Punto y seguimos | El monstruo de la industria alimentaria
24/02/2026.- En Venezuela, las enfermedades que generan mayor morbilidad y mortalidad son las afecciones cardíacas, el cáncer y los accidentes cerebrovasculares. Los problemas del corazón, según cifras de la Organización Mundial de la Salud (OMS) son el principal motivo de muerte en todo el mundo, tanto en países desarrollados como en los pobres. Las causas que se atribuyen al "reinado" de los daños en el principal órgano del cuerpo humano son el estrés, la herencia y la mala alimentación, siendo esta última vital no solo en el caso de estas patologías, sino de muchas otras.
Una dieta balanceada se considera imprescindible para tener una buena salud. El exceso de grasas saturadas, azúcares, sal y comidas bajas en nutrientes ha venido enfermando a la población mundial. Cuanto más parece avanzar la materia tecnológica y de producción de comida, menos sana resulta para los seres humanos. Cuando cambió el modo de producción y distribución de los alimentos en la agricultura, ganadería y pesca industrializadas, las personas —en especial en los sectores urbanos— perdieron toda relación con la tierra. Hemos llegado a desconocer los procesos y a asumir que cuanto comemos aparece en los supermercados "por arte de magia".
El desconocimiento acerca de como funciona la agricultura, el poco o nulo interés en el autocultivo y, a nivel cultural, la idea de que lo que comemos no es realmente asunto nuestro, pues ya está "solucionado" por otros, ha generado un ambiente propicio para que la industria alimentaria mundial se convierta en una absoluta monstruosidad, con el poder económico suficiente para manejar gobiernos, diseñar sus propias legislaciones y afectar el medio ambiente y la salud del planeta sin una verdadera oposición ciudadana.
Quizá los casos más conocidos, que apenas nos dan un vistazo de la complejidad, alcance y poder de esta industria, sean los escándalos de empresas como Monsanto, con su herbicida RoundUp y su manejo y control de las semillas transgénicas, que han afectado a los campos de todo el mundo. Acciones de este tipo han desterrado a pequeños productores locales, que quedan indefensos ante la aplanadora de consorcios que han impuesto a la fuerza legislaciones y que han regado por el mundo químicos cancerígenos que afectan la salud vegetal, animal y humana. Las semillas transgénicas alteran la composición de las plantas y, además, "se riegan" hacia cultivos orgánicos, contaminándolos. Esto es especialmente grave en productos tan básicos para la dieta mundial como el trigo, la soya, el maíz o el arroz.
La soya, transgénica en casi toda su producción mundial, constituye la base de millones de litros de aceite comestible y es también alimento para animales de cría y sacrificio, lo que implica que las consecuencias nos alcanzan por partida doble, al ser parte de la dieta de los animales que comemos. Punto aparte y tema de investigación sería el de las condiciones de extrema crueldad con las que se alimentan y matan los animales destinados al consumo humano, una de las principales razones por las que existe el veganismo como postura política. Sin embargo, más allá de ello, el punto es que tenemos poca o ninguna idea de lo que ingerimos y que, además, estamos en manos de transnacionales que producen más y más barato, acaparando el mercado y forzando a los grupos de menores ingresos a comer productos nocivos, en razón de su precio.
La industria alimentaria es una de las que mejor evidencia la inhumanidad del capitalismo. Conecta a las especies que habitamos este mundo y a todas las maltrata. En lo referente a los seres humanos, nos ata de forma directa a otra industria nefasta, la farmacéutica, que nos vende los químicos para tratar el daño que causamos a nuestro organismo al comer basura ultraprocesada, conservantes, plantas alteradas y animales explotados. Un ciclo sin fin de envenenamiento colectivo que plantea a la sociedad el reto de romperlo para sobrevivir. Según datos de la OMS del año 2021, la humanidad aumentó su esperanza de vida, pero también la discapacidad. Significa que vivimos más, pero en peores condiciones, con patologías crónicas y mal funcionamiento del cuerpo, en todos los rincones del globo. Es un dato particularmente cruel si consideramos a los países más pobres, donde la inanición aún es causa de muerte.
En resumidas cuentas, y como decía Voltaire en su Cándido, es menester volver a cultivar la tierra. Si el sistema nos apabulla, solo la conciencia comunitaria podrá ayudarnos, garantizando producción y distribución local de alimentos cultivados con parámetros de sanidad y, sobre todo, procurando que los saberes campesinos no se pierdan. La educación en materia alimentaria es fundamental. Si no sabemos qué consumimos, ni cómo obtenerlo respetando la naturaleza, estaremos condenados a continuar con el ciclo ponzoñoso de la industria alimentaria, que nos mata a todos por millones cada día.
Mariel Carrillo García
