que volvió coloquialmente familiar: "Hey, Joe", para saludar a don Pedro Rodríguez, lector empedernido de las novelas western; a Mario Briceño Iragorry (una edición deshojada, marchita, subrayada por un color anaranjado de “Mensaje sin destino”) y otros libros asignados por la escolaridad, tanto familiar como formal.
Fue un cálido y orgulloso hijo de maestros rurales y un enamoradizo de sus propias maestras.
El rayo que no cesa
Como el rayo ese que no cesa, y quizás ni él mismo pudo explicarlo, se sembró en nosotros en la plazoleta Juan Antonio Rodríguez Domínguez; se hizo como un samán eterno. Al frente de su casa materna, en la avenida Carabobo, nos reuníamos para organizar las caimaneras, para escuchar las andanzas políticas de Adán y los cuentos sobre Maisanta de la señora Elena. Cuatro patios detrás, Hugo, también, como un rayo, cayó en lo que fue —aunque haya cambiado de lugar y esté bajo las dulces y tiernas manos de Catalina y Lii— la biblioteca de la ilusión y de la guerra; del desorden natural que nos dejó la derrota de la lucha armada; la biblioteca del chimó, del más guardado, del más apócrifo y por eso mismo preciado, el más legendario, el nunca jamás satanizado y luminoso rostro de Pedro Pérez Delgado: su Maisanta, el del amuleto, su bisabuelo: sustancia del contenido de su corazón libertario.
Esa biblioteca alucinante es también fibra patrimonial del legado chavista que debe ser cuerpo y espíritu de los colectivos que lo custodian en el Cuartel de la Montaña. Su constructor, su albañil, su ebanista, el cernidor de esa biblioteca subversiva, marxista y bolivariana se llama José Esteban Ruiz Guevara: su maestro ñángara. Mi padre, el abuelo de mis hijos.
Dos cuadras más allá, por el callejón de Carlos Acosta o por la vereda donde casi todos mis contemporáneos han muerto, a veces por las noches o las mañanas de los sábados, esa tropa que se congregaba en la biblioteca de papá se movilizaba a otro teatro de operaciones de usos múltiples: el bar de Nacho, el emblemático bar Noches de Hungría. Allí, el Arañero no me enseñó a jugar dominó, por eso jamás lo aprendí; pero sí me mostró su intrincada habilidad para transformar nuestros sobrenombres en otros aún más asombrosos, que yo, sumergido en la fantasía, creí que iban a ser nuestros nombres de la guerra que él estaba imaginando. Fue su modo de hacernos entender que iba a ser, como me lo dijo treinta años después en una carretera, el presidente de la Venezuela que siempre llevó entre ceja y ceja. Allí, por cierto, Wladimir, su para entonces predilecto marxista teórico, compadre dos veces, explicó mil veces “que sin clase obrera no habría transformación social”, evocando a nuestro querido Alfredo Maneiro. Allí comenzamos a vislumbrar la famosa “pata militar”. Allí vi por primera vez sus ojos de águila que no cazó moscas. Allí miró fijamente a Cheo Rodríguez cuando llegó llorando al bar, porque fue abandonado por su novia por un carajo de talla 38 y luego —no Hugo Chávez, sino Tribilín— se levantó como un cadete y frente a la rockola marcó una canción de despecho que él, Hugo, me cantó enterita por teléfono cuando yo fui “diplomático” en Buenos Aires.
Ese Chávez que siempre entra y sale de nuestra memoria y recorre las calles, que siempre vuelve a uno, que llora en público y también nos hizo reír: a ese Chávez nunca lo borrarán.
Federico Ruiz Tirado
