Vitrina de nimiedades | El país que queremos ver

14/03/2026.- Sentirnos dueños de la razón debe entrar en la categoría de energizantes naturales. Ni el mejor cóctel de vitaminas logra lo mismo que esa sensación de victoria capaz de hincharnos el pecho, reconfortar nuestro ego y ponernos a ver el mundo con altivez. Nos sentimos dueños de una inteligencia supuestamente indescifrable para la ciencia y que, al mismo tiempo, pretende colocarnos en un escalafón moral muy, muy superior. Por la razón que sea (dopamina, cámara de eco, burbujas digitales), esa condición se exacerba en redes sociales, ese juzgado implacable mediado por los teclados. Pongamos la palabra “Venezuela” a la ecuación y tendremos una experiencia digna de análisis, si queremos encarar el futuro, claro.

Si algo tienen las redes sociales es ese poder de maximizar posiciones radicales y casi invisibilizar coincidencias, una condición que se acentúa en momentos de crisis. En ese sentido, nuestro país ha sido una prueba particular, pero desde el 3 de enero se abrió una nueva etapa en la confrontación de posiciones, ya no entre ellas, sino con la realidad misma. Los adversarios no son quienes piensan distinto, aunque hacia ellos se dirijan los mensajes de algunos grupos, sino los signos del momento político que estamos viviendo.

Basta darle un vistazo a X, la red social donde más se aprecia la “conversación” pública sobre política, para darnos cuenta de esos tropiezos diarios con la realidad. Un encuadre conveniente, una frase suelta, una pausa, un gesto, un apretón de manos puede ser el origen de los más disímiles análisis semióticos (¿Qué habría hecho Umberto Eco con todo eso?). Hasta los códigos de protocolo y ceremonial de Estado se han visto vulnerables ante las lecturas de quienes buscan en la realidad argumentos para sostener sus posiciones, así estén divorciadas de lo evidente.

El conflicto con lo real podría ser un fenómeno aislado o irrelevante, si asumimos la premisa de que cada quien se engaña como quiere, pero se convierte en un tremendo problema cuando se disemina entre influenciadores en un momento tan complejo para una nación. Una cosa es ver una idea chocar con lo cotidiano y otra, reconocer que nuestra visión no es sostenible. Si dentro de esas voces autorizadas se presenta ese conflicto, entre sus seguidores, ávido de alguna explicación, la confusión es aún mayor. El usuario común de redes, acostumbrado a un discurso homogéneo y afín a sus expectativas, puede estar cada vez más extraviado como ciudadano si no ve más allá de su círculo habitual.

Las líneas anteriores, en efecto, no son nada nuevo bajo el sol. Pero en un país que enfrenta una etapa inédita, no es un asunto menor precisar desde dónde estamos viendo lo que nos ocurre. La guerra por las percepciones es tan compleja que, sin importar cuán sumergidos estemos en una situación, la batalla ya no es tener la razón, sino alejarnos de la realidad. Ese es el principal riesgo cuando tratamos de escrutar al país que queremos ver.

Rosa E. Pellegrino 

 

 

 

 

 

 

 

 


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