Micromentarios | La intolerable cobardía de los fascistas

03/02/2026.- Desde hace más de una década, tengo la costumbre de revisar las informaciones de los medios de comunicación masivos y las redes sociales, tan pronto despierto.

Lo hago por el temor a que, en la noche —aprovechando la oscuridad y la indefensión del ciudadano común—, las fuerzas más retrógradas del país —conjuntamente con el Comando Sur de Estados Unidos— hayan atentado contra el Gobierno Nacional y tenido éxito.

El pasado 3 de enero, la primera parte de mi temor se cumplió. Como se sabe, aprovechando las sombras, Estados Unidos bombardeó varios espacios venezolanos, principalmente mi ciudad natal, Caracas.

Pienso así porque las acciones de los fascistas —y los sionistas, que son fascistas revanchistas— ocurren siempre cuando se saben o se sienten en ventaja con respecto a sus víctimas.

Si alguna persona lo agrede y usted quiere saber si está frente a un fascista, observe si su retador está armado o es más alto y fornido. Jamás le atacará en verdad si no tiene a su favor tales condiciones.

Un fascista solo arremeterá cuando su contendiente está desamparado, tiene las defensas bajas o descuidadas o está de espaldas.

Tanto los fascistas como los sionistas se molestan si son repelidos, si se les planta cara y, sobre todo, si se les captura o pone en fuga.

Esto vale tanto para los abusones de colegio —que casi inevitablemente terminan como fascistas de partidos de ultraderecha—, como para quienes, desde siempre, creyéndose superiores, pretenden imponerse o subordinar a quienes se encuentran a su alrededor.

Para un fascista y un sionista, la presa idónea la constituyen los niños. Mientras más pequeños, mejor. Para ambos, un recién nacido, aparte de un enemigo futuro, es el sujeto de caza más apetecible. Si está amarrado, envuelto en una cobija y de espaldas a su agresor, es perfecto.

Igual si la víctima es un adulto mayor. Mientras más próximo a los cien años, mucho mejor. Si tiene algún impedimento físico, es lo soñado. Si ha sido previamente atado, amordazado, le han cubierto la cara y le han dormido mediante una droga, es absolutamente idóneo.

A un joven o un adulto, sea hombre o mujer, para ellos agredirle es necesario que haya sido inmovilizado mediante algún brebaje, no esté de frente, tenga los ojos cubiertos y las extremidades amarradas. De otro modo, se le considera peligroso y hasta una amenaza inusual y extraordinaria.

A gran escala, los fascistas y los sionistas usan misiles, bombas, armas de largo alcance para masacrar a quienes consideran sus enemigos, reales o probables.

Si en respuesta alguien les lanza una piedra, ellos responden con un obús o diez ráfagas de ametralladora; jamás luchan cuerpo a cuerpo. Si se mencionan sus crímenes, esto es, si los mismos se hacen públicos, te declaran su enemigo y hasta inventan calumnias para malponerte con la opinión pública.

El fascista y el sionista, ambos fundidos contemporáneamente en uno solo, exhiben su cobardía a diario, mientras presumen su fortaleza. Su fuerza, empero, está en la falta de escrúpulos, en la elección de sus enemigos —mientras más indefensos, mejores, y en la desfachatez de atacar mil veces a traición y acusar de agresores a quienes se defienden, aunque sea una sola vez.

El mundo está presenciando un renacer tanto del fascismo como del sionismo. Ambas formas de pensamiento están creciendo peligrosamente y es necesario que los humanos, con conciencia social y amor por la vida y el planeta, les salgamos adelante. La historia de mediados del siglo XX no se debe repetir. No podemos esperar que haya decenas de millones de muertes para empezar a actuar.

Armando José Sequera 

 

 


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