Araña feminista | Por nuestro derecho al duelo

Me siento como si hubiera sido violada

y no tengo cómo denunciar a mi agresor.

Testimonio de una mujer

después del bombardeo a Venezuela.

23/02/2026.- En el marco de los recientes ataques a Venezuela y el régimen de terror que ha impuesto el trumpismo, abundan los análisis geopolíticos reforzando la praxis de la realpolitik. En voces mayormente masculinas, o masculinizadas, se excluyen de la reflexión las dimensiones de lo cotidiano, lo doméstico, los cuidados, a las mujeres, a NNA, a la población LGTBQ+ y neurodivergente, que, como bien sabemos, son quienes resultan más afectades en escenarios de guerra.

Ciertamente, a las primeras de cambio el mensaje al agresor debía ser contundente: “¡Aquí no se rinde nadie!”, una estrategia unifocada de autodefensa, junto al llamado apoyo irrestricto a la presidenta encargada, Delcy Rodríguez, al que acudimos con amor. Cinco cosas debían quedar bien claras: la soberanía no se negocia, no nos rendimos ante poderes imperiales, hay gobernabilidad, continuamos con el proyecto bolivariano, legado del comandante Chávez, y traición aquí NO HAY. Asumimos estas premisas desde la militancia, en la línea de fuego de la batalla comunicacional y “el pueblo levantó la cara”.

Aguas abajo y desde la diversidad que somos, abrazamos reacciones diversas ante el trauma y, sobre todo, porque el ataque no cesa, no ha cesado en 25 años. El cuento del lobo se hizo una terrible realidad. Vino, bombardeó, se llevó dos personas queridas y estimadas —más allá de su investidura— y continúa con sus jugadas en la guerra asimétrica. Ante esto, exigir a la colectividad entera el regreso a la “normalidad” de forma abrupta también puede ser violencia.

La guerra cognitiva ha generado una futilización de la realidad con la anuencia de las masas. “La escena/show”, un estado de cosas que merma la capacidad empática y sensible, normalizando atrocidades como el genocidio. Por un lado, demonizan al feminismo; por otro, se le instrumentaliza para fomentar la islamofobia y el descrédito de ciertos gobiernos “inconvenientes”, sosteniendo las narrativas de autocracia y crisis humanitarias. Toda esta inversión de roles y realidades —el famoso mundo al revés— ha producido lo que he venido llamando la pérdida del criterio de realidad. Aunado a los sentimientos de desesperanza, descrédito a los valores éticos, el miedo generalizado y la desconfianza, otros síntomas. Toda esta aparente realidad distópica es un arma de destrucción masiva, ejerciendo una fuerte disociación cognitiva que sigue socavando las bases del tejido social.

Por esto necesitamos espacios de catarsis, reflexión, análisis (desde nosotres). Acuerpar las vivencias, reivindicar las subjetividades, los sentipensares, lo doméstico y lo íntimo como zonas de lucha, de poder y trincheras de acción política. Esto nos ayudará a eliminar esa terrible sensación de indefensión y avanzar con paso firme.

La salud colectiva pasa por la necesidad de hacer duelos colectivos. Al no hacerlos, fijan algunas de sus etapas iniciales: negación, ira y depresión; y no ser capaces de avanzar a las resolutivas: negociación y aceptación. La aceptación nos permitiría recuperar la capacidad de discernimiento, el reacomodo y reordenamiento en pro de la reexistencia. A través de estos mecanismos podemos ir superando la resistencia y la resiliencia, para dar paso a la reexistencia colectiva y así continuar creando nuestra vacuna política contra la crueldad y la avaricia del sistema patriarcal: el Estado comunal.

Penélope C. Toro León

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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