Punto y seguimos | La degradación moral de la élite mundial

03/02/2026.- La historia está llena de relatos —algunos legendarios—que dan cuenta de los excesos de las clases dominantes. El poder y el lujo han degenerado a muchos de quienes los ostentaron a lo largo del tiempo registrado por la humanidad. La falta de límites, la impunidad, la corrupción y los delirios de grandeza asociados a poderes excesivos concentrados en pocas personas y/o familias han sido y son parte de la realidad. Poderes sin contención llevan irremediablemente a abusos y desproporción, cometidos contra aquellos que no tienen cómo defenderse y cuya única oportunidad es la existencia de unas reglas de convivencia efectivas que supongan un freno, al menos moral, contra ellos.

Cuando las sociedades se degradan al punto en el que la vida misma pierde el máximo valor frente a los deseos irrefrenables de acumulación individuales o de grupos minoritarios en roles de ejemplo a seguir por las masas, sobrevienen las grandes crisis y los cambios. El Imperio romano pareció en su época de esplendor invencible y eterno, pero la debacle moral de sus gobernantes alcanzó puntos de no retorno: locura, asesinatos, incesto, piromanía, tiranía, genocidio y demás. Mientras tanto, la gente común, aun siendo la principal afectada por ello, también formaba parte de esa estructura podrida que se sostuvo por siglos hasta su derrumbe final.

Hoy asistimos a un momento histórico marcado por ese tipo de crisis, en el que vemos desmoronarse todo vestigio de civilidad, progreso, libertad, igualdad y fraternidad. Los valores que, al menos en el discurso, parecíamos haber vuelto comunes en un mundo de naciones, están siendo desechados de manera frontal por las élites, las cuales ya no experimentan la necesidad de ocultar sus verdaderas creencias: superioridad racial, biológica y económica. Lo hacen con el apoyo de millones de personas que forman parte del grupo rechazado, quienes, totalmente alienadas, aplauden como focas y se constituyen en orgullosos cómplices de su propia humillación.

El fenómeno Trump y sus MAGA —internos y externos— son prueba de ello. El fascismo ya no causa vergüenza; al contrario, se percibe en gran parte de la opinión pública planetaria como "la mejor opción". La persecución, el conservadurismo religioso, la criminalización de la disidencia y la superioridad estética y biológica se imponen en el imaginario en forma de elementos que sostienen la brújula moral social y, en nombre de su defensa, se normalizan y defienden atrocidades.

En el mundo actual, el genocidio es permitido y hasta aplaudido, igual que la persecución de migrantes, el asesinato directo por parte de organismos de seguridad, la invasión a otros Estados, el secuestro de presidentes extranjeros, los bloqueos unilaterales o el robo de activos ajenos. Ni hablar de la pasividad frente a ciertas prácticas lesivas de la dignidad humana, como la pedofilia, que tiene adeptos y fans —sobre todo entre los millonarios y políticos—, quienes la practican con la seguridad de que, aun siendo expuestos en millones de correos electrónicos, videos y fotografías al alcance de cualquiera con internet, no pagarán por ello. Si esto no nos describe una crisis moral y civilizatoria —como diría el gran Walter— "en pleno desarrollo", nada más lo hará.

 

Mariel Carrillo García


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