Letra veguera | Entre el perreo y el babieco de Trump
12/02/2026.- Por estos lados nunca nos importó el fútbol de los cascos y las hombreras. Por aquí, el fútbol se juega con los pies. Aun así, de pronto, un alboroto televisivo digital nos presentó un nombre que, según la pantalla, ya iba por su edición número 60: era el Super Bowl o el Supertazón, para decirlo en nuestra lengua.
Lo que me detuvo no fue el juego, sino que todo el mundo quería ver a un tal Bad Bunny reclamando el centro del escenario, tomando posesión de uno de los espacios más gringo del planeta, todo en español. No era solo ritmo y piruetas.
El espectáculo, que tiene una duración de medio tiempo, se transformó en una especie de manifiesto. La puesta en escena era pluralidad. Fue un señalamiento directo contra la violencia y el racismo, poniendo el dedo en la llaga sobre la agencia de inmigración estadounidense (ICE).
Quizás contradictorio, vimos una "declaración de principios" desplegada en el altar del capitalismo, donde un segundo de publicidad cuesta más de lo que muchas familias verán en su vida.
¿Es posible ser subversivo cuando te rodean marcas multimillonarias? Es ahí donde debemos repensar los territorios virtuales: Benito no solo cantaba en un estadio: ocupó el imaginario de un país que a veces prefiere que los latinos se queden solo en la cocina o en el campo, pero no en el prime time.
El espectáculo no tardó en despertar a la bestia naranja de Trump, quien no escatimó en mayúsculas para vaciar su desprecio en las redes: "¡El espectáculo de medio tiempo es absolutamente terrible! No tiene sentido, es una afrenta a la grandeza de Estados Unidos... Nadie entiende una palabra de lo que dice este tipo y el baile es repugnante".
Para Trump, la excelencia se mide en el mercado de valores y en los planes 401(k), no en la diversidad cultural. Su crítica no fue solo estética; fue una defensa de una frontera simbólica que Bad Bunny acababa de saltar sin pedir permiso y con ese español puertorriqueño, porque a pesar de ser colonia, no le han quitado su lengua, sus trotes silábicos, su lírica, así como a los andaluces, ni los moros ni los reyes les han arrebatado esa sonoridad del lenguaje, que cuando agarra vuelo, como una saeta, parece cantar hondo como los gitanos orilleros de la península ibérica.
El "hacer a EE. UU. grande de nuevo" parece no incluir ritmos que no se canten en inglés.
Después de todo, esto es cierto, que todo forma parte de la industria del espectáculo, pero si molesta a Trump, bienvenido sea.
Mientras en el estadio se bailaba al son latinoamericano, en los pasillos del Congreso en Washington se gestaba otra batalla. Los demócratas lanzan un proyecto para anular la doctrina Monroe. Sí, esa vieja idea de 1823 de "América para los americanos" (refiriéndose, claro, solo a los del norte) que ha servido para justificar intervenciones durante dos siglos, bombardear países, matar inocentes y hacer grande a su país por medio del robo de nuestras riquezas naturales con su doctrina unilateral.
Tal vez la iniciativa tiene poco chance de avanzar, pero se inicia el debate.
Entre el "perreo" político de Benito y el babeo rabioso de Trump, queda claro que esta Supertaza 60 fue mucho más que un partido; fue el recordatorio de que los territorios (reales y virtuales) están en plena disputa.
América ya no es una sola o, al menos, ya no se deja definir por una sola voz.
Federico Ruiz Tirado
