Punto y seguimos | La solidaridad de Venezuela, una víctima más...

de la guerra cognitiva

17/02/2026.- Como parte de la guerra híbrida y multiforme que se ha aplicado a Venezuela en las últimas décadas, el país y su población han sido escenario de lo que se ha definido como guerra cognitiva: "Concepto académico y militar emergente que tiene como objetivo abordar la explotación de la cognición humana y la tecnología para perturbar, socavar, influir o modificar la toma de decisiones humanas" (Deppe, 2024). Existen numerosos ejemplos que dan cuenta de ello, especialmente en lo que concierne a la percepción de la identidad del venezolano, tanto interna como externa; afectada y modificada por estos laboratorios, que apuntan a alterar la forma en que el cerebro procesa la información, haciendo confusa la distinción entre realidad y ficción, acentuando la polarización y generando sentimientos de desmoralización, desarraigo, odio y otros.

En este contexto, se puede analizar apenas una arista a modo ilustrativo: la denostación y la minimización de la solidaridad venezolana, tanto en su valor idiosincrático como en su correspondiente expresión a nivel institucional o de Estado. El venezolano se autopercibe como solidario y dispuesto a dar la mano a quienes lo necesiten. Esa es una percepción histórica, sustentada en hechos: desde la guerra de independencia, en la que Venezuela libera y no conquista, aun a costa de la pérdida de millones de vidas y de su estructura económica en nombre de un ideal, hasta la recepción amable y positiva de migrantes afectados por conflictos como la Segunda Guerra Mundial, las dictaduras del Cono Sur o la violencia del narcotráfico; pasando por la presencia rápida y activa en situaciones de crisis humanitaria y catástrofes naturales en todas partes del mundo. La solidaridad es un emblema autorreconocido de la venezolanidad. Sin embargo, no suele reconocerse a nivel internacional en su justa dimensión e incluso ha llegado a ser juzgada por connacionales víctimas de esta guerra cognitiva, que apunta a la deformación de uno de los pilares fundacionales del ser nacional.

Un país que se afirma en un valor tan profundamente anticapitalista como la solidaridad es, por principio, peligroso para el sistema. Quien está dispuesto a dar solo porque puede y quiere supone una evidencia de la avaricia e injusticia propias de la lógica de la acumulación, y por eso ha sido uno de los puntos atacados constantemente en los últimos años. ¿Cómo? Pues con ciclos masivos de desinformación en redes, con miras a la destrucción del sentido de pertenencia y valores propios, a través del posicionamiento de narrativas de "país destruido" y "crisis humanitaria", que llevan a la radicalización de posturas y la falta de raciocinio ante valores que, desde un punto de vista personal, aún se defienden. Los migrantes venezolanos han sido en este punto de los más afectados, arrogándose para sí el mote de "venezolanos solidarios" y negándolo si las expresiones provienen de dentro del territorio o, peor aún, si son parte de una política de Estado, como las que se han evidenciado en los gobiernos de la Revolución Bolivariana.

En ese sentido, los programas como Petrocaribe, Misión Milagro y hasta las misiones de rescate de la Fuerza de Tarea Humanitaria Simón Bolívar, se han manipulado en la percepción de su intencionalidad, cambiando un valor histórico del país (desde antes de 1999) por la instalación del concepto de "regalar el dinero" o de "compra de amigos", y una supuesta dicotomía de "dinero para los de afuera y miseria para el interior", en una narrativa que caló a pesar de la obvia contradicción y de las mentiras que suponían. Poco importaba que, por ejemplo, fondos de solidaridad como los de Petrocaribe fueran créditos a largo plazo; la campaña llevaba a la percepción de que se sacaba dinero en efectivo que pudo ir a hospitales y escuelas, para ser "regalado" a las islas del Caribe, las cuales también fueron estigmatizadas junto a otras naciones que, para muchos grupos, dejaron de ser "hermanas" para pasar a ser poco más que parásitos de la renta nacional (¡supuestamente en quiebra!).

Así las cosas, se fragmentó la visión de la solidaridad, y cierto grupo de venezolanos dejó de sentir orgullo de su liderazgo regional, amparado en una visión egoísta y contradictoria que continuó destacando la solidaridad nacional, pero solo desde el punto de vista de grupos desligados de la institucionalidad, generalmente migrantes, que además se presentan ante el mundo como la cara de la única y verdadera venezolanidad. La Venezuela Bolivariana que ha sido, sin lugar a duda, una fuente de ayuda inestimable en la supervivencia de muchas naciones, expresando un valor idiosincrático en políticas de Estado en sus 26 años de gobierno, ha visto reducido ese activo diplomático a poco más que meras menciones, y siempre pintadas con visos de duda, desprecio o desaire, a causa de la aplicación de esta guerra cognitiva que, lamentablemente, pareciéramos estar perdiendo al no defender con mejores estrategias y ahínco un rasgo definitorio nacional que se traslada a nuestra acción institucional, tal y como lo demuestran los datos y la historia.

 

Mariel Carrillo García


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