Micromentarios | Tibios, miedosos e imparciales
17/02/2026.- Hace algunos años, en el edificio y en el sector donde vivo en Valencia, tuvimos problemas graves con el suministro de agua. El líquido era —y es— provisto por la empresa estatal Hidrocentro, pero esta no tenía la culpa de lo que nos sucedía...
Nuestro problema nacía a poco más de dos kilómetros de distancia, en la tubería matriz desde la cual se distribuía.
En su trayecto hasta nosotros, se atravesaba un centro comercial con cuatro bombas de succión e igual número de edificios que contaban con una cada cual. Ello impedía el flujo normal del agua hasta las últimas manzanas de su recorrido total. Nuestro edificio se hallaba en la manzana final del viaje y el fluido nos llegaba muy disminuido... cuando llegaba.
Eso nos obligaba a contratar camiones cisterna, cuyo costo aumentaba según una inflación particular, que poco tenía que ver con los aumentos de precios de entonces. La inflación nacional consistía en un alza de un tanto por ciento, en tanto la de los proveedores de agua estaba siempre por encima, una o dos decenas de dólares más arriba.
Un vecino de la urbanización le propuso al gobernador Rafael Lacava una salida que consistió, simplemente, en conectar una pequeña tubería al distribuidor de agua que la lleva a la ciudad hermana de Naguanagua, con miras a surtir las seis últimas manzanas del sector. Lacava ordenó casi de inmediato que se remediara el problema y bastó una tubería de doce o quince metros de largo para solventarlo.
Antes de que esto ocurriera y para enfrentar particularmente el problema del agua en nuestro edificio, se me ocurrió adquirir dos tanques plásticos de los azules, cada uno con capacidad para dos mil litros. Esos cuatro mil litros podrían servirnos de reserva para aguantar hasta cuando el líquido nos llegara, algo que ocurría una vez a la semana.
Una vecina que siempre se opone a todo cuanto los demás habitantes del edificio propongamos para el bienestar de quienes convivimos en él —principalmente, si lo hacemos mi esposa o yo—, se negó a secundarnos.
Sin embargo, su oposición no se redujo a decir que no estaba de acuerdo y a votar negativamente cuando nos reuniéramos para tomar la decisión definitiva; inició, además, una campaña entre el resto del vecindario, no solo rechazando el gasto —que, en aquel momento, era costeable por nuestro condominio—, sino lanzándose también a despotricar contra mí, que era el autor de la idea.
Me acusó de que, según ella, yo recibiría dos comisiones por la puesta en práctica del plan: una por la compra de los tanques y otra por su instalación.
Su calumnia encontró eco en un vecino que no vivía en el edificio, porque el dueño original del apartamento era su padre, quien había fallecido hacía poco. Lo convenció y él votó junto a ella en contra del proyecto. Eso no afectaba el resultado, porque contábamos con cuatro votos a favor. O eso creímos...
Como se armó una discusión fuerte entre dicha vecina y los que estábamos dispuestos a solucionar el problema del agua, otra propietaria de un apartamento que nos apoyó hasta ese momento optó a última hora por declararse imparcial. Adujo que ella no quería involucrarse en ningún conflicto vecinal y no votó a favor ni en contra.
La decisión fue tres votos a favor, dos en contra y uno nulo. Aunque los que estábamos dispuestos a arreglar el problema del suministro de agua éramos mayoría simple, el voto nulo nos liquidó.
En ese momento comprendimos que las personas tibias, las que tienen miedo de involucrarse en las soluciones de los asuntos de la vida, al no tomar posición, en realidad, sí lo hacen y se ponen de parte de aquellas y aquellos que no quieren soluciones, sino mantener los problemas vivos para tener de qué quejarse.
Eso sucede no solo a nivel vecinal. También sucede en el ámbito político, donde las posiciones tibias, las de los indecisos, los miedosos y los imparciales le restan energía al trabajo de quienes se empeñan en hallar soluciones.
Armando José Sequera
