Tejer con la palabra | Ni fuimos humanos ni Roma cayó. Parte I
Las mentes amordazadas
trabajan para ellos
te tienen vigilada
no dejes que te succionen
piensa, piensa, piensa
eres libre como el amor
Teresa Ovallez Márquez
08/02/2026.- Cual Chihiro, transitaba por un río rojo en un barco dominado por un grupo de personajes siniestros quienes nos sometían a través de la violencia. Era el único lugar donde podía estar. Había una mujer joven, morena y de largas trenzas que amamantaba sin cesar a todas las criaturas que lo ameritasen. Ella me dijo que había que buscar con urgencia a “La Madre” y usó artimañas, ayudada de unos seres pequeñitos, para detener el barco justo en el sitio en el que debía bajarme. Me señaló por dónde buscarla, entré en un pasadizo, se abrió una puerta y vi a una mujer muy parecida a la otra, pero más madura. Encima de un bello cojín y un hermoso tapiz, amamantaba a un bebé cubierto con una manta rojo rubí, bordada en deslumbrante pedrería. Cuando le conté la situación, enseguida se levantó y, resuelta, comenzó a a pararse para la guerra. Dejó al bebé en ese cuarto y pasábamos a otros cuartos cuyas puertas se encargaba de cerrar muy bien. Mientras, sin parar de caminar por entre pasadizos, me preguntaba más detalles sobre la situación a bordo. Le pregunté por el bebé, si lo dejaría solo. Me dijo que al ella irse al barco, la otra madre la reemplazaría. Hasta allí llegó el sueño que tuve una de estas noches en medio del shock, las preguntas y el asco por la lista y demás revelaciones del caso Epstein.
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Cuando le propuse a la editora de Voces publicar notas de opinión por un tiempo, antes de pasar a nuestra habitual pauta editorial (reseñas literarias), me sugirió que escribiésemos sobre estrategias psicoemocionales para sobrellevar la conmoción tras los ataques a nuestro país. Esto fue hace algunas semanas y dije que sí. Por cierto, un artículo que escribí sobre nuestro derecho a hacer duelos debe estar por salir en la Columna de La Araña de esta misma sección, nota que ya tenía escrita, antes de la nueva oleada de noticias Epstein. Pero, en este nuevo y desolador escenario mundial ¿cómo iba a ser capaz cumplir con el compromiso con la editora? La perturbadora imagen de esos cretinos sin escrúpulos comiendo bebés me asaltaba en el día a día. Violar niñas y después las matarlas si ninguna compasión, entre otras atrocidades develadas, han causado en el mundo estupor, un desencuadre cognitivo-emocional: una ruda disonancia cognitiva. El mundo humanizado en el que creíamos se nos derrumbó, como aquel tema ochentoso de Enmanuel.
Sin embargo, a mis 50 años, he adquirido la capacidad de reponerme a través de un inminente giro de pensamiento hacia un lugar distinto en situaciones similares. Ese lugar es un punto de donde, por perturbadora que resulte la situación, me puedo aferrar con la palabra “esperanza” como una máxima indisoluble. En este caso, particularísimo e inédito, sinceramente creo que la estrategia no está en recurrir obstinadamente a las ideas del pasado, por ejemplo, a la ya caduca noción de humanidad.
El concepto de humano se reafirmó con la Ilustración, el liberalismo y la modernidad. Los bien ponderados “derechos humanos” surgen en medio de la abolición de la monarquía y la idea de la herencia divina por parte de la burguesía, retomando las nociones grecorromanas de democracia y república. Pero recordemos que en su génesis llevan la indeleble impronta de “los derechos universales del hombre”. Lo que pretendió ser un genérico universal: “el hombre”, es una falacia. Es decir, no es cierto que se universalice tanto como para que entrara “la mujer” y otros seres no considerados “ciudadanos”. Bien sabido es que en toda la historia de la filosofía (madre del derecho y desde Aristóteles hasta Marx), nunca se concibió a la mujer como sujeta política ni de derecho; no era un ser pensante, racional, ni con agencia propia. Siempre fuimos “el eterno otro”: la alteridad, para usar un término de Simone de Beauvoir. Tampoco entraba allí quienes no eran considerados humanos, ya que “hombres”, “ciudadanos”: personas con deberes y derechos para la construcción de las nacientes repúblicas, en el ideario liberal eran solo hombres blancos, mayores de edad y propietarios. Ergo, infancias, personas racializadas y pobres, no entran en la ecuación.
De modo que la concepción actual de jurisprudencia, la misma que en las universidades se monta sobre el derecho romano, es la que dio cabida a la erección de los Estados-nación, incluyendo los nuestros después de las tan bien apreciadas independencias. Todo ese aparato liberal está vivito y coleando, con una separación, que no es de poderes sino de privilegios, y por más que queramos creer que “hemos evolucionado”, seguimos con este lastre, ahora más que nunca. El imperio romano nunca cayó, solo se transformó con una fundamentalmente arcaica concepción de democracia y de república que el mundo ya no puede sostener, porque en el fondo solo prevalece la ley del más fuerte: el imperialismo.
Penélope Claret Toro León (Caracas) Escritora, licenciada en Pedagogías Alternativas, mención Gestión Cultural de la UNESR. Se ha dedicado al periodismo, a la promoción de lectura y a la investigación. Es investigadora del Programa Estímulo a la Investigación JC. Mariátegui del Celarg. En LaInventadera.com mantiene una Columna: Trapitos al sol. En la sección Voces de Ciudad CCS coordina un equipo de escritoras y editoras con la columna de reseñas literarias de libros escritos por mujeres Tejer con la palabra, nombre que también lleva el colectivo de mujeres de la que es fundadora. Algunas de sus crónicas han sido publicadas en UTOPIX, LaInventadera y en la Antología Caminando la crónica (2025) de Editorial La palabra vasta. Otras publicaciones: el cuento infantil El vuelo de las cosas más sencillas, en homenaje a Aquiles Nazoa (UTOPIX, 2020) y Traspatio (Editorial Fundarte, 2024).
