Palabras... | Comunada parte III
19/02/2026.- De ahí que haya que reconstruir el hogar de la nueva sociedad y su producción colectiva sobre la fecalidad del sistema financiero internacional, las relaciones bancarizadas y el búnker del Estado burgués como centro de acaparamiento, resguardo y continuidad de una cultura dominante. Se necesita vivir y pensar junt@s para cohesionarse, o morir ante tan exagerado poder destructor. Para algo también deberá servir la vida y estar más o menos claros todavía en lo que podemos, en esta hora donde incansablemente empujamos hacia adelante, y no crean que solo por comida y menos con bozal de arepa. Quien quiera herencia de la opulencia, que se faje en la revolución. Ya no estamos tampoco en la época aquella en que se decía: "Voy de caza" o "a pescar la ingesta", ni en el tiempo donde con tal pobreza se pensaba en heredar, y mucho menos tortuosas herramientas que lo que recordaban era el pavor, forjadas con fiebre amarilla en aquella naturaleza. Miles de años hace que se tecnificó la tierra, se hicieron vías de penetración y comunicación urbana, se construyó infraestructura, se desarrolló la invención científica por la vida cotidiana de los que sudaban la gota gorda todos los días, pero heredando, ahora sí, a las nuevas generaciones un incomparable capital productivo con el que sería insólito no poder construir una sociedad de iguales donde podamos comer, vestirnos, tener una educación que no sea cómplice y una salud que llegara mucho antes de morirse. Y desconocemos con qué derecho humano solamente un grupito a nivel mundial se apoderó de ese legado producto del asesinato por vía de la miseria de millones y millones de indígenas, obrer@s y campesin@s. Únicamente con trabajo masivo sin explotación habrá capacidad justa de cosechar una producción para la población mundial nunca imaginada, donde sirvamos para algo tod@s, arrimando indirecta o directamente las manos a la tierra.
Aun más, este suelo nuestro con un sobregiro de tierra de primera baldía a nombre del latifundio, en sus profundidades contiene la mayor riqueza energética del planeta, algo que pudiese entenderse como una bendición, pero también en una presa codiciada para el hambre insólita del ego de los poderosos y su ocio enfermo, que nada más con la riqueza que tienen pudiesen vivir eternamente sin trabajar toda su descendencia indefinidamente, pero riqueza por personal inútil, al fin a ser distribuida. Con la tecnología existente, solamente unos mil hombres y mujeres ubicados estratégicamente y administrados en directo por un pueblo consciente en esas tierras, produciendo en común para alimentar una idea colectiva, pudiesen aportar comida para unas 200 mil familias durante unos 365 días, sin tener que trabajar en un horario de esclav@s y sin tener que depredar el mal llamado oro negro ni la naturaleza.
El problema es entonces distribuir ese capital acumulado de avances científicos y tecnológicos y ser puesto al servicio de la producción para equilibrar la deuda social de las necesidades vitales del pueblo, digamos la tierra, la maquinaria, las carreteras y autopistas, los vestidos, las universidades a la calle, donde el conocimiento deje de estar eternizado en manos de un poder dominante y miserable. Distribuir, pero sin la avaricia como herencia, su degrado como ser humano, ni su historia de explotación y discriminación, ni su altivez ni su arrogancia. Veremos, ¿cómo atajar esa enfermedad? Tal monopolio, cuyo uso ejecutado por vía de la explotación de la energía que contiene el cuerpo y la necesidad de los pobres ha sido capturado históricamente como botín de guerra, por la opresión y las condiciones paupérrimas en que se ha acorralado la excluida y descalza naturaleza humana. Esa banda de magnates protegidos por las leyes de un sistema que fueron creando con el sudor de la pobreza, aún hoy también son dueños mundialmente de gran parte de la cosecha y su red de distribución y casi todo lo que se produce con trabajo campesin@ y obrer@; estos últimos, los mismos que han trabajado durante toda la existencia y la historia completa para crear ese capital de infraestructura y avances tecnológicos científicos. Otro aspecto a señalar es que terminamos creyendo que ninguna revolución deberá ser reivindicativa ni paternalista y sin ninguna lógica de saldo organizado, como si fuera un sindicato diestro. Ahí lo percibimos en más de un millón y medio de casas entregadas a millón y medio de familias. Muchos han llorado en la televisión de agradecimiento, e increíblemente, sin pena ni escozor, pegan en tiempos de elecciones en las puertas de su justo techo el afiche de la o el candidato de la extrema derecha, que, junto a otra caterva de políticos vividores y tarifados, lo que han hecho es desconocer la justicia social de esas políticas.
No obstante, ese saldo organizado de ese millón y medio de familias no ha sido incluido todavía; cosa contraria, las experiencias de los CLAP, organización para la distribución y venta subsidiada de los alimentos casa por casa, que cambian el panorama en tiempos de arremetida del enemigo histórico, sin obviar todavía las taras que aparecen en su recorrido. Habrá que ir mucho más allá de ese reduccionismo inanimado de lo que pasa en tierra, porque cuando una revolución define su rumbo, sabe que la alimentación de la gente es lo que garantiza su independencia y soberanía. Y aunque desde ese mismo momento se deslinda de la represión, tampoco debe olvidar que se inicia la conspiración para asfixiarla. Y a sabiendas de que el pueblo no es vengativo ni retroactivo en su dolor, se ha de enfrentar a todo tipo de violencia organizada, empujada desde los intereses mezquinos de las 14 o 15 familias oligárquicas venezolanas, custodiadas y usadas por el poder financiero internacional, que se ha adueñado de esa mina acumulada de invenciones en cada país capitalista, mientras las o los campesinos y las y los obrer@s y las o los estudiantes, en sus espacios, poniendo el lomo para que ellos sigan agrandando sus ganancias y, además, reproduciendo su sistema y generaciones de relevo; eso es lo que les arrecha, que les trastoquemos su paz sin justicia social, que develemos ese modelo tragagente y comerríos. La paz privilegiada del sistema capitalista termina cuando comienza la liberación de los pueblos.
¿Cómo puede ser eternamente un pueblo magnánimo y que ponga la otra mejilla y que oculte cuando le hierve la sangre y evada la humillación venida de las clases privilegiadas, cuando ese sí es el pan nuestro de cada salario? El dolor histórico y la tristeza de los pueblos que han masificado esta plaga del capitalismo ha sido tanto que no cabe en ninguna alegría. Ese tormento es lo que permite comprender dar el paso a la lucha contra la exclusión que ejecutan sus leyes y el sistema en general. El infierno de la rígida tradición judeocristiana y la cuestionada administración de justicia, tomados de la mano de los folletines jurídico romanos, se acoplan sin dejar nada al azar; la protección y resguardo del privilegio de los trapos de la alcurnia, nombrando similar la mafia política de sus instituciones y la sarta de intermediarios parásitos violentando el pago al consumidor de hasta trescientas a mil veces más de lo que le han regateado al productor. Ineptos favorecidos por la prebenda y el tráfico de influencias, desde donde se enciende el fuego del odio de clases a la vez que se protege el confort. Y al que no le guste se le hará la guerra a través de sus diversas versiones de la violencia, para seguir defendiendo sus mercados e imponerse a otros. De allí que no haya que caer en morales respetuosas de esta ignominia. Decir de una vez por todas que la producción alimentaria como industria de guerra sea para alimentar al pueblo porque la revolución necesita alimentarse independientemente; mientras tanto, que otros hagan la televisión del circo, el festival del postor del corazón, los intelectuales discutan el abecé en los medios privados de risa y de violencia, y la conspiración se ponga su mejor traje de guarimba. Aunque la mejor formación de la educación capitalista sea un pobre con corbata entrando al banco a trabajar y a regañar al pensionado cuando cobra su pensión, este gran objeto funcional sin obsolescencia programada no es más que un exquisito reproductor del sistema que lo explota. Esta máquina de la adulancia, como tantos pobres de derecha, no está en capacidad de entender que todo el esfuerzo moral, ético y práctico es que nadie se acueste sin haber comido, y ningún niño vuelva a oler pega de zapatos para drogarse de olvido.
Definitivamente, da pena y malestar de masas aceptar que este conjunto odiátrico se nombre civilización, cuando comprime gran parte de la fuerza de trabajo en producir toneladas y toneladas de cosas inútiles para un consumo enfermante. Fuerza de trabajo perdida en vender desechos a través de la obsolescencia programada, la maledicencia mercantil, en vez de producir alimentos. No fue para esto que millones y millones de obrer@s y campesin@s dejaron las manos en la fábrica y en el arado, ni a las miserias a que fueron empujad@s y vejad@s, que hicieron los puentes, las carreteras, hilaron el vestido, forjaron el hierro, abrieron caminos nunca pensados y movieron los barcos, sino para crear las condiciones adecuadas del buen vivir de los pueblos y no enriquecer a unos cuantos vivos, adoquinados en bancos, mansiones, islas, corporaciones y ubicados entre las familias más ricas del mundo, abrigadas y protegidas por sus ejércitos, jurisprudencia, religiones y esa cultura de la dominancia. La inteligencia es la mayor materia prima secuestrada en toda la historia por los traficantes de cerebros. Vestida de traje de último modelo, produce y gerencia los bienes amasados por el hambre. Hipnotizados con la bisutería que refinancia el brutal producto interno de la lágrima, se muestran orgullosos de su feliz felicidad. Aún no estamos al cabo de saber los dolores y llantos, la hambruna, los harapos y los sueños de otro mundo posible de esa fuerza sensible de gente, que vivió y murió trabajando toda la vida únicamente para sobrevivir y no dejar morir a su familia, sin darse cuenta del aporte que más tarde legaría a este mundo para que unos pocos poderosos se quedaran con él. La mezquindad ha sido tanta que todavía la dormida humanidad no ha sido capaz de reconocer esa heredad, en cuanto que cada 100 centímetros de tierra cultivada abonaban desesperanza; cada carencia de abrigo en la frialdad de los inviernos se entibiaba con los sueños. Sí, cada pedazo de pan o frijol, cada deleite en el gusto de los magnates y cada calor en sus estufas, cada prenda, cada repuesto, pasó por el arte indígena y la sobrevivencia de las y los obreros y las y los campesinos del mundo. Y así se hizo la historia del “progreso”, entre todos los casi pordioseros de la mano de obra acorralada por la miseria, muertos diariamente de cansancio y de hambre que todavía continúa en el mundo, y que aquí, en Venezuela, se insiste día a día para que esa tragedia humana deje de existir. En este mundo terroristamente explotador, lo único realmente subversivo es la alegría. Gracias a ese contingente anónimo ganado para el afecto y la solidaridad, fue que se hizo entre todos, siendo de todos, y no para que alguien se adueñara de esa extraordinaria riqueza de saberes y hechos. Sin contar la multitud que en el planeta igual se desvive por lograr mantener ese legado y enriquecerlo. No obstante, las empresas, cuando les da la gana, cierran o impiden cultivar la tierra para subir los precios, ya sea botando millares de toneladas de alimentos como pescado o leche, o evitando producir. La diferencia hoy, como siempre, en el mundo capitalista, es que las y los jóvenes que ahora decidan ingresar al trabajo no tienen dónde, ni tierra ni puestos de trabajo en empresas, en comercios, y pare de contar, porque la mayor parte está bunkerizada y entorpecida por manos privadas, y se ven obligados a vender su fuerza de trabajo legalmente por la miseria que les ofrezcan o ilegalmente por debajo de esa. Y no es porque no haya trabajo que hacer, sino que trastocan el mercado con sus agentes y mercaderes, parando o desvirtuando la economía y recayendo esos males, por una parte, en los mismos que le han levantado sus emporios: los obrer@s y campesin@s en quienes cae el alza de precios por escasez, y, por otra parte, confabulándose antipatrias con el poder imperial para tumbar los gobiernos no sumisos. Esa estrategia para una plusvalía mortal para la gente común es el mismo método en cada sociedad capitalista, donde deambulan incontables padres y madres de familia, millones en busca de trabajo explotador porque no hay de otra. Con esos mismos millones de gente, qué belleza no se haría si los medios de producción estuvieran en las manos que trabajan la tierra y la conciencia de clase. La alegría sustituiría ese cáncer social y otro sería el verso en esas inmedibles extensiones de tierra de primera, presas con alambres de púa. En muy poco tiempo también habría la flor en la mesa y el color en las mejillas, pero la perversidad imperial insiste en ser como es, sin importarle el cementerio, en los brazos de los mismos que seguiremos el turno como la sirena de una fábrica; por eso surgen las revoluciones, porque tampoco hay de otra.
La belleza ética del pueblo es no estar pensando en ser importante, sino vivir con dignidad. En su defecto, cuando surge la estampida de la lucha del pueblo que ha hecho la riqueza de los magnates, reorientan sus capitales para préstamos, acciones, bonos o avances de efectivo y no para producir bienes que sacien las necesidades vitales de la gente, que incluso les ha servido y los ha honrado, pero esos tipos no son amigos de nadie, como decía el general Torrijos: "Para negociar con el imperialismo hay que tener una granada bajo el brazo". Y si te organizas por el derecho al trabajo o por forzar un sistema distinto, que es lo que debe ser, entonces te echarán encima la jauría, tribunales, jueces, policías, seguridad en general, a objeto de perpetuar el Estado injusto de una economía burguesa para la acumulación personal de unos cuantos emporios. No puede ser una sociedad en armonía aquella que produce alimentos para los ricos y alimentos para los pobres, vestido y educación para los ricos y otra para los pobres. Ciudades enteras divididas, de un lado los cementerios de la burguesía y en otro el de los pobres, de un lado las grandes casas del confort de los ricos y del otro los techos de los pobres que terminan constituyendo los apartados y arrinconados cordones de miseria producidos por el capital de la podredumbre.
Una filial del apartheid legalizado, de la vida y de la muerte, en plena era de los derechos humanos de la ONU, la OEA y el imperio, que en fin son los mismos. Cuando nos proponemos un sueño, develamos sujetar la palanca que mueve al mundo con el dineral que implica mantener el poder del Estado burgués, a través del costo de los ejércitos, policías, jueces, tribunales, armas, abogados, empleados públicos y en propaganda para la venta agradable del sistema cancerígeno de la dominación, y sumado a la publicidad fraudulenta sobre la obra verdadera de la revolución. Vociferando reiterativamente males inventados y ajenos a la realidad, alcanzaría para acopiar alimentos para el pueblo completo durante unos veinte años, vestidos de la mejor calidad y diversidad, una educación colectiva intrasoberanía para toda la población, salud primaria y sobraría todavía para reforestar el país, proteger los ríos y la fauna, llenar de parques este mundo, que lo que le ha faltado es juego cuando niño, honestidad en sus tesoros e ideales en su educación, y no se tendría que tocar un ápice el petróleo ni mover un dedo para activar el arco minero ni llenar de hollín el cielo de las minas de carbón.
Enloquecer para transformar, pero sin perder la cordura. Y para que se sepa constantemente y no haya olvido, cuando se toma el poder para hacer una revolución, ya no hay descanso y es cuando comienza realmente la lucha, hasta cumplir el objetivo ético inicial. De aquí que individualista es la actitud: acumular sin importar los otros, pero nada de lo que produce el sistema es individualista; es gracias al colectivo que se distribuye en ordeñar la vaca unos, mientras otros las llevan al pasto y la mujer sigue lavando, planchando, cocinando y sembrando para el “amo”, y para que ese producto llegue a la boca de un niño.
Carlos Angulo
