Letra fría | Historias de Colombia
27/02/2026.- De Bogotá, quedaron pendientes los amigos, costeños casi todos: los hermanos Carbonell, Próspero y José Antonio, hijos de otro exgobernador de Barranquilla; Marcel Lemaitre, de Cartagena, anfitrión de muchas de nuestras vacaciones; Jorge Zuleta; Octavio Martínez Charry; el Gordo Cuello; la venezolana Nilda Morales; la cartagenera Carmenza Gómez; Jorge Holguín, y tantos otros.
Hay un cuento de jóvenes curiosos: regresábamos a Bogotá, en el carro de Jorge Holguín, de un viaje de ida por vuelta a algún poblado cercano, al norte de la ciudad. A golpe de ocho de la noche, pasamos por un viejo castillo. Siempre que íbamos por ahí, algún comentario hacíamos. Esa noche decidimos entrar a ver cómo era. En eso estábamos cuando nos sorprendió un anciano con una escopeta. Llamó a la policía y, por supuesto, nos llevaron presos a todos. Como éramos como ocho, andábamos en dos carros. Fue muy engorroso, porque la dueña exigió una indemnización para que nos soltaran. Afortunadamente, el doctor Holguín, padre de Jorge, era abogado y dueño de una acaudalada fortuna; pagó el total de la cuantiosa suma y luego nosotros se la fuimos devolviendo en largas y cómodas cuotas. La gracia se nos convirtió en morisqueta...
Otro cuento fue un viaje por tierra a Medellín, a un concierto, en realidad un festival de rock, al estilo Woodstock, los días 18, 19 y 20 de junio de 1971. Eso fue otra locura: hubo más de doscientas mil personas, jóvenes en su mayoría. Para entonces, teníamos 18 o 19 años.
Los abuelos proustáticos que nos empapamos en los pequeños diluvios que cayeron sobre ese Woodstock de todo el maíz llamado Ancón, en La Estrella, al sur de Medellín, hace tiempo estamos de regreso al pacífico bolero y al ingenuo bambuco.
Esas eran las palabras del cronista colombiano Óscar Domínguez. También comenta que monseñor Tulio Botero Salazar, a la sazón arzobispo de Medellín, soltó toda su artillería pesada contra aquel aquelarre, y que la jerarquía católica se convirtió en el inmejorable jefe de relaciones públicas del festival. En la misma onda nostálgica, agrega:
Los que castigaron el cerebro con LSD, coca, cacao sabanero, hongos alucinógenos, pepas, marihuana y yerbas afines, cambiaron de menú hace tiempo. Esa tribu de entonces se aficionó a la dosis personal de valeriana y similares. La cannabis pasó a ejercer oficios más benévolos, como remedio contra la artritis y el reumatismo.
La entrada costaba trece dólares, me imagino que por los tres días, pero no recuerdo; lo que sí es cierto es que uno entraba y salía cuando se terminaba. ¡La propia rumba, pues!
De otros viajes recuerdo haber ido a Villavicencio, con el pichón de agente de la CIA del apartamento y un capitán amigo suyo, muy folclórico todo, porque al militar le gustaba la música llanera y, por eso, pude ver los mejores grupos de la época. Sin embargo, el viaje más loco fue el día que salimos de una parranda a llevar al aeropuerto a Rafito, un amigo maracucho que regresaba a su ciudad natal por Cúcuta, y a Ciro, el de las muchachas bonitas aquellas que conté antes, que era de allá. El cuento es que me dieron casquillo para seguir la parranda en Cúcuta. Entonces yo, con real en el bolsillo e incapaz de aguantar dos pedidas, me compré el pasaje y me fui con ellos. Hasta ahí (incluida la rumba de la noche), todo muy chévere, pero al día siguiente fue de terror: desperté en un cuarto desconocido, sin acordarme de nada. Cuando me asomo por la ventana, veo un patio soleado y con gallinas. Me dije: "¡Mierda! ¿Qué hago yo aquí?" (Imagino que de allí saldría el nombre de mi programa de televisión, muchos años más tarde). La explicación fue que habían salido a comprar cervezas y costillas de res para hacer una sopa, y no me quisieron despertar.
Los mejores viajes fueron a Cartagena, Santa Marta y Barranquilla, durante todas las vacaciones que tuve antes de ir a Maracaibo. Primero estuvimos en Cartagena, en casa de Marcel Lemaitre, ubicada en el segundo callejón Truco, al pie de La Popa. Era una casa hermosísima, hecha por su padre, Gastón Lemaitre, que era arquitecto. Vivía ahí con la mamá y los hermanos Gastonguillo, Fico y Jossette. Lo bueno de esa casa, aparte de la amabilidad y hospitalidad de la familia, fue haber conocido a muchos artistas, amigos de Gastón, que lo visitaban con frecuencia. Entre otros, recuerdo a Alejandro Obregón y Enrique Grau.
De resto, eso era playa todos los días: Bocagrande hasta la tarde, comiendo cocteles de camarones y ostras (¡una delicia!), o los restaurantes del centro en Cartagena la Heroica, magníficos todos. También recuerdo el cucayo de casa de Marcel, que era el "raspao" del arroz con coco.
Santa Marta era menos, apenas un par de días en la playa del Rodadero; e igual Barranquilla, otro par de días en casa de los amigos de la universidad. Por fin, llegamos a Maracaibo a pasar solo unos diitas, porque pronto había que volver a clases. Mi mamá era la que se quejaba: "O sea, que tú vienes de turista a tu casa...".
Humberto Márquez
