Pluma acústica|Willie Colón le pintó los angelitos negros al poeta...
Andrés Eloy Blanco
26/02/2026.- Si la salsa fuese una mesa, una de sus patas sería Willie Colón, quien el pasado 23 de febrero partió a la casa del Todopoderoso, dejando un legado musical inconmensurable. Además de director, productor, compositor, arreglista, instrumentista y cantante de cualidades extraordinarias, Willie es un personaje indispensable a la hora de rememorar la historia de nuestra música latina. Como suele suceder en estos casos, las biografías sobre el Malo hoy abundan, en especial luego de su partida física. Es por eso que estas modestas líneas le rinden homenaje al profundizar en uno de sus discos más interesantes y, curiosamente, más infravalorados y/o poco difundidos, El baquiné de angelitos negros, un disco experimental que realmente patentó el concepto de salsa sinfónica.

Para 1977, Willie, que venía de casi una década de éxitos con Héctor Lavoe —de quien se había separado dos años antes—, estaba buscando experimentar con la sonoridad instrumental y profundizar en el mensaje de unidad latinoamericana. Ese año encontró lo que definitivamente estaba buscando. Grabó su primer trabajo junto a Rubén Blades, Metiendo mano, con el cual llevó el mensaje hasta el tuétano, y, además, grabó El baquiné de angelitos negros. En él, sació su necesidad expresiva de manera magistral y se estrenó como productor, compositor y arreglista de música sinfónica, sin perder el sabor a asfalto.

Los trabajos de Willie y Rubén merecen un capítulo aparte, sobre todo el álbum doble Maestra vida, el cual, sin dudas, por lo menos en lo musical y en el concepto sinfónico y de ópera, es un descendiente directo de El baquiné de angelitos negros, que a su vez es una pieza de orfebrería musical que rompió los esquemas de la Fania y dejó a más de uno rascándose la cabeza porque, sencillamente, no es un disco para bailarlo "en un solo ladrillito", sino para escucharlo con el alma en un hilo.
El encargo de Andrés Eloy

Este disco es una suite orquestal basada en el concepto del baquiné o baquiní, una tradición afrocaribeña muy arraigada en Puerto Rico, que consiste en el velorio de un niño pequeño, un "angelito", que, a diferencia de los funerales de adultos, en lugar de ser un evento puramente lúgubre, se vive con música y con cierta alegría, bajo la creencia de que el niño, al estar libre de pecado, va directo al cielo para convertirse en un ángel protector.
Willie Colón, influenciado por su herencia y por el poema "Píntame angelitos negros", un manifiesto contra la discriminación racial y un llamado a la inclusión cultural y espiritual, escrito por nuestro Andrés Eloy Blanco, armó una narrativa sonora que explora la vida, la muerte y la identidad racial.
El poema dice que, aunque el pintor sea bueno y pinte vírgenes bellas, siempre se olvida de los niños negros. Plantea que si Dios es el creador de todos, en el cielo también debe haber ángeles que representen a todas las razas. Es el grito de quien quiere verse reflejado en lo que considera sagrado o hermoso. Willie Colón, quien no estuvo exento de sufrir discriminación racial en Estados Unidos, transformó todo eso en música latina instrumental de altísima calidad.
El especial de televisión: el origen
Como mencionamos antes, este es un disco conceptual, donde la música no se detiene para ser aplaudida, sino que fluye como una banda sonora cinematográfica. Esta evocación a lo audiovisual es literal. Mucha gente ha vacilado con este álbum; sin embargo, probablemente no todos sepan que este proyecto nació para ser el soundtrack de un especial de televisión de la cadena WNET de Nueva York. La idea era llevar la cultura urbana y latina a un formato de "alta cultura" televisiva, demostrando que la calle también tiene su elegancia y su mística.
Este audiovisual es una de las piezas más fascinantes y, a la vez, esquivas de la videografía relacionada con Fania. Fue producido por Latino Broadcasting Service, bajo la dirección de Mike Cuesta y la producción de Lou De Lemos. No se trata de un concierto grabado, sino de una obra de arte conceptual que Willie describió como una ópera-ballet para televisión.

La producción contó con un elenco de primer orden, destacando a las estrellas Brunilda Ruiz y Héctor Mercado, quienes dieron vida a través de la danza a la narrativa del baquiné. La parte visual seguía la historia del rito: la muerte del niño, el duelo de la madre y la vida fascinante, pero dura, en las calles de Nueva York.
Aunque se transmitió, el material no contó con una distribución masiva en video. A diferencia de otros productos audiovisuales de Fania como Our latin thing, este tuvo un alcance más artístico y menos comercial, lo que lo convirtió en una especie de tesoro escondido durante décadas. La razón principal fue que el disco, al ser en su mayoría instrumental y experimental, no fue un hit de ventas inmediato, en comparación con otros álbumes de Willie, lo que relegó el filme al archivo histórico de la televisión pública estadounidense.
La artillería musical
Este disco rompió con el formato estándar de ocho temas para el bailador; aquí las transiciones son fluidas, apoyadas por el uso de sintetizadores y arreglos de cuerdas. Para lograr esta densidad sonora, Willie se rodeó de la crema y nata musical del momento. Es notable la ausencia de una voz líder única, permitiendo que la orquestación sea la protagonista.

En este álbum participan, además de Willie, Marty Sheller, en la dirección orquestal; Eddy Martínez, en el piano; Andy González, en el bajo; Tom Malone, en los sintetizadores; José Mangual Jr. y Ernie Agosto, en los bongós; Milton Cardona, en las congas; Louis Romero, en el timbal; Barry Rogers, Lewis Kahn y el propio Willie, en los trombones; Yomo Toro, en la guitarra y el cuatro puertorriqueño; Víctor Paz, en la trompeta, y Alfredito De La Fe, en el violín, entre otras luminarias.

Con este sencillo homenaje despedimos a un gigante de la música latinoamericana, cuya obra y legado se pierden de vista. Aunque, como lo despidió su compadre Rubén Blades: "Ahora es que empieza a nacer".
Si al cielo voy algún día,
tengo que hallarte en el cielo,
angelitico del diablo,
serafín cucurusero.
Kike Gavilán
