Palabr(ar)ota | ¡Qué vaina con Bad Bunny!

22/02/2026.- Aunque es seguramente apócrifa, se repite por ahí la anécdota según la cual García Márquez se habría preguntado: ¿Qué tendrá de malo Cien años de soledad para que le guste a tanta gente?

Invirtiendo los términos, vale la pena preguntarse: ¿Qué tienen de bueno las canciones de Bad Bunny para gustarle a tanta gente?

Y es que uno tiene su opinión bien formada acerca del reguetón, o sea, que es algo así como el cuarto de chécheres de la música; que los cantantes de ese género son intercambiables, imposibles de diferenciar entre sí; Bad Bunny, Daddy Yankee, J. Balvin o Myke Tower, y sabe Dios cuántos más. Aparte del gusto por los nombres anglófonos, se caracterizan por emitir un sonido —en el más grave de los tonos y como tragándose las palabras— cuyo significado, si es que hay alguno, no es Trump el único que no lo capta.

Se distinguen, además, por ese tic de ponerse la mano en la entrepierna, quizás para que no les quede duda a las espectaculares chicas que los acompañan de que allí hay algo que podría interesarles.

En fin, que bien lejos con el dichoso reguetón.

Entonces viene Bad Bunny y se lanza ese tremendo espectáculo en el Super Bowl, que será tan comercial como se quiera, pero tiene la virtud de arrechar a lo más recalcitrantemente conservador de la sociedad norteamericana y adláteres, lo cual es un mérito de por sí innegable.

No queda de otra que ponerse a averiguar sobre este Bad Bunny, alias Benito algo, y vaya que uno se lleva sorpresas.

Por ejemplo, que a lo largo de cuatro años (2020, 2021, 2022, 2025) ha sido el artista más escuchado del mundo en Spotify, donde acumula la impresionante cifra de 185 mil millones de reproducciones. Según esa cifra, es como si cada uno de los habitantes actuales del planeta Tierra hubiese escuchado un mínimo de 23 canciones de Bad Bunny.

Claro que se podría volver a la lógica del supuesto autocuestionamiento de García Márquez y convencerse de que algo malo deben tener esas canciones de Bad Bunny para alcanzar tal éxito de taquilla.

Es posible que así sea, pero a continuación uno se tropieza con dos investigadoras llamadas Vanessa Díaz y Petra Rivera, muy serias ellas —que no cantan reguetón y si perrean es en estricta privacidad—, autoras de un libro titulado P FKN R: How Bad Bunny Became the Global Voice of Puerto Rican Resistance. Traducido al castellano como P FKN R: cómo Bad Bunny se convirtió en la voz global de la resistencia puertorriqueña.

Y aquí es necesario hacer un deslinde clave: a uno puede no gustarle el reguetón, en general, o Bad Bunny, en particular, pero es difícil no estar de acuerdo con un despliegue de resistencia cultural como el que sucedió en el medio tiempo del Super Bowl, sobre todo en los días que corren.

No he leído el libro en cuestión y me permito, por lo tanto, citar una parte del resumen que hace la inteligencia artificial de Google: “El libro estudia cómo el artista refleja la resistencia, la afirmación identitaria y el impacto del colonialismo en la isla (…) la presencia de Bad Bunny, incluso en eventos masivos como el Super Bowl, es un acto de afirmación cultural que desafía narrativas negativas y visibiliza a la comunidad latina”.

No se trata pues, del reguetón, sino de simbolismos, de representación cultural y de resistencia.

El reguetón es un gran negocio; si no, que lo diga Spotify, y en cuanto tal es no solo tolerado, sino bienvenido. Pero cuando la figuración que acompaña al negocio se usa para un fin como la defensa identitaria, entonces se desata la histeria que todos vimos en los medios, donde, por cierto, no faltó una buena representación de la oposición venezolana.

En fin, sigue sin gustarme Bad Bunny como artista, pero qué bien me cae ahora.

Cósimo Mandrillo

 

 


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