Al derecho y al revés | ¿Derribar el Helicoide?

18/02/2026.- Hay chistes que se repiten de país en país. En ellos, por lo general, el protagonista es un extranjero en quien los nacionales trasladan sus complejos y resentimientos.

Uno de estos chistes, digamos "internacionales", es el de un alemán a quien su mejor amigo, otro de la misma nacionalidad, le confiesa haber visto a la esposa del primero montándole los cuernos en un sofá.

Es el cuento que en Venezuela conocemos como el de "Fritz y Franz" y donde nos permitimos burlarnos de unos nacionales que, por lo demás, aparte de haber conducido al mundo a dos guerras, son considerados como excelentes y disciplinados trabajadores.

La historieta finaliza cuando, en otra oportunidad, de nuevo se encuentran Fritz y Franz y el presunto cornudo le cuenta al amigo cómo resolvió el problemita con su esposa: "Amigo Franz, ese sofá que tanto me gustaba tuve que venderlo, ¡y problema resuelto!".

A mí me parece que, aparte de que los alemanes le dieron al mundo pensadores como Nietzsche, Marx y Schopenhauer, tienen buen equipo de futbol y construyen autos, motocicletas y, en general, muchos productos de buena calidad, no deberíamos los venezolanos burlarnos del buen Fritz, toda vez que estamos a punto de vender el sofá "para que no nos monten los cuernos".

Solo que en nuestro caso no se trata de infidelidades, sino de demoliciones inútiles que, sin embargo, se presentan como "soluciones".

Me refiero a la necedad de demoler El Helicoide, solo porque, como parte del plan esbozado desde el norte, se supone que: A) allí torturan a los detenidos y B) la sociedad pide demolición de esa obra.

Hasta donde se puede atestiguar, ambas premisas son falsas, pero antes, repasemos algo de historia...

La demolición de cárceles como solución al problema de la brutalidad policial es una tradición en Venezuela, tradición inútil a los fines que proponen los demoledores de cárceles.

Una que fue demolida entre aplausos de la ciudadanía fue la llamada "Rotunda", que a la muerte del dictador Juan Vicente Gómez era una cárcel donde convivían los estudiantes con los presos comunes, que en esos días eran pocos.

Esa era una cárcel extraña para la época, porque las celdas carecían de puertas y los grillos los colocaban de noche "para evitar tentaciones". No obstante, la derribaron. Se erigió en su lugar un monumento "a la concordia", que luego fue derribado para permitir la entrada a un estacionamiento.

Derribando La Rotunda, nada se resolvió, salvo la salida de los presos políticos. Más adelante, en Caracas funcionó el llamado Retén de Catia, donde convivían presos y detenidos.

En esa cárcel se cometían desmanes y cogió tan mala fama que aprovecharon la primera visita de un papa a Venezuela para derribarla, con lo cual seguimos los venezolanos vendiendo el sofá a manera de solución al problema de la infidelidad.

Tanto en La Rotunda como en el Retén de Catia, y ahora en El Helicoide, se afirma "que allí torturan", sin ninguna prueba, y peor, porque cuando a los presos se les anuncia que serán trasladados, digamos, desde El Helicoide, afloran las protestas para evitar cambios.

Eso lo vi y lo sigo viendo en El Helicoide durante mis ya largos 23 años como juez de paz: ¡presos que amenazan con huelgas de hambre por malas condiciones, pero protestan si los van a cambiar!

¡Y nosotros vendiendo los sofás!

El Helicoide fue y es un elefante blanco que, a la caída de Pérez Jiménez, terminó, como muchas obras inconclusas, en manos de la nación.

Era una obra inútil que salió como trabajo de concurso cuando llegaban los centros comerciales, que hacía inútil ir a dar vueltas de hélice para pararse a comprar varias veces.

Para lo único que ha servido es como cárcel, y, si la derriban, habrá que construir otra, en una ciudad donde no hay sitio para otra cárcel, ahora que los recursos menguan con Donald Trump administrando, a su leal entender, nuestro petróleo.

De manera que la tortura, que no se puede aplicar legalmente debido a la Constitución de 1999, si aparece, hay maneras de denunciarla y castigar a los torturadores, pero derribar El Helicoide equivale a vender el colchón...

 

Domingo Alberto Rangel


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