Letra fría | Guillermo de León Calles 

08/02/2026.- El problema con la muerte es que, si le das cuerda, te va a costar una bola dejar de escribir sobre ella, a no ser que tomes una decisión drástica de vetarla por un tiempo, como me ha tocado hacerlo en más de una oportunidad, por más antidemocrático que parezca; sin embargo, no será fácil desprenderse de ella totalmente, porque por ley de vida, ella es el destino fatal, y quienes andamos entre 70 y 80 estamos en la recta final, para no hablar de quienes pasan de 90 y hasta de 100, o mejor decirlo en tono de ranchera: "La vida es la ruleta en que apostamos todos", y tarde o temprano saldrá nuestro número, y no precisamente para ganar, si no, que lo diga Cuco Sánchez en Fallaste corazón.

Bueno, en eso andaba cuando me entero por César Seco o por Fragui de la muerte del buen amigo Guillermo de León Calles, poeta, periodista, dramaturgo y docente, miembro de la Academia Venezolana de la Lengua, por más de cuarenta años, cronista oficial de Punto Fijo en el municipio Carirubana, del estado Falcón. Fundador del Ateneo de Punto Fijo, cuya dirección ejerció. Además, fue asesor del Consejo Nacional de la Cultura (Conac) y del Instituto Cultural del Estado Falcón (Incudef). Fue uno de los fundadores del Sistema Nacional de Orquestas Juveniles e Infantiles de Venezuela en 1983, y un pocotón de cosas más.

Pero más allá de todo eso, era un coleccionista de amigos, de Alí Primera, La Chiche Manaure, de los hermanos Colina, Gustavo e Israel, los Sierra, sobrino de Solano Calles, aunque es menor que él, aunque ahí cerquita, obvio que Seco y Fragui, pero no sigo nombrando porque no caben todos y presiento que puedo olvidar algunos claves. Lo importante es que era querido por todos; los de Gustavo Colina hablan de ese afecto inmenso, la décima de Darvin Romero Montiel, el texto de Israel Colina dándole el título de poeta de la ternura, y muchos escritos condolientes.

Pero me sorprendió el de Gonzalo Fragui, siempre con sus ocurrencias y su fina prosa, porque sospecho que no sabía yo lo del programa de radio. “En esa época, hace ya mucho tiempo, un poeta llamado Guillermo de León Calles tenía un incompleto programa de radio que se llamaba Un bolero y parte de otro. Aunque me llegan ráfagas de un almuerzo de aquellos de tarde completa, con noche incluida, con su tío, mi hermano Solano Calles, rector de la Unefa, yo andaba con el otro ocurrente amigo, Miguel Quintero, quien me metió en el comando de campaña de ¡un chavista candidato a presidir Fedecámaras! En la asamblea que ocurría en aquel prestigioso hotel de Punto Fijo. Por supuesto que esa larga tarde debimos hablar de boleros, e incluso del programa y de su gracioso título, pero, de pana, no me acuerdo con exactitud.

Fragui continúa con su historia: “Mucho se ha escrito sobre el bolero. Según algunos historiadores de dudosa reputación, el bolero llegó a Venezuela por el Cabo de la Vela, como todas las banderas… Cuenta el poeta Guillermo que el bolero se le apareció un día y desde ese momento es su más fiel y ferviente devoto. La revelación, vamos a llamarla así, la tuvo un día que su madre (la madre del poeta, no la madre del bolero) lo llevó al médico, pues el chico presentaba molestias en la espalda. El galeno le diagnosticó algunos problemas en las vértebras L1, L2, L3, L4, que extraña o coincidencialmente se llaman Lum-Bares".

Al salir de la consulta, la madre sufría preocupada, pero el poeta se moría de felicidad. Se fue corriendo a la escuela a darles la buena nueva a sus compañeritos de clase. El doctor le había descubierto una rockola en la columna vertebral, jeje.

El otro cuento de Fragui: “Guillermo escribía el libro más esperado por la crítica literaria, El manual del burrero, una guía muy útil para jóvenes que necesitan aferrarse a algo. En esas andaba el poeta cuando la indócil naturaleza sufrió una sacudida y el bar, hecho de bahareque y carruzo, empezó a desmantelarse. Todos se lanzaron a la calle. Cuando la tierra se tranquilizó, se acordaron del poeta que, con su ceguera, le habría costado salir. Entraron y vieron a Guillermo abrazando unas cajas y unas gaveras de cerveza".

—Qué valentía, poeta, ¿por qué no salió?

—Porque me quedé salvaguardando el elíxir de los dioses.

Del sentido texto de Frasso: Cuando te conocí, Guillermo de León Calles, todavía no era abuelo, y hoy que lo soy, cada poema tuyo me transporta a la importancia de nacer nuevamente. Cuando se tiene un nieto, se llena uno de energías y de esa fuerza que siempre estuvo contigo.

De su obra poética y aparte de sus famosos versos al ser abuelo, quedaron los poemarios La piedra no está hecha de piedra (1974), Los dientes están de más (1976), El canto de Bolívar (1983), Cantos para arrullar abuelos (1983), La llovizna del turupial (1985), Palabra de honor (1986), Memorias de un Punto Fijo (1987), Relatos de mi otra infancia (1989), Vuelto ebrio (1991), La esquina de Pablo (1993), Punto Fijo 1994 (1994), Campo Shell (1995), El mar nuestro de cada día (1998), Paraguaná, un milagro de Dios (2000), Medio siglo de superación (2001), Cuentos de tío Memo (2001), Esquibidi Toiled firmamento (2003), De perfil y de frente (2005) y Con letra de imprenta (2005).

Para finalizar, Israel Colina resume su admiración por el tío Memo: "Ese chuchube decidor de toda la 'falconía', como lo enunciara el propio Alí Primera en su emblemático tema, nos deja su estela 'en el inmenso cobalto del Caribe', en el firmamento de Venezuela y toda Latinoamérica. Hablar de Guillermo de León Calles es hablar de un intelectual íntegro, un maestro de las letras y, por encima de todo, un ser humano excepcional, espiritualmente inabarcable, el poeta de la ternura".

 

Humberto Márquez


Noticias Relacionadas