Micromentarios | El Premio Nacional de Literatura como depurativo
03/03/2026.- Como sabrán quienes leen este diario, el pasado 23 de los corrientes, tan pronto desperté, recibí la noticia de haber sido galardonado con el Premio Nacional de las Artes, mención Literatura.
Si lo merezco o no, será el tiempo el que ofrecerá el juicio definitivo. Al menos por trabajo —he publicado 102 libros, la mayoría de narrativa, aunque los hay de todos los demás géneros literarios y periodísticos—, es decir, dada la cantidad de obras, da la impresión de que la decisión de otorgármelo ha sido acertada.
Otra cosa es la calidad. Yo no dudo de ella y, si lo hiciera, no habría entregado ni uno solo de mis libros a editorial alguna. Pero el premio no me lo he autoconcedido, como sí hicieron aquellos que se nombraron a sí mismos presidentes de la República, casos Carmona y Guaidó.
Ha sido un jurado, cuyos miembros desconozco, quien han decidido tal concesión. A ellas y ellos, mi agradecimiento.
Pero no es de esto de lo que quiero hablar, sino del carácter depurativo que ha tenido el premio en cuestión, en cuanto al deslinde de quién o quiénes han sumado su cariño o su desprecio por mi persona y mi obra luego de tal distinción.
He recibido más de ciento cincuenta felicitaciones por WhatsApp, Telegram, Facebook y Gmail, provenientes de personas que me aprecian y me quieren. Esa compañía es por demás satisfactoria y me regocija el alma.
A la par, el silencio de quienes he considerado amigas y amigos, pese a nuestras diferencias ideológicas, ha sido decepcionante, aunque esperado. Ninguna de tales personas se ha manifestado, aunque sea por compromiso, felicitándome por mi reconocimiento.
La única que lo hizo, en el vecindario donde resido, arrugó la cara y se sumió en el mutismo más absoluto cuando le respondí que dicho premio lo recibiría próximamente de manos de la presidenta encargada de la República, la doctora Delcy Rodríguez.
Tal rechazo a mi galardón no es una sorpresa. Desde hace más de dos décadas, algunas de esas personas con las que estudié, fuimos vecinos alguna vez y/o trabajamos juntos; cuando no trataron de influir en mi pensamiento, manifestaron su desagrado por mi posición política. En la mayoría de los casos, yo no abominé de la suya. Creo que la amistad está por encima de las diferencias políticas, espirituales e incluso deportivas.
Esas mismas personas desprecian lo popular y a quienes profesamos ideas de izquierda. Tal odio lo destilan consuetudinariamente en las redes, en los medios de comunicación masivos y en el trato personal cuando coincidimos en algún espacio de la cultura, sea museo, teatro, sala de conciertos o ferias de libros.
Para mí, digo que el Premio Nacional de Literatura ha servido de depurativo, debido a que me ha permitido dilucidar quiénes conforman mi entorno afectivo y quiénes me detestan por no profesar sus mismas ideas. Yo no odio a nadie, pero percibo que a mí sí se me hace a un lado y se me detesta, no por razones personales, porque no le he hecho mal a ningún individuo, sea hombre o mujer, sino por mi apoyo a lo que considero es el lado correcto de la historia.
Estimo que más que un premio a mi obra, se ha reconocido como verdadera literatura aquella que se escribe para niños y jóvenes. Cierto es que hay muchas obras de tan baja calidad que se les considera ajenas al arte literario, pero lo mismo ocurre en los géneros tradicionales, como la poesía, la narrativa y el ensayo. El número de textos deficientes en su hechura y en su contenido es abrumadoramente mayoritario y no por ello se les niega su carácter de literatura.
De nuevo agradezco el galardón y no solo por mi obra, sino por el deslinde que me ha permitido hacer en mi vida.
Armando José Sequera
