Tejer con la palabra | Palabras para el horror
Quiero de vuelta mis mecedoras,
atardeceres solipsistas,
y sonidos de la selva costera que son tercetos de cigarras y pentámetros
de las patas peludas de las cucarachas.
Renée Good
22/02/2026.- Poco después del ataque a Venezuela en que murieron civiles, militares, gente nuestra, cubana y colombiana —también nuestra—, y secuestraron al presidente Nicolás Maduro y a la primera combatiente, la diputada Cilia Flores, el Plan Nacional de Formación en Comunicación Política Digital, dirigido por Jessica Pernía, organizó un encuentro virtual con Fernando Giuliani y Ovilia Suárez, del Colectivo de Psicólogos por el Socialismo. Hablamos sobre salud mental como escudo de defensa soberana, para atendernos como pueblo en un duelo por superar mientras vivimos bajo amenaza. Entre los acertados aportes de uno y otra, retomo la idea de que las palabras nos ayudan a procesar el trauma y acompañan tanto la elaboración individual como la colectiva del horror, enraizado en las estructuras del poder y la desigualdad. Decir, sin eufemismos, nombrar por su nombre, permite describir el dolor y denunciar sus causas convocando a la acción transformadora. Exploro este camino. Entre comillas van palabras para nuestra reexistencia.
“Poeta”: Renée Good fue víctima de feminicidio solo 4 días después del bombardeo a Caracas. Digo “feminicidio”, sí: la mató Jonathan Ross, monigote del Estado misógino, violador, pedófilo, fascista, homófobo, que permite y alienta la persecución criminal de inmigrantes. En las redes sociales —donde el algoritmo impulsa hoy el recrudecimiento de los discursos de violencia y odio, racistas, misóginos— se difundió la noticia y el descontento en Minneapolis: allí vivía Renée, una madre, una poeta, lesbiana, solidaria con el pueblo inmigrante, una “mujer incómoda” para el statu quo estadounidense. Su rostro y su mirada profunda inundaron las plataformas.

Debido a razones obvias, casi no se divulgan las muy diversas miradas y rostros de las personas inmigrantes heridas, vejadas, asesinadas por ICE. Mucho menos las de nuestras mártires, heroínas, de entre 19 y 23 años, que EE. UU. mató en nuestro país, tras una campaña de deshumanización y criminalización contra nuestro pueblo y su gobierno. Crisbel Gómez, Yorlianny Delgado, Alejandra Olivero, Eliannys Camacho, Ángeles Tovar, Anaís Molina y Deimar Páez son sus nombres. Me pregunto: ¿cuántas personas en el mundo saben de ellas y lo que dejaron atrás? Poco se supo de Rosa González (de 80 años) y Yohanna Rodríguez (de 45, oriunda de Cartagena), civiles, hermanas nuestras que murieron también. Se escribe rápido y fácil; cómo duele su pérdida.
Aunque no se ha comprobado que Good fuera activista —las circunstancias de su muerte y ser poeta bastan, para los efectos—, dos cosas me hablan del alcance de su imagen en este contexto: los peluches en su guantera, armas de “terrorista doméstica”, y su galardonado poema. Que el escándalo de la ternura truncada y la verdad poética en Sobre aprender a diseccionar fetos de cerdo sirvan para honrar a nuestras heroínas. No serán mártires; el mañana de sus semillas cubrirá los escombros. Las recordaremos, poeta.

Otras palabras nos han ayudado a mantenernos. “Primera combatiente” y no “primera dama”; “presidenta encargada” opuesta a “cipaya”. Digno es el rol de la compañera del presidente en aquel título, trascendiendo las acciones complementarias de la sombra de un mandatario; digno el rol de la primera presidenta venezolana, encargada —entre los muchos retos por delante— de darnos vida y esperanza en la hora más aciaga. Enfrentar a la Delta Force, decir: “Me llevan a mí también”; asumir el alto mando del país en uno de los momentos más peligrosos de la historia y afirmar, como lo hizo Delcy: “No daré descanso a mi brazo ni reposo a mi alma hasta ver a Venezuela en el destino que le corresponde, como una nación libre y soberana”, no se parecerá nunca a pedir intervención militar gringa y regalonear al más vil de esta era. Para la cipaya, ni citarla, ni nombrarla: todo el olvido y la vergüenza.
Son las palabras de Cilia y Delcy Eloína las que nos sostienen. Con ellas, nuestra solidaridad. Para todas nosotras, la poesía.
Joussette Rivodó
Joussette Rivodó (Caracas, 1978). Madre, poeta, traductora, editora. Facilitadora de la Escuela Nacional de Poesía Juan Calzadilla, estado Mérida. Ha publicado Arvense (2024, Péndulo Ediciones) y De tu árbol, una rama (2025, Fundarte) y ha colaborado en la revista Contracorriente (UPTKM) y en las antologías Con poetas vivos (2025, Dibayen y Farhangan) y Resonancia infinita en cántaros de versos (2025, Nos une la poesía).
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