Aquí les cuento | Bucéfalo (2)
Mira, gringo. No te hagas el pendejo.
Regrésanos a Cilia y a Nico.
No me hagas arrechar.
(La Rinconada)
20/02/2026.- Ya te conté que uno vivía ahí, en esas cuadras, como en una familia. Pero una familia igual a la que dejamos en nuestros pueblos y caseríos, donde compartíamos desde lo más grande: el cielo estrellado, hasta la diminuta gota de miel de la pica ojo.
Vivíamos en la capital de la república, donde, como dice la canción: "Todo es maravilla, donde todo es tan bonito", pero el nombre de nuestra gran casa, ocupada por tanta gente, le había quedado a la perfección: "La Rinconada". Es que está en un rincón de la capital, bordeado por el embalse de La Mariposa y atrás la carretera Panamericana, por donde se sube a los Altos Mirandinos, a Los Teques y al mundo.
Los uniformes que nosotros usábamos para ese trabajo eran pantalones caqui, igual que las camisas. Gorra tipo quepis, como las que usaban los policías de Pérez Jiménez. Botas de goma para el invierno y otras de cuero para el tiempo veranero.
Ahora se podía decir que estábamos bien vestidos. Recordando con nostalgia los primeros pantaloncitos que usábamos, allá en nuestros campos, hechos con tela de saco de harina. Esa tela era muy buena y duradera.
Mira que aquellos caballos, y supongo que hoy será igual o mejor, eran alimentados con avena, maíz, melaza, vitaminas y otras cosas que juegan para bien en la salud del animal.
Esos animales estaban tan bien atendidos y mantenidos, al punto de que muchos de los peones que trabajábamos en las caballerizas hubiéramos preferido ser caballos, por el tratamiento que recibían, que superaba la calidad de vida de la mayoría de nosotros.
Cada domingo se hacían las carreras para que al final de la jornada aparecieran los caballos triunfadores en la fotografía, rodeados de los verdaderos ganadores, todos gordos y bien trajeados. Para que eso ocurriera, ¡cuántas horas y necesidad de los hombres anónimos que vivíamos en las caballerizas! Muchos abandonando a la suerte a sus hijos y mujeres, para ser puntuales en la prestación de aquel trabajo, que no tenía horario y sí fecha en todos los calendarios.
Cada uno tenía su nombre; claro, en su casa, porque en la cuadra, el nombre te lo ponían los compañeros. A mí, aunque había nacido en La Cubanera, por los lados de los cantiles, vía Batatal, me llamaban Guaribe, y durante medio siglo aún los que están vivos me llaman así. Por cierto, cerca de ese lugar nació Juan Esteban, el bandolista.
Por ahí apareció estos días La Loba, que trabajó conmigo y comió con nosotros la sopa guerrillera. A todas estas, yo lo llamo la Loba. Y si me preguntas cuál es su nombre, te diré que no lo sé.
Te diré que yo llegué jovencito al hipódromo y pasé por todos esos trabajos, durísimos por demás, que realizaban los viejos trabajadores. A mí, en el año setenta, me recibieron los viejos que venían de El Paraíso, que fue allá donde se habían formado, y que ellos, a su vez, habían llegado desde Sabana Grande, que era donde se corrían caballos antes aquí en Caracas, y por allá, por los lados que ocupa hoy el Parque Miranda (antes Parque del Este), también la gente echaba a correr esos animales y hacían apuestas.
Fueron muchos los muchachos que pasaban por esas cuadras. No creas que para ser jinete, ellos primero llegaban al hipódromo como aprendices de jockey. Desde la escuela los mandaban a las cuadras para que se fueran familiarizando y conociendo de cerca el trabajo que cuesta preparar a un ejemplar para llevarlo a la pista de competencia.
Llegaban a las cuadras enviados por sus entrenadores. Se ponían a la orden de nosotros los caballerizos. Ese muchacho que se hizo famoso después, de apellido Tovar, fue aprendiz mío, en la cuadra número trece, a cargo del entrenador Eduardo Azpúrua Sosa, y yo lo tuve en la cuadra durante algún tiempo, ayudándome con la limpieza, a atender los animales, a hacer las camas y otros oficios relacionados.
Más adelante, poco a poco, ellos fueron aprendiendo el oficio de montar, por orden del entrenador, quien decía: "¡Este puede montar a tal caballo!".
Esos muchachos tenían que mantenerse en el límite de peso: cincuenta kilos. Porque si no, no podía firmar la monta. Así que tenían que cuidar el pico y mantenerse livianos.
Mira, los entrenadores eran los líderes, los principales de la cuadra. Entre ellos existía la comunicación y el apoyo para que todo saliera bien en el trabajo.
Ellos daban la oportunidad a esos nuevos muchachos, no sin antes decirles una retahíla de consejos para que aprovecharan el chance. Nadie sabía el futuro de esos jovencitos, pero ya, como te digo, así empezó ese Juan Vicente Tovar.
Todos aquellos aprendices obedientes, atentos y respetuosos salían adelante, era casi seguro. Pero la mala conducta se iba rapidito o los botaban, ya que en ese trabajo, donde todos estábamos juntos, como ya te dije, como una familia, no había chance ni tiempo que perder en tonterías.
Más adelante te cuento lo que pasó con Rock and Roll. Aguántame un poco hasta el próximo viernes.
Aquiles Silva
