Crónicas y delirios | Gonzalo Celorio, Premio Cervantes 2025

27/02/2026.- Juro por este puño de cruces escriturales que no conocía nada de Gonzalo Celorio (Ciudad de México, 1948), quien se hizo acreedor del Premio Cervantes 2025, máximo galardón en lengua castellana otorgado anualmente por el Ministerio de Cultura de España a propuesta de la Asociación de Academias de la Lengua Española. En su oportunidad, también obtuvieron la presea nuestro gran poeta Rafael Cadenas (2022), Cristina Peri Rossi (2021) e Ida Vitale (2018).

De Celorio he leído hasta ahora dos volúmenes biográficos, Mentideros de la memoria (2022) y Ese montón de espejos rotos (2025), donde relata sus ocurrencias existenciales con una mezcla de inusual humor entre los intelectuales que se denominan "serios", correrías de vida por las tabernas del Zócalo insolente, su afán como teatrero y discurridor, los vestigios del matrimonio y la saga de los amoríos, su eterna carrera profesoral, los libros para leerlos y conservarlos (su biblioteca reúne más de doce mil títulos), la amistad férrea o vacilante entre poetas, artistas y prosistas; y por si fuese poca sustancia, un ojo sapiens observador e inquieto de la realidad que otros no miran.

Como ejemplo de lo dicho, me permito transcribir —sin ningún permiso legal ni autoral— algunas muestras celorianas:

 

La ancestral poesía de los mercados

Entre las muchas cosas del Nuevo Mundo que sorprendieron a los conquistadores, brilla el mercado de Tlatelolco. Al llegar a la ciudad de México-Tenochtitlan, Bernal Díaz del Castillo se asombra ante la diversidad, la riqueza, la novedad de sus productos y se afana en enumerarlos.

Por ese antiguo gusto de nombrar, según apunta Alfonso Reyes, recorro ahora el mercado de Mixcoac, adjunto a mi casa: la parte dispuesta para las frutas que no siempre se contienen en sus cáscaras, sino que se exponen abiertas o partidas en rebanadas para deslumbrar al comprador con la intensidad del colorido de sus pulpas y de abrirle no sé qué tantos apetitos —porque un mamey calado, por ejemplo, es algo más que una fruta o, en todo caso, es una fruta prohibida—. Y las sandías parecen carcajadas del verano, como las pintó Tamayo; los mangos pelados, flores protuberantes; las papayas partidas en zigzag, coronas amarillas de rey mago.

Y asimismo están las piñas con sus penachos mayas, los chicozapotes que trasminan sus mieles, los racimos de plátanos, las granadas explosivas, los melones, las frutas no en vano llamadas de la pasión, las tunas, las pitahayas sangrantes, las mandarinas y las frutas de canasta; las peras mantequilla, las manzanas con sus rebozos de Viernes Santo, los higos venerables, los duraznos, las uvas.

Y alternados con las ventas de fruta, están los puestos que parecen jardines ambulantes por sus manojos de perejil, de cilantro, de berros, de espinacas. Los limones, las papas austeras, a las que no se les quita el sueño subterráneo, los pepinos, los rubicundos jitomates, acomodados por su lado más rozagante, los aguacates, a los que no hay que andar tocando porque si no compra, no magulle, los hongos, las lechugas, las cebollas blancas y moradas, los ajos y sobre todo los chiles —los chiles verdes, los chiles serranos, los chiles anchos, los chiles poblanos y los chiles habaneros—.

¡Y no pare usted de contar o degustar con la lectura, la imaginación y los sueños!

 

La sirvienta

Estudios sociológicos y estadísticos la llaman con falso decoro empleada doméstica. La lengua hablada le dice sirvienta, criada o muchacha; de manera eufemística, secretaria y aun compañera; de manera metafórica y peyorativa, gata. Pero generalmente se le nombra con el nombre de un pronombre: esta.

A modo de ejemplo de tal sustitución pronominal, dejo caer algunas frases recogidas en ese momento incómodo en que espero a que mis hijos salgan de la escuela:

—¡Cómo quieres que esté si no llego esta!

—Estas ya no son las de antes. Están destinadas a desaparecer.

—A estas les das la mano y te agarran el codo.

—No es el sueldo. Yo a estas les doy agua, casa, luz, gas y hasta cariño, de veras. Comen de lo de uno. Yo las trato como iguales.

—Yo a estas las trato como hijas. Y así responden.

—Estamos en manos de estas.

—Con estas no se puede.

—No, la verdad es que estas no tienen nombre. Ciertamente, estas no tienen nombre. Ni siquiera nombre.

 

Dos cachuchas

En mi primer viaje a Buenos Aires como director del Fondo de Cultura Económica, me presenté con dos cachuchas, es decir, en mexicano, con dos funciones, con dos representaciones, con dos camisetas: la de director de la editorial y la de escritor. Tendría que ver de manera directa el funcionamiento de la filial del Fondo en Argentina y, también, presentar en la Librería Clásica y Moderna mi más reciente novela. En la recepción que me dio la embajadora Rosario Green (quien siempre se ostentó como la embajador, en tan flagrante como justificado atentado contra la concordancia gramatical, no fuera a ser que la tomaran por la esposa del embajador), dije que viajaba así, con dos cachuchas, la del editor y la del escritor.

Al pronunciar, micrófono en mano, semejante frase, sentí que entre los asistentes se encendía un rubor o se desataba un rumor, o ambas cosas a la vez. No entendí la reacción de mis oyentes. La embajadora (perdón: la embajador), una vez terminado el acto, me explicó en voz baja y al oído que cachucha en Argentina —o por lo menos en Buenos Aires— significa "vulva".

 

La salud

"La salud es un estado transitorio que a nada bueno conduce", decía mi amiga Tita Casasús.

Sin previo aviso, tocan a las puertas de nuestro cuerpo algunos achaques desconocidos. No podemos evitar que entren. Los recibimos como visitantes temporales, pero poco a poco se van acomodando en nuestra vida cotidiana. Dejan de ser huéspedes ocasionales para volverse, primero, inquilinos permanentes y, luego, absolutos propietarios de nuestro organismo: el dolor en la región lumbar; la paulatina caída del cabello, que deja la coronilla al descubierto cual tonsura franciscana; la fragilidad de las uñas; el olvido del nombre del amigo cercano —del amigo o del escritor o de la película o del libro—.

El futuro, que la edad va encogiendo de manera dramática, cobra en la vejez una importancia mayúscula, proporcional a su disminución. Es poco el tiempo que nos queda para disfrutar la vida; hay que aprovecharlo como si se tratara de un renovado carpe diem invernal. Ya no tenemos la misma energía de la primavera, pero, en compensación, disponemos de mayor capacidad selectiva, gracias a la experiencia que los años acumulan. Es entonces cuando el amor se diferencia de la aventura, la amistad se distancia de las meras relaciones sociales, la vida interior supera con creces la vida pública y la soledad se vuelve fecunda.

 

Mi nombre

—Gonzalo, ¿cómo te decían de chico?, ¿Chalo? —No. Me decían chiquillo de mierda. —¡¿Chiquillo de mierda?! —Sí. Los nombres de mis once hermanos varones se le arrebujaban a mi padre en la cabeza. Si necesitaba algo, empezaba a llamarnos, generalmente en orden cronológico, que es como se le habían anclado en el mar de sus recuerdos: ¡Miguel!, ¡Alberto!, ¡Carlos!, ¡Benito!, ¡Ricardo!, ¡Jaime!, ¡Eduardo!... Y cuando nadie respondía y llegaba mi turno de benjamín, mi nombre se le había perdido en los vericuetos de su maltrecha memoria, y lo sustituía con un genérico que no contaba con el bautismo de la patente de marca: "¡Chiquillo de mierda, tú, como te llames, ven para acá!".

 

Manchones y manchetas

—"¡Con muna o nada!", gritaron ante Delcy algunos trabajadores de antigua conciencia.

—Al nomás llegar a Miraflores, el secretario de Energía de USA preguntó que dónde estaba su patio trasero.

—La mayor reserva natural de Cuba es su dignidad.

—Lo dijo Pablo Neruda: "Podrán cortar las flores, pero no podrán retrasar la primavera".

—"Provocaba darle una trumpada", comentó Robert de Niro al finalizar el discurso presidencial sobre el Estado de la Unión.

—Hoy es más certera y emblemática la canción "¡Cuba, qué linda es Cuba!", de Eduardo Laborit, cuando asienta "quien la defiende la quiere más".

 

Igor Delgado Senior


Noticias Relacionadas