Aquí les cuento | Bucéfalo. 1

13/02/2026.- En el hipódromo había tanta gente de mi pueblo, y yo llegué empezando los años setenta.

Todos los guariberos sabíamos bregar con los animales. Imagínate tú que en esa época no existían más que caballos y burros para uno moverse de un lado a otro.

Ahora en estos tiempos es que ves esa cantidad de motos por todos lados, y son pocos los campesinos de nuestros pueblos que usan las bestias, porque prefieren echarles gasolina a los tanques que andar pastoreando a un caballo. Dígame usted cuando andan detrás de una yegua ruina y uno tiene que bregar en los pajonales y montañas con esos bichos marantos que, por muy dóciles y amigos tuyos que parezcan, te desconocen y se barajustan.

Bueno, en ese sentido las motos son una ventaja. Pero es como todo: los animales se enferman y las motos se accidentan y hay que ponerles repuestos para poder usarlas. Pero aquí entre nosotros, yo que ya estoy viejo, me pongo a pensar siempre en lo importante que es un caballo para los campesinos.

Cuando estaba jovencito, siempre tenía una buena montura que me moviera por donde yo quisiera, y si uno se iba de fiesta y se echaba unos palos y se emborrachaba, bastaba que pudiera aguantarse en la silla; el caballo te regresaba solito hasta tu casa y tú montabas en ese animal y recorrías todo el trayecto dormido y ni te dabas cuenta cuando tu familia, tu mujer, si la tenías, o hermanos te metían en el catre o el chinchorro, donde descansabas.

Con las motos no puedes hacer eso. Mira que da dolor en estos tiempos tanto muchacho muerto en esos accidentes que ocurren en Caracas y en todos los pueblos y ciudades del país, y otros que quedan patulecos sin poder servir para nada, porque se han hecho tanto daño.

Y me han dicho que en los hospitales hay salas exclusivamente para los lesionados fracturados. Y que esas salas, por la vieja costumbre que tenemos los venezolanos de ponerle sobrenombre a todo, las llaman con el nombre de la marca de las motos: que si Sala Empire, Ky Way, y yo qué sé. Lo cierto es que ayer en un noticiero de la radio, que hablaba de economía, escuché que actualmente andan rodando en Venezuela seis millones de motos. Lo que quiere decir que hay una moto por cada cinco habitantes.

Pero volviendo al caballo de carne y relincho. Cuando me vine de Guaribe para Caracas, uno no sabía nada de lo que a trabajo se refería. Pero por ser campesino y bregador de las faenas del campo, ahí estaba algo que se parecía a nosotros: los caballos. ¿Qué más, pues? Pa'llá nos vamos.

Ahí siempre estaba el viejo Máximo Guaita, que nació en La Cubanera y que parecía que se había traído de su campo un pedazo de bahareque en la camisa de caqui que usaba, y el pantalón amarrado con mecate que empezaba a subir desde sus alpargatas hasta la cintura.

En esos años setenta había en el hipódromo La Rinconada treinta y cinco caballerizas y cada una llegaba a tener hasta cincuenta y dos caballos. Mira que había bastante trabajo en ese tiempo. Tú que sabes, saca la cuenta de cuántos animales había para ese entonces: mil y pico largo de animales (1.820).

Cada caballeriza tenía quince caballericeros. Trabajo era lo que había, mucho trabajo. Además de dos aprendices, que uno mismo recibía en las caballerizas para que recogieran la bosta de los caballos. En ese trabajo, esos muchachos pasaban hasta un año sin cobrar por el hipódromo, que era el que nos pagaba; de ahí cada uno de nosotros le daba cinco bolívares al aprendiz. Y si en un año esos aprendices se portaban bien, nosotros los recomendábamos al sindicato para que quedaran fijos en la nómina y se fueran formando como caballericeros.

El hipódromo fue el lugar de llegada de muchos jóvenes que venían de todo el país, sobre todo campesinos y llaneros, que siempre tenían a un conocido y a un familiar que se acercaba y podían dormir sobre los bultos de paja que se tienen ahí para alimentar a los caballos.

Si tú, por ejemplo, eras un muchacho criado en el campo, como nosotros que veníamos de Guaribe, del Valle, de Uveral, de esos lugares, no tenías ningún problema. Uno llegaba y se quedaba viviendo en las caballerizas, donde teníamos chinchorro o improvisábamos una cama con cartones sobre los bultos de paja y en cualquier rincón uno se acomodaba.

Por la comida no había problema, porque ahí uno improvisaba una cocina en cada caballeriza y comíamos la mayoría de los que veníamos de afuera, ya que los que tenían su familia en Caracas siempre llevaban su vianda con la comida desde sus casas. Pero también comían con nosotros, ya que éramos como una gran familia, entre hermanos que, desde las cuatro de la mañana, estábamos compartiendo el café y empezando la tarea de atender los caballos que, por cierto, son muy exigentes, ya que a cada uno de nosotros nos tocaban tres animales, porque así lo había peleado el sindicato, porque si hubiera sido por los dueños, nos dejan los quince animales a un solo trabajador. No creas, el trabajo era duro, muy duro, ¡carajo! Pero uno estaba acostumbrado.

 

Aquiles Silva

 

 

 

 


Noticias Relacionadas