Psicosoma | Rehacernos humanamente

Para mi amado Nomar Oporte

 

10/02/2026.- "A la rapiña, el asesinato y el robo, llaman los romanos con el mal nombre de gobernar; y donde crean un desierto, lo llaman paz". Esta frase de Calgaco resuena hoy más que nunca. Como bien señaló Cicerón: "Los hombres muestran quiénes son cuando tienen el poder".

Somos proyectos en reacomodo constante, páginas inconclusas, pero nunca en blanco; siempre seremos contados, pintados, escritos o cantados por trovadores. Si "la vida es una fiesta que un día termina", esta quedará registrada en crónicas, relatos o memorias. En estos tiempos, nadie es inmune a la rueda violenta de la socialización o la desaparición.

Las relaciones humanas son más fructíferas cuando aceptamos las diferencias y entablamos fricciones comprensivas con ternura humana. Son peleas entre hermanos y hermanas que no deben culminar en asesinato; sean enemigos o adversarios, nadie merece ser "ninguneado" o desaparecido. Las "batallas de ideas" nos enseñan a convivir con la divergencia en el pensar, el actuar y el amar. Sin embargo, solo con leyes y normas claras se dinamizan los deberes y derechos de la ciudadanía.

No se puede convivir con la corrupción de quienes se hacen los "sordos, ciegos y mudos" ante sus camarillas cómplices mientras roban el erario público. Es inaudito que, al denunciarlos con documentos, el denunciante sea señalado por no estar amparado por la venia de un partido. Esa fue la democracia del "está barato, dame dos" de la corruptela de Carlos Andrés Pérez y la "blancura" adeca, seguida por los "verdes" copeyanos con sus desapariciones y el lema de "dispara primero y averigua después".

A veinticinco años de la revolución chavista —antiimperialista y humanista— se fraguó la Constitución Bolivariana, otorgando poder protagónico al soberano a través de las comunas y elecciones ganadas a pulso, "pateando la calle". Errores y corrupción existen, y en este devenir deben retomarse nuevos caminos. Aun así, jamás debemos aceptar a un "san Trump" ni olvidar el bombardeo y la presión psicológica a la que estamos sometidos, al igual que el resto del mundo. Jamás hay que ceder: "Quien está en posición de debilidad solo tiene la libertad de capitular". Si lo hiciéramos, perderíamos la dignidad y la libertad.

Una de las grandes dificultades de los gobiernos de turno es la incapacidad o falta de voluntad para percibir los errores propios; solo aplican castigos a quienes no pertenecen a su grupo, mientras avanza la indiferencia ante un pueblo sufriente que hace lo indecible para sobrevivir. No podemos permitir que se repitan los ciclos violentos del pasado. A propósito de la Ley de Amnistía, es urgente reconstruirnos con esperanza, evitando que primen los rencores, la venganza o una vendetta que nos sumerja en un eterno ritornello.

La revisión y el accionar nos competen a todos. No podemos seguir perdiendo el tiempo en "peleas de borrachos por la botella vacía". No digo que el diálogo y el perdón no sean vitales, pero el hambre biológica y espiritual levanta contrarrevoluciones. La aplicación de la Ley de Hidrocarburos, con reglas claras en su pago y ejecución de obras inmediatas —así como un salario digno— son el oxígeno que el pueblo necesita.

Es imperativo erradicar las corruptelas de los mismos grupos que rotan por diferentes ministerios. Hay que abrir el compás para que existan pesos y contrapesos en este nuevo juego político de orden y paz social. Estamos al filo de una guerra y las incertidumbres son caldos de cultivo. La esperanza se teje con hechos. El petróleo y los minerales están en el subsuelo venezolano y las reglas del juego deben ser tan claras como en un partido de fútbol: con cancha, balón, jugadores y patrocinadores definidos.

Los estadounidenses son pragmáticos. Nosotros conocemos la cancha petrolera y tenemos el balón con excelentes técnicos e ingenieros formados en nuestra tierra. En este juego, debemos saber negociar con leyes bien redactadas, pero jamás rendirnos. El país necesita drenar y hacer catarsis a través de los medios masivos. Un gran activo es el corazón guerrero del caribeño venezolano, que aprendió a reírse de sí mismo; somos inmortales en esa chanza sobre la vida y la muerte.

Los partidos políticos en el mundo están de capa caída. El abstencionismo crece y supera el perfil de presidentes convertidos en actores de Hollywood. Figuras como Milei, Chávez o Bukele poseen una impronta personal que parece salvarlos de errores terribles; es un "efecto teflón" que les perdona desmanes y los mantiene impolutos mientras expropian o privatizan. Por otro lado, la cartilla del supremacismo de Trump carece de humanidad; solo le interesa el brillo del "oro negro". Sus etiquetas de "narco-Estado" o "terrorismo" se agotaron frente a un pueblo resiliente que ama la paz, la alegría y el "bochinche", y que ya se prepara para las elecciones de las reinas de carnaval.

Las diferencias individuales son necesarias para alcanzar acuerdos básicos que permitan el estado de felicidad de una población heterogénea. ¡La utopía es posible! Vivimos un cambio de época, al borde de un apocalipsis nuclear entre Estados Unidos e Irán. Ojalá la sabiduría de los imanes venza el odio. No debemos renunciar a la diplomacia del diálogo. Todos los seres humanos queremos vivir en libertad y satisfacer nuestras necesidades primarias y secundarias, tal como sostenían los humanistas de la "tercera fuerza" en psicología, liderada por Abraham Maslow y Carl Rogers.

¿Cómo se puede vivir en paz interna y externa si los medios de comunicación intoxican, azuzan rumores, promueven linchamientos e inducen a la muerte? La historia universal muestra que la especie humana es resiliente. Hemos superado guerras mundiales y hoy tenemos los recursos tecnológicos, científicos y alimentarios para vivir en paz con justicia social. Sin embargo, el reparto mundial yace en pocas manos mientras el sur global se depaupera. Las tres "A" (América, África y el sur de Asia) sufren la pobreza por la codicia colonialista. Como dice la canción: "Pensaba que contigo iba a envejecer / en otra vida, en otro mundo podrá ser. / En esta, solo queda irme un día / y solamente verte en el atardecer".

 

Rosa Anca


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